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NOTAS

Papa Fina

En Febrero, tres historietas para pensar los vínculos y cómo los vivimos.
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Martes 10 de febrero, 2026

Intimidad fragmentada

Vivimos en una época marcada por la aceleración constante: horarios escasos o complicados, vínculos mediados por pantallas y una sensación persistente de estar siempre llegando tarde a todo, incluso a los otros. En ese contexto, conectar se vuelve un gesto cada vez más complejo, casi un acto de resistencia. Lo sabes aunque no te lo he dicho de Candela Sierra, se inscribe de lleno en esa inquietud contemporánea y propone una mirada íntima sobre la dificultad de decir, escuchar y sostener al otro cuando la vida parece empujarnos permanentemente hacia adentro, hacia el individualismo y el egoísmo salvaje.

La obra recorre la ciudad a través de una estructura coral, que salta de personaje en personaje sin establecer un centro claro. Cada fragmento nos presenta situaciones cotidianas: encuentros breves, conversaciones frustradas, relaciones que nunca llegan a darse del todo. No hay un gran conflicto ni una trama lineal que lo ordene todo; lo que aparece es una red de vínculos frágiles, atravesados por el cansancio, el miedo a exponerse y la dificultad de registrar lo que le pasa a quien está al lado. En ese ir y venir urbano, la ciudad funciona como escenario y como reflejo: un espacio lleno de gente, pero atravesado por la soledad.

El apartado visual es uno de los grandes aciertos del libro. Candela Sierra construye un dibujo aparentemente simple, de líneas limpias y composiciones abiertas, que deja mucho espacio al silencio y a lo no dicho. El uso del color es sencillo, con colores planos y texturas, pero acompaña bien los climas emocionales sin subrayarlos de más. La puesta en página, generalmente con seis viñetas, refuerza la sensación de fragmentación y distancia: viñetas que separan, cuerpos que no terminan de encontrarse, miradas que se pierden. Hay muchos momentos oníricos, sumamente poéticos en medio de tanta realidad, que pegan más fuerte que muchos de los diálogos más verosímiles del libro. En fin, todo en el arte conversa con esa imposibilidad de conexión plena que atraviesa la obra, pero también subraya el humor ácido de la autora a la hora de retratar la sociedad actual.

Lo sabes aunque no te lo he dicho es una historieta sobre los vínculos en tiempos de desgaste emocional, desencuentros e imposibilidades. Candela Sierra no juzga ni moraliza: observa, registra y deja que el lector complete los huecos. En un mundo donde decir lo que sentimos parece cada vez más difícil, donde el que ama es el que pierde y el repliegue individual se confunde con autocuidado, la obra señala -con un humor punzante- que vincularse implica una decisión activa. Prestar atención, escuchar, hacerse cargo del efecto que producimos en los otros no aparece como un gesto heroico, sino como una práctica cotidiana y necesaria. En esa invitación a frenar, mirar y asumir responsabilidad, la historieta encuentra su potencia política y emocional.

Cruzar la puerta

Si en Lo sabes aunque no te lo he dicho los vínculos aparecen como algo frágil, a veces descuidado o postergado, Pequeñas muertes, de Manzxja, propone mirarlos como una tabla de salvación posible frente al miedo. En una época atravesada por la ansiedad, el encierro y la sensación de amenaza constante, la historieta se sumerge en una experiencia íntima y asfixiante: la de una mente que se repliega sobre sí misma para sobrevivir. Pero incluso en ese aislamiento forzado, la presencia del otro -aunque sea lejana, incompleta- se vuelve clave para dar el primer paso hacia afuera.

La historia nos presenta a una chica encerrada en su casa, convencida de que el exterior está plagado de bichos que pueden invadirlo todo. Su estrategia es clara y desesperada: sellar puertas, cubrir bordes con cinta, sostener un insecticida como último recurso. El mundo se reduce a ese espacio mínimo y controlable. El único contacto con el afuera es una amiga que promete ir a buscarla, pero que, al llegar, no logra encontrarla dentro de la casa. Ese desencuentro funciona como punto de quiebre: ante la imposibilidad de seguir escondiéndose, la protagonista decide enfrentar su miedo y cruzar la puerta.

