A los 83 años, Margarita Bali retomó a escena para hacer algo que parece tan sencillo como extraordinario: volver sobre sus propias obras, recuperar movimientos de otras épocas y ponerlos en diálogo con el presente. No se trata de reconstruir el pasado de manera idéntica, sino de revisitarlo desde un cuerpo que cambió, pero que todavía conserva aquello que alguna vez aprendió. Ese es el punto de partida de Juego del tiempo, la obra de danza y multimedia que protagoniza la bailarina y referente indiscutida de la danza en Argentina.
La puesta regresó por tercera temporada al Galpón de Guevara, donde se presenta los sábados de agosto y septiembre a las 20 horas. La propuesta explora el universo artístico de Bali a través de una suerte de pas de deux contemporáneo entre danza y multimedia: archivo y presente, biografía y creación, aquello que permanece y aquello que inevitablemente se transforma. La puesta toma como eje la idea del cuerpo como archivo. Bali aparece en escena como bailarina, coreógrafa y artista visual para dialogar con su propio patrimonio artístico. El recorrido recupera algunas de las temáticas que atravesaron su producción: los pájaros, las medusas, el océano y las máscaras corporales, vinculados también con su pasado como bióloga; su interés por la arquitectura y las estructuras escultóricas; el espacio sideral y el humor.
La idea original fue del coreógrafo Gerardo Litvak, uno de los bailarines que acompañaron a Bali durante los 25 años de trayectoria de Núcleodanza, la compañía que codirigió junto a Susana Tambutti. Litvak formó parte durante los años '90 y fue quien décadas más tarde, a partir de una muestra en video sobre el trabajo de Bali, imaginó una retrospectiva de sus obras en la que la propia artista guiara físicamente el recorrido. El proyecto fue presentado al Teatro Cervantes y elegido por unanimidad del jurado. Para Bali, el planteo inicial parecía difícil de imaginar. “A mí me parecía delirante”, recordó la bailarina en diálogo con El Destape.
Cuando el cuerpo recuerda
¿Qué sucede cuando una artista intenta recuperar movimientos que pertenecen a otras etapas de su vida? La respuesta de Bali está lejos de ser una simple cuestión de memoria física. “Hubo obras más fáciles que otras. Por ejemplo, una muy icónica que se llamó Climas Sónicos, que contaba con música y sonidos de la selva -la lluvia, los pájaros- y que me llevaba a pensar que en esa realidad podría ser un pájaro". Esa obra fue interpretada por numerosos bailarines y registrada durante los años ‘80, por lo que fue más sencillo volver a recordar: "Me vino enseguida al cuerpo, copié apenas unos movimientos y… ahí estaba la danza, nada se había ido y todo estaba guardado en el cerebro”. La frase resume buena parte de la experiencia que propone su nueva obra: el cuerpo como una memoria que puede permanecer incluso cuando el tiempo modifica la manera de utilizarlo.
Bali no pretende negar esos cambios. Por el contrario, los incorpora. “Después suceden cosas lógicas de la edad. Pienso que mi pierna no sube como antes, y después me tranquilizo. Ahí es cuando logro divertirme y pasar por esos movimientos y cambiarlos un poquito. Mi cuerpo no está muerto, solo cambió”, explicó entre risas. En esa aceptación aparece también una mirada sobre el paso del tiempo que desafía la lógica edadista que muchas veces atraviesa el mundo de la danza. “Es un lujo poder seguir bailando a mi edad”, afirmó.
Son pocos los casos mundiales de bailarines profesionales que desafiaron a su edad: Maya Plisetskaya, que llegó a bailar hasta los 70 años, Alicia Alonso, en Cuba, y Merce Cunningham, una figura fundamental de la danza contemporánea. Estos nombres son evocados durante la charla, con una diferencia cultural que considera importante: “En Estados Unidos y otros países del exterior hay un respeto al creador y una tradición en la que la edad no te mata, sino que es una fuente de sabiduría”. Su desafío, expuso, es mucho más concreto: “Subirme al escenario a hacer lo mejor que puedo y no hacer papelones”.
