La idea de que la tecnología puede resolver problemas humanos tan profundos como el hambre suena, por momentos, demasiado optimista. Sin embargo, los expertos del Foro Económico Mundial lo tienen claro.
La Internet de las Cosas (IoT) podría convertirse en una de las herramientas más potentes para reducir el desperdicio y acelerar el camino hacia un mundo sin hambre.
Pero para que eso suceda, los especialistas hablan también de la necesidad de descentralizar para generar un crecimiento sostenible, usando, por ejemplo, servicios locales y apostando por proveedores regionales de hosting y nube como Wavenet Cloud Computing en Argentina.
Tomando esos recaudos, productores y empresas no quedan a merced de servidores remotos ubicados a miles de kilómetros y pueden desarrollar sistemas que ayuden a mitigar el hambre mundial.
Hasta un 40% de la producción se pierde antes de llegar al mercado
Los números son brutales. Según la FAO, entre un 30% y un 40% de los alimentos producidos nunca llegan a la mesa porque se pierden antes, en cosechas mal planificadas, en almacenamiento deficiente, en transporte lento, en rutas sin infraestructura, en contenedores que fallan.
Y ese porcentaje puede ser aún mayor en países en desarrollo, donde los recursos para monitorear calidad y temperatura son escasos.
A nivel global se produce suficiente alimento para darles de comer a los 8200 millones de humanos que habitan la tierra, pero el desafío no está en sembrar, sino en sostener el producto desde el campo hasta la ciudad.
Cada tomate que se pudre en un depósito y cada lote de cereales que absorbe demasiada humedad como para llegar a la cadena de distribución aporta a las toneladas de alimentos desperdiciados cada día.
Si los residuos alimentarios fueran un país, serían el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo, solo por detrás de Estados Unidos y China. Esta pérdida ocurre, sobre todo, por falta de información.
Usar la IoT para evitar el desperdicio
De acuerdo a los especialistas en la materia del Foro Económico Mundial, la Internet de las Cosas podría darle al agro, sobre todo en países menos desarrollados, más previsibilidad.
Los sistemas operan a través de sensores instalados en los campos, depósitos, cámaras frigoríficas y camiones. Gracias a ellos, los trabajadores del campo pueden detectar cualquier variable que pueda anticipar una pérdida. Cada dato se transmite a la nube y desde ahí se convierte en decisiones de prevención de daños.
Cadenas de frío más frías
Otro sector donde la IoT permite hacer mejoras es en la cadena de frío. Hoy es posible monitorear un contenedor 24/7, ver su ubicación, su temperatura interna, su nivel de energía y su ruta.
Si ocurre un desvío, un comportamiento extraño o un riesgo, se envía un aviso y este control continuo evita situaciones que antes se detectaban recién al abrir la carga (cuando ya era demasiado tarde).
Incluso en los países desarrollados, donde la logística es más sofisticada, la IoT está mejorando los niveles de desperdicio a niveles domésticos, con heladeras que alertan de productos próximos a vencer y recomendaciones de recetas hechas con IA.
Mejorar las vías de transporte en el Sudeste Asiático
El Foro Económico Mundial señala un punto del globo donde este problema se hace presente con mucha fuerza, el Sudeste Asiático. Allí el problema no es la producción, a menudo abundante, sino la distribución.
De acuerdo a los analistas, hasta el 90% de las calorías que se pierden en la región se desperdician durante el almacenamiento y el transporte.
Aquí, la IoT se vuelve una herramienta logística tanto como agrícola. Poder monitorear la ubicación de los vehículos, anticipar atascos, reorganizar rutas y analizar cuellos de botella genera un salto de productividad enorme.
Si un camión refrigerado queda detenido durante horas en un embotellamiento de Bangkok o Manila, los sensores pueden detectarlo, estimar el riesgo para la carga y activar protocolos alternativos.
Esto mejora la eficiencia al tiempo que reduce el costo final de los alimentos, un factor clave en países donde el poder adquisitivo es bajo. La tecnología, en este caso, no reemplaza la infraestructura sino que la complementa y la optimiza.
Lo que sobra de un lado, se envía a otro
La otra gran promesa de la IoT es la redistribución inteligente. Como el flujo de datos permite saber qué hay, dónde está y en qué estado se encuentra, los excedentes pueden reencausarse antes de que sea tarde.
De esa manera restaurantes, supermercados, hoteles y hasta cadenas de producción pueden informar en tiempo real qué productos están por vencerse y derivarlos a organizaciones que los repartan, algo que hoy sucede con aplicaciones como Too Good To Go, pero llevado a una escala aún mayor.
Con estas herramientas existe la posibilidad de que la comida deje de ser un recurso inmóvil para convertirse en un flujo dinámico, donde lo que sobra en un sector urbano puede abastecer a otro que lo necesita.
Lo que una fábrica no vende puede alimentar a una comunidad local o a un comedor escolar y lo que estaba destinado al descarte puede salvarse si la alerta llega a tiempo.
La IoT por sí sola no puede erradicar la desigualdad ni reemplazar las políticas públicas que ya existen, pero sí puede cerrar brechas históricas en la distribución.
