El capitalismo de “burbuja” y sus consecuencias políticas

09 de enero, 2021 | 07.00

La interrupción de la sesión legislativa que consagraría institucionalmente a Joe Biden como presidente de los Estados Unidos fue violentamente interrumpida por el asalto al Capitolio perpetrado por una fuerza de choque de ultraderechistas que cuestionaban la legalidad de la elección en la que triunfó el candidato demócrata, en línea con el discurso sostenido por el derrotado Donald Trump. 

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El saldo del “putsch” fue sangriento, con cuatro muertos y una veintena de heridos, y sus resultados fueron estériles, porque apenas pudieron demorar unas horas la confirmación parlamentaria de lo acaecido en las urnas. Biden asumirá como presidente en los próximos días.

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Sin embargo, el mundo se inundó de imágenes apocalípticas y hasta bizarras de individuos exhibiendo su profundo desprecio por las instituciones de la Nación representadas en el Capitolio, emblema de la República construida por los Estados Unidos.

Grupos de choque reducidos pero resueltos hasta el extremo de arriesgar su vida para producir un hecho simbólico -antes que concreto- en términos de resultados. Grupos portadores de una ideología reaccionaria en cuanto al respeto a los derechos individuales y la diversidad que emana de su ejercicio, pero también integristas de la Nación en tanto se ordene sobre un nuevo sistema de jerarquías sociales e inclusive raciales, distinto al surgido del mundo global y el libre mercado que han frenado y concentrado la economía en la última década.

Inmediatamente, ríos de tinta y saliva corrieron tratando de dilucidar si se trataba de una “minoría intensa” alocada por el giro extremo del discurso de Trump y otros dirigentes, o, por el contrario, era la “punta del iceberg” de una legión de perdedores en una sociedad opulenta, que se restringe cada vez más a una élite de consumidores globales. 

Élite comandada por los políticos y burócratas de Washington, los “chief financial officer” de Wall Street, los “lawyers” de Boston y los desarrolladores científicos y académicos, en su mayoría “liberals”, de la Costa Oeste.

No vamos a dilucidar ese interrogante, tal vez porque sus términos se articulan entre sí como causa-efecto y no como opuestos. 

Durante los años dorados de la globalización, 1989-2008, el PIB estadounidense creció a un promedio anual en torno al 5% (BEA), para descender a la mitad en la década siguiente, el 2,5% promedio anual en el lapso 2008-2018 (BEA). La catástrofe en la actividad provocada por la pandemia pronostica otra década sin horizonte, sobre todo porque las políticas de recuperación son similares a las aplicadas en la crisis anterior.

Trump construyó su liderazgo político atacando los intentos de reconstrucción del modelo global ensayados después del “crack” del 2008. Para ello se dedicó a atacar todos los acuerdos e instituciones del mundo pos-guerra fría. Veamos:

Reformuló el Tratado de Integración de América del Norte (NAFTA) vigente desde 1994 y uno de los pilares de la época, reemplazándolo por el T-MEC, en una clave más proteccionista 

Apoyó al Reino Unido en su salida de la Unión Europea golpeando resueltamente al Tratado de Maastricht, otro de los basamentos globales sentado en 1993. 

Desencadenó una guerra comercial contra China, alterando el funcionamiento del comercio internacional que rigió desde el inicio del siglo, por el cual los Estados Unidos constituían el principal mercado de la potencia asiática a cambio de que ésta financiara indefinidamente y sin condicionantes su consumo. Esquema de aristas expansivas hacia el resto del planeta. La bonanza suramericana de la primer década y media del siglo XXI se insertó, en parte, en ese diseño.

Cuestionó severamente el multilateralismo comercial implementado por la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Nacionalismo económico, políticas agresivas contra China y Alemania -segunda y tercera economías del mundo- y a la vez retroceso militar hacia posiciones continentales aceptando el despliegue de Rusia en Europa Oriental y Medio Oriente, dan cuenta de que Trump concibe a los Estados Unidos como una potencia en crisis que necesita reformularse desde su interior.

