07 de abril, 2022

Entrevista

Martha Barnes: la dama en el marco.

Historietista prolífica y con una de las carreras más dilatadas de la historieta argentina, Martha Barnes es una leyenda viviente del arte local. Sus dibujos fueron publicados durante décadas en la Editorial Columba e, internacionalmente, en Europa y EE.UU., entre otros países. Barnes tuvo la amabilidad de dialogar con Fierro acerca de lo que más le gusta hacer, llenar de garabatos la hoja en blanco...

Martha Barnes: la dama en el marco.

Junto a Idelba Dapueto, esposa de José Clémen, Martha Barnes fue una de las primeras historietistas femeninas de nuestro país. 
Nació en Buenos Aires, y en su juventud pasó diez años en Mendoza, donde estudió Bellas Artes en la Academia Nacional de Cuyo. Desde un primer momento, tuvo bien en claro su destino: quería ser historietista, a pesar de que sus profesores le aseguraban que «eso» no era arte. 
A los 17 años, regresó con su familia a la capital Argentina y dio sus primeros pasos en la editorial Muchnik, poco después fue recomendada para trabajar en la editorial Columba en la que colaboró hasta el declive y cierre de la editorial de Nippur de Lagash. Poseedora de un talento dúctil, Martha sumó trabajos para diferentes empresas libreras como Acme, Kapelusz, Codex, Record,  o La Nación y, más adelante, dio su salto internacional con diversas editoriales europeas y estadounidenses, como la Warren o D.C. Comics.
Artista de pies a cabeza, Martha no sólo fue dibujante, amplió su espectro hacia otros oficios afines. Poseedora de una belleza clásica y de una voz maravillosa, probó suerte como actriz de teatro, de radio e, incluso, de televisión. Participó en 1967 en el ciclo «Telecirco de los domingos», un programa infantil que emitía Canal 13 y que era conducido por Maurice Jouvet. Barnes, en cada emisión, enseñaba a los niños los secretos de su profesión artística.
Heterogénea e incansable buscadora de retos, unos poquitos años después, ilustró unas espeluznantes historietas de terror para la editorial estadounidense Warren. Historias enmarcadas por un poderoso halo de erotismo que se propagaba en el terror de esos años, afín a la revolución sexual de los 60s y 70s.
Para los que tenemos el privilegio de conocerla personalmente, Martha es un personaje maravilloso. Una dama de las artes, atenta a los detalles y conocedora, como pocas, de todos los gajes del oficio. Martha sigue activa en el dibujo e ilustra tan bien como siempre. En una charla con la dibujante de «Los cuentos del Emir» no es infrecuente perderse en elucubraciones acerca de experiencias paranormales o de los enigmas de la reencarnación. Como todo creador que se precie, Martha asume lo imposible como posible. Eso sea, tal vez, lo que la diferencie del común de nosotros, una mente abierta a todas las posibilidades.

«Eso» que muchos llaman arte.


Martha, ¿cuándo comenzó tu gusto por el dibujo, cuando eras una niña o más tarde?

Siempre fui fantasiosa y dibujaba mis fantasías. Desde chica, muy chica, hacia garabatos y pasaba horas sentada en la relojería de mi abuelo, con un lápiz en la mano, mientras él trabajaba. 

¿Y ya tenías algún dibujante favorito?

Alex Raymond era mi favorito, me gustaba mucho su estilo. También me gustaban otros, como Milton Caniff…

Leías historietas en esa época, entonces… ¿Tenías alguna preferencia?

Bueno, leía de todo, pero ¿preferencia? Prefería los dibujos clásicos, serios, al estilo Rip Kirby y otros en esa línea...

Tengo entendido que estudiaste junto al maestro Roberto Bernabó. ¿Qué nos podés contar de este gran ilustrador tanargentino hoy olvidado?

No, con Bernabó fuimos amigos durante muchos años, pero no estudié con él. Era un ser maravilloso. Daba gusto verlo trabajar y sus consejos me ayudaron muchísimo a lo largo de mi carrera.

¿Eras de leer revistas o publicaciones periódicas? ¿Hay alguna que recuerdes?