En el plano visual, Manzxja construye un relato de gran potencia simbólica. Los bichos aparecen como una presencia constante, invasiva, casi abstracta, para reforzar la lectura de la fobia como algo que no siempre responde a una amenaza real, sino a una percepción amplificada por la ansiedad. El uso del encierro, los espacios cerrados y la repetición de gestos transmiten una sensación de agobio que acompaña al lector. La puesta en página y el trazo contribuyen a esa incomodidad al hacer visible el desgaste emocional de vivir en alerta permanente.

En conclusión, Pequeñas muertes no solo habla de fobias, sino de la ansiedad como experiencia cotidiana y de esos pensamientos intrusivos que, como los bichos, se cuelan incluso cuando creemos haber cerrado todo. En diálogo con la obra de Candela Sierra, la historieta de Manzxja subraya la importancia de los vínculos como sostén frente al miedo: no como solución mágica, sino como impulso. A veces, enfrentar lo que nos paraliza no es posible en soledad y animarse a cruzar la puerta también implica confiar en que alguien -del otro lado- puede extendernos la mano para ayudarnos a saltar.

Lo que permanece al final del viaje

Por último quisiera dedicarle unas palabras a un manga que trabaja los vínculos y su importancia como ningún otro hoy en día: Frieren: más allá del final. Este parte de una pregunta tan simple como devastadora: ¿qué queda después de la épica? Cuando la gran aventura terminó, el Rey Demonio fue derrotado y los héroes ya son recordados en canciones, la historia decide no mirar el brillo del pasado sino el eco que deja en quienes siguen caminando. Frieren, una elfa maga con una vida que se mide en siglos, atraviesa el tiempo sin urgencia aparente, y es justamente en esa distancia donde la obra encuentra su sensibilidad más profunda. No se trata de grandes batallas ni de giros espectaculares, sino de aprender a mirar: el paso de las estaciones, un gesto mínimo, una palabra dicha tarde.

La sinopsis es engañosamente sencilla. Frieren fue parte de un grupo de héroes que salvó al mundo y, décadas después, emprende un nuevo viaje tras la muerte de Himmel, el líder humano del equipo. Ese viaje no tiene un objetivo épico claro: es una peregrinación emocional, una forma de entender qué significaron esos años compartidos y por qué el tiempo, para los humanos, pesa distinto. En el camino, Frieren se cruza con nuevos compañeros, herederos de vínculos pasados, que le permiten reconstruir -fragmento a fragmento- una memoria afectiva que nunca supo habitar del todo.

El dibujo de Tsukasa Abe acompaña esta propuesta con una delicadeza notable. Los encuadres abiertos, los silencios, los paisajes detenidos y los rostros contenidos refuerzan la idea de un mundo que no corre, que está ahí aunque nosotros corramos. No hay dramatismo innecesario: cada viñeta parece pensada para que el lector se detenga, observe y sienta, para reforzar esa idea de vivir plantados en el presente. La magia, lejos de ser estridente, se integra a lo cotidiano, como si formar parte de lo maravilloso fuera también aprender a apreciarlo.

En fin, Frieren: más allá del final es un manga sobre el duelo, sí, pero sobre todo sobre el presente y los lazos que lo hacen habitable. Nos invita a repensar el valor del tiempo compartido y a entender que muchas veces el sentido no está en los grandes hitos, sino en las pequeñas escenas que a veces cobran peso cuando ya es demasiado tarde. Leer Frieren es aceptar bajar la velocidad, afinar la mirada y dejarse acompañar por una historia que nos recuerda -con una ternura implacable- que vivir también es aprender a estar.