Los síntomas de esa crisis estallaron de lleno en 2020, cuando la pandemia hizo colapsar el sistema sanitario, sinceró la precariedad del sistema laboral con un desempleo masivo y emergieron brutales conflictos raciales en todo el país. 

Hechos que liquidaron su posibilidad de reelección, pero cohesionaron un movimiento amplio que adhirió a los postulados desplegados en su presidencia contra el mundo global pos-2008, al que identifican como causante de la decadencia estadounidense. “Make America Great Again” es la síntesis confusa que llevó a los grupos de choque ultraderechista a asaltar el Capitolio.

La resolución de la crisis socioeconómica provocada por la propagación del virus promete reproducir lo ocurrido durante el “crack” financiero del 2008, pero amplificado.

Hace algo más de una década atrás, frente a la explosión de la burbuja de los créditos hipotecarios, la política monetaria fue dominante para enfrentar el hundimiento de la economía. La Reserva Federal se dedicó a emitir dólares para comprar los activos financieros depreciados en poder de los financistas y habilitar un escenario de liquidez y tasas de interés reales negativas respecto de la inflación, que lentamente licuaron las deudas y sostuvieron el valor de las empresas norteamericanas en el mundo.

Los programas Quantitative Easy (facilidades cuantitativas) 1, 2 y 3 destinaron u$s 3,5 billones a salvar la cotización de las acciones y títulos-valores, pero no reactivaron la demanda efectiva en forma directa sino por “derrame de oferta”, es decir: si les va bien a las empresas ese beneficio paulatinamente se “derrama” en el resto de la sociedad. 

Se habilitó una nueva burbuja especulativa a partir de la liquidez abundante y barata, donde los activos financieros aumentaron de precio, pero la producción y el consumo lo hicieron en forma menos que proporcional, alimentando el malestar generalizado que desembocó en la presidencia de Donald Trump.

En la crisis desatada por el COVID-19, nuevamente la Reserva Federal actuó para preservar el valor de las empresas estadounidenses, en particular las tecnológicas de menor agregado de valor en la oferta de bienes. Se implementó el Quantitative Easy 4 y la Base Monetaria aumentó a lo largo de 2020 u$s 1,7 billones, volcándose en un año la mitad de lo vertido a lo largo de cinco años durante los programas anteriores. 

Los índices bursátiles treparon en un promedio del 20%, mientras 39 millones de ciudadanos solicitaban el seguro de desempleo y la actividad proyecta una caída de -1,9%. Wall Street y la economía real transitan por senderos distintos.

El capitalismo anda de burbuja financiera en burbuja financiera sostenido por la emisión de dólares como única fuente de acumulación de capital. Pareciera que la resolución de la crisis pandémica será igual. Después de todo, Joe Biden fue el vicepresidente de Obama.

Lo curioso es que el planteo antiglobalización no propugna el socialismo, sino que abomina de cualquier planteo igualitario, para restaurar un capitalismo producción y consumo con un orden jerárquico de explotadores y explotados. Es un final abierto.

 

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Roberto Feletti

Actualmente es secretario administrativo del Senado de la Provincia de Buenos Aires. Desde 2015 hasta 2019 se desempeñó como secretario de Economía y Hacienda del Municipio de La Matanza. Anteriormente ha ocupado diversos cargos y funciones, entre los que se destacan: diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara baja (2011-2015);  viceministro de Economía de la Nación (2009-2011); vicepresidente del Banco de la Nación Argentina (2006-2009); ministro de Infraestructura y Planeamiento de la Ciudad de Buenos Aires (2003-2006) y presidente del Banco de la Ciudad de Buenos Aires (200-2003). Además es docente en la materia Administración Financiera en la Universidad Nacional de Moreno, tarea que ha desarrollado en otras universidades.