El Presidente Mauricio Macri acaba de decir en Jujuy que “no hay nada más importante que la educación”. Coincidimos. Ahora bien, si el Presidente considera que la educación es tan importante, ¿por qué ha practicado un ajuste tan brutal en la inversión educativa? Las conclusiones a las que ha llegado el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) en un reciente informe publicado por los diarios Clarín y La Nación, son lapidarias respecto a la prioridad que le da el gobierno a la educación.

Señala el trabajo: “Después de alcanzar el 6% del PBI en el año 2015, la reducción entre 2015 y 2016 fue de 65.000 millones de pesos a valores constantes de 2018, lo que significa una caída al 5,80 y 5,65 del PBI en 2016 y 2017 respectivamente”. Y agrega: ”…La salida del gradualismo fiscal tuvo un fuerte impacto en el presupuesto educativo… la caída de la inversión 2016-2019 alcanzaría el 19% en términos reales”. Sólo entre 2018 y 2019 el presupuesto nacional para reparar escuelas cayó de 9.290 a 2.614 millones de pesos, en educación digital de 3.400 a 1.428 millones de pesos y la construcción de los 3.000 jardines de infantes prometidos, de 6.063 a 2.528 millones de pesos. Pero el golpe más fuerte lo recibió la educación técnica, la más necesaria en épocas de crisis del mercado de trabajo: el gobierno redujo a la mitad la inversión prevista en la ley.

Ahora bien, Mauricio Macri mintió no sólo respecto de la importancia que el gobierno le da a la educación. También mintió sobre las evaluaciones educativas. Señaló: “Antes lo que se hacía era no evaluar, tratar de esconder debajo de la alfombra qué estábamos enseñando” y esa decisión fue “tan grave que decidieron retirarse de las pruebas PISA en 2015”.

¿Cómo se puede mentir tanto? En primer lugar, tal como fue aprobado en la Ley de Educación Nacional 26.026 del 2006 (arts. 94/97), el anterior gobierno en conjunto con el Consejo Federal de Educación (CFE, que agrupa a los ministros de Educación de todas las provincias) cumplió estrictamente con la periodicidad de las evaluaciones de calidad educativa y la difusión de sus resultados. Estos resultados en manos de las escuelas permitieron saber en qué temas y áreas era importante trabajar para mejorar la calidad educativa, y al Ministerio de Educación y el CFE diseñar sus estrategias de capacitación a través del Instituto Nacional de Formación Docente creado por la misma ley. Por otra parte, alguien también debiera informarle al Presidente que las pruebas PISA se realizaron con normalidad en la Argentina en el año 2015. Si sus resultados fueron informados al margen del ranking general de países, fue porque el propio gobierno de Macri -tal como argumentaron los miembros de la OCDE- objetó los datos porque adujo que eran “demasiado positivos”.

Curiosamente, en un contexto de crisis educativa que toda nuestra sociedad padece, Macri hoy dijo que tenemos resultados educativos “¡maravillosos!”. El mismo Presidente que habló de quienes “caen” en la escuela pública nos quiere convencer -al contrario de lo que muestran todas las investigaciones serias y en la misma línea de mentiras de “lo peor ya pasó, estamos bajando la inflación, hay un crecimiento invisible, creamos cientos de miles de puestos de trabajo, etc.”- de que en dos años subimos de 5 a 8 de cada 10 los niños que llegan al nivel superior de Lengua y que “redujimos la brecha entre los que más aprenden y los que menos aprenden”.

Alguien debiera explicarle al Presidente que en ningún país del mundo, aún en épocas de prosperidad, con mayor inversión y correctas políticas pedagógicas, se puede mejorar en esa proporción en dos años. Los cambios, y en particular los resultados de los aprendizajes, evolucionan en forma paulatina en la escuela. Por eso son necesarias políticas de Estado en educación. No hay medidas pedagógicas mágicas. Si las mejoras fueran en la dimensión que planteó Macri, mañana la Argentina entraría en el libro Guinness por récord mundial en las mejoras educativas.

Más aún, vendrían especialistas de todo el mundo a conocer e intentar replicar la fórmula que implementó nuestro país para mejorar tanto y en tan poco tiempo la calidad de la educación. Lamentablemente, se irían con la idea de que para mejorar hay que desinvertir en educación, bajar el salario docente, tener menos días de clase, eliminar los programas de capacitación para profesores, cerrar escuelas para quienes trabajan, dejar de distribuir computadoras y libros en las escuelas, no cumplir con la Ley de Educación Sexual, empobrecer a los alumnos y a sus familias, etc. Estos especialistas también podrían llegar a la conclusión de que simplemente se trata de un Presidente que miente y que su visita a la Argentina ha sido inútil.

Finalmente, si la educación en la Argentina se sostiene y mejora en su calidad se debe al esfuerzo que realizan los maestros y profesores diariamente en nuestras aulas. En lugar de adjudicarse el supuesto resultado de una evaluación, el Presidente debiera a felicitar efusivamente a los docentes argentinos. Felicitarlos y pedirles disculpas. Porque como señala un informe de la OCDE publicado recientemente en el diario La Nación, “los salarios argentinos se encuentran entre los más bajos del mundo, Argentina se ubica en el anteúltimo puesto sobre 37 países… es decir, no alcanzan ni la mitad de la media de los países cuyos datos publica la OCDE”. Aún a pesar de estas condiciones, los docentes son los protagonistas de la epopeya educativa de enseñar a nuestros niños y jóvenes en las difíciles condiciones que hoy deben hacerlo.

Por suerte, los argentinos y las argentinas ya no le creen al Presidente y siguen queriendo a sus docentes. Saben que, más allá de los discursos, la educación es la única garantía de la igualdad de posibilidades y de la movilidad social ascendente. A ella apuestan cuando todos los días confían a sus hijos/as a la institución con mayor reconocimiento público de la Argentina: la escuela.

Diputado nacional bloque FPV-PJ. Ex ministro de Educación