La traumática salida de la Convertibilidad fue producto de una acelerada fuga de divisas ocurrida durante el gobierno de la Alianza, que dejó al Banco Central sin reservas internacionales y obligó a una megadevaluación del peso en pocas semanas de 2002. Las reservas internacionales del Ente Rector a fines de 1999 oscilaban en u$s 30.000 millones, la compra masiva de dólares en el lapso 2000-2001, a la paridad insostenible de u$s 1= $ 1, drenaron u$s 20.000 millones dejando sin reacción a las autoridades económicas y provocando la caída del Gobierno. El FMI retiró el apoyo a la Argentina en agosto de 2001 para asistir impávido al desenlace fatal de la Convertibilidad, con 38 argentinos muertos en la represión brutal de los días 19 y 20 de diciembre, crisis institucional, default, devaluación y quiebra bancaria. La fuga de capitales había esfumado toda posibilidad de una salida ordenada del régimen de tipo cambio fijo hacia un esquema de flotación de la cotización del dólar con apoyo multilateral. Se la habían “llevado toda” u$s1=$1 para volver con u$s1=$3,50, y con esa corrida también arrastraron la carrera de la entonces titular del FMI Anne Krueger.

Esta semblanza histórica pareciera relevante en el presente del organismo internacional en su constante freno al uso de los desembolsos acordados para financiar la salida de capitales de la Argentina a un tipo de cambio contenido.

Las tensiones banqueros-FMI se agudizarán las próximas semanas

El pago de u$s 15.000 millones (cifra equivalente al monto del primer aporte) a los tenedores de LeBac que realizó Luis Caputo en septiembre pasado no sólo le costó su cargo como Presidente del Banco Central, sino que alertó al FMI para restringir las intervenciones del Ente en el mercado de cambios vendiendo reservas.

La llegada de Sandleris tuvo dos límites:

  • La imposibilidad de colocar títulos de absorción monetaria en el mercado abierto, lo que forzó a que las LeLiq fueran todas encajadas a los bancos, que deben sostener su cartera de depósitos para financiarlas
  • La libre flotación del dólar dentro de una banda en la cual su límite superior es los suficientemente alto -en el presente $ 51- como para acotar la venta de reservas en el mercado a un escenario de presión cambiaria fuerte.

Los bancos se ven entonces compelidos a captar depósitos para no perder mercado y colocar esa capacidad de préstamo en títulos de absorción monetaria emitidos por el Banco Central (LeLiq), que se remuneran con tasas de interés superiores al 65% para evitar que los ahorros se vuelquen al dólar. Sin embargo, en esta carrera tasa de interés/tasa de devaluación, sólo puede ganar la primera si el BCRA vende reservas al mercado cada tanto para permitir la conversión de las ganancias financiera en dólares.

El BCRA solo puede usar las reservas ante un salto de más de 7 pesos por dólar

Ahora, si las reservas internacionales están intervenidas por el FMI y sólo pueden ser volcadas al mercado en caso de un salto hacia arriba de $ 7 (más de 15% de devaluación) en la cotización del dólar, y además la oferta sólo puede hacerse con el remanente de divisas, neto de los fondos comprometidos para el pago de los compromisos de deuda pública, es evidente que los agentes financieros y sobre todo los banqueros están complicados.

Pareciera que esta vez, el desarme del stock de activos financieros (LeLiq) que posibilitaron rápidas y elevadas ganancias en los números de balance, no será solventado con fondos multilaterales.

Un descenso de la tasa de interés que permitiría una administración razonable de esas carteras improductivas no parece viable por la salida de depósitos que alimentarían la demanda de dólares. Una conversión de estos títulos a 7 días (LeLiq) en bonos a largo plazo impactaría obligadamente en los depósitos que los financian debiendo adaptar plazos y remuneración de los mismos, provocando una reacción de los ahorristas muy desfavorable hacia los bancos. En definitiva, todo el problema está dentro de los bancos y las soluciones posibles, sin financiamiento fácil a la salida de capitales, son traumáticas.

El cepo puesto por el FMI al uso de reservas internacionales por parte del Banco Central, refleja la huella dejada en el organismo por la crisis de 2001. Los voceros de los bancos reclaman la venta de divisas para calmar la cotización del dólar, a su vez el FMI ha demorado el cuarto aporte previsto para marzo en el cronograma de desembolsos, por u$s 10.800 millones, porque deja trascender que refuerza los límites para intervenir en el mercado cambiario con fondos de su bolsillo.

Las tensiones banqueros-FMI se agudizarán las próximas semanas. Tal vez Christine Lagarde no quiere correr igual suerte que su colega alemana ante una crisis argentina. La catástrofe de la Convertibilidad opera en la mente de los burócratas internacionales como un disuasivo los suficientemente fuerte como para asegurar que los costos de este recorrido los pague enteramente el Gobierno argentino y sus mandantes.