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De la Biología a la danza
La historia de Bali tiene además un comienzo alejado de los escenarios. Se graduó en Biología en la Universidad de California en Berkeley y empezó a bailar relativamente tarde, a los 21 años. La danza apareció casi por casualidad mientras intentaba completar su carrera universitaria. Para obtener el título necesitaba cumplir con dos cursos de educación física. Eligió bailar. Y ya no dejó de hacerlo. “En la danza empecé tarde. La primera sensación que tuve bailando fue de total placer, porque no sabía que podía ser tan maravilloso moverse con el cuerpo en un espacio donde no hubiera un objetivo, como una pelota o una competencia”, evocó.
En los '70, su paso por Estados Unidos significó también la apertura de un universo nuevo. Vivió en Berkeley y Seattle y atravesó allí un proceso que define como disruptivo. “Es algo que lo descubrís con el tiempo”, apuntó sobre la construcción de un estilo. “Cuando estudias danza tenés dos caminos: uno es el absolutamente técnico y el otro es el de la composición y la coreografía, donde se trabaja más sobre tu propia impronta y desarrollas tu propio lenguaje. Y a mí eso último me interesó siempre porque es lo más creativo de la danza”. Para Bali, coreografiar es también narrar desde el cuerpo: “Es componer una sucesión de movimientos y buscarles un tema o una historia”.
Bali regresó a la Argentina en dos etapas. Entre 1971 y 1972 volvió durante un año para conocer cómo era vivir nuevamente en el país. Allí se encontró con una escena de danza contemporánea que la sorprendió. Su regreso definitivo ocurrió en febrero de 1974. Junto a su marido, desarmó la casa que tenían en Estados Unidos, envió muebles y libros en barco y emprendió el viaje en automóvil hacia la Argentina. El recorrido duró dos meses. Una vez instalada, se reunió con Ana Tambutti y Ana Deutsch. Juntas formaron Núcleodanza y comenzaron a trabajar. El primer programa completo se estrenó en agosto de ese año. El contexto político era complejo. El 1 de julio murió Juan Domingo Perón y Bali recuerda la sensación de inseguridad que atravesó junto a su marido. “¿Habríamos hecho las cosas bien?”, se preguntaron. Sin embargo, el espectáculo funcionó y su carrera continuó creciendo.
Durante la dictadura, la danza pudo mantener una actividad que otros espacios culturales no tuvieron. “Fueron años de silencio pero la danza se salvó bien… supongo que creían que lo que hacíamos no podía despertar ningún tipo de rebeldía y que no era político”, opinó. En ese período oscuro realizó numerosos espectáculos en el Teatro Payró y en el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín.
Una trayectoria que cruza danza, tecnología y artes visuales
A lo largo de su carrera, Bali no se limitó a la danza. Es coreógrafa, bailarina, videasta, realizadora de video-instalaciones y videomapping. Con Núcleodanza realizó giras por Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Austria, Italia, Checoslovaquia, Hungría y Estados Unidos, además de participar en festivales internacionales de teatro y danza. Creó más de 40 obras para Núcleodanza y cinco coreografías para el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. También desarrolló 15 obras de videodanza, con las que obtuvo premios nacionales e internacionales.
Su producción visual incluye video-instalaciones como Hombre Rebobinado, El Acuario Electrónico, Vuelo Rasante, Homo Ludens Espacial y Galaxias Inmersivas, presentadas en museos, Salones Nacionales, el Centro Cultural Recoleta y el CCK. Ahora, a los 83 años, vuelve a encontrarse con una parte de todo ese recorrido. Pero Juego del tiempo no funciona como un museo de su propia obra. El archivo se activa cuando el cuerpo vuelve a ponerlo en movimiento.
Juego del tiempo se presenta los sábados de agosto y septiembre a las 20 horas en el Galpón de Guevara (Guevara 326, CABA).