Nunca he leído muchas historietas. Siempre me atrajeron más los dibujos, las ilustraciones. Seguro de chica leía revistas de historietas… Después ya mayor, me interesaron otros asuntos: de ovnis, temas espirituales...

Leí en algún lado que tus profesores te retaban por tu pasión hacia la historieta, alegando que eso no era arte. ¿Eso hizo que te abocaras más hacia esta disciplina?

Sí, yo estudiaba en Bellas Artes en Mendoza y recuerdo que cuando contaba que quería ser historietista, los profesores me decían que eso no era arte pero, de todos modos, me alentaban a formarme seriamente. Decían que tenía que aprender muy bien anatomía, perspectiva, claroscuros, grisados, sombreados. Yo iba a un salón a trabajar con modelos vivos.

Fuiste actriz en teatro y radio ¿Qué recuerdos tenés de aquellos días?

Trabajé en teatro vocacional y profesional, también en radio, pero seguía siendo historietista, que era mi fuente de ingresos. También participé cantando en zarzuelas y trabajé en televisión, donde contaba cuentos mientras hacía ilustraciones de los mismos.

Junto a José Luis Arévalo crearon una serie inolvidable para Intervalo que fue “Cuentos del Emir”. Particularmente tengo una anécdota al respecto ya que conocí a una señora mayor —que ya falleció— que era muy aficionada a leer obras de fantasía; era fanática de esta serie, coleccionándola en una carpeta especial. Esta señora se llamaba Ángela y le gustaba mucho tu manera de dibujar. ¿Vos tenés alguna anécdota sobre esta serie que fue tan querida, especialmente por el público femenino?

«Cuentos del Emir» fue una historieta que me acompañó hasta que cerró la Editorial… Hermosos argumentos y muy bien escritos por Arévalo. Sí, es verdad… Hacer un buen argumento y meterse en él es como vivirlo. Era muy placentero dibujar esas bellísimas historias. 

Vos dijiste que la profesión de historietista «Es una manera de vivir distintas vidas, es como actuar», que es una bella definición. ¿Lograste sentir, como le pasa a muchos lectores, que podías viajar mientras dibujabas a un lejano sultanato en oriente o vivir aventuras fantásticas en algún pasaje subterráneo por ejemplo?

Como dije antes, dibujar de corazón es vivir el argumento: llorás, te ponés triste, reís, pasa de todo... se llama vocación... es igual que actuar.

¿Cuáles son tus lecturas favoritas? ¿Te interesan géneros como la Fantasía, la Ciencia Ficción? Te pregunto porque has dibujado grandes obras en estas áreas, sin ir más lejos recuerdo tus trabajos para Estados Unidos con DC y Warren, o para novelas como Peter Pan o Ayesha de Rider Haggard…

Siempre me han interesado diversos temas: historia, animales y naturaleza en general, esoterismo, etc. Me gustan mucho las historias que hablan de hadas, gnomos, seres de la naturaleza.

El paso del tiempo le ha dado la razón a los autores y dibujantes de ciencia ficción de los años ’30 y ’40, se dice hoy, ya que parecen haber profetizado todo, lo bueno y lo malo; la bomba atómica, los vuelos espaciales, las computadoras… hasta las cosas más nimias como la máquina de afeitar o las tarjetas magnéticas para viajar o manejar dinero. ¿Qué pensás de estas grandes anticipaciones? En esos años de tu juventud, ¿Creíste alguna vez que todas esas ficciones se convertirían en realidad?

No, pero ahora puedo ver que todo eso que nos maravilla y asombra es verdad. ¡Parece increíble ser testigos de semejantes adelantos!

¿Podés nombrarnos a tus ilustradores favoritos?

Me gustaban los trabajos de Arturo Pérez del Castillo, un estilo clásico realmente hermoso.

¿Cuáles son las herramientas de un buen dibujante de historieta además de su talento innato? ¿Un buen guionista? ¿Una historia con sustancia?

 Sí, un buen guionista y una buena historia son muy importantes. También es fundamental formarse, estudiar, y documentarse.

¿Viste algo de lo que están haciendo las nuevas generaciones de mujeres en el historieta?, ¿qué pensás de la lucha que llevan adelante con el feminismo?

No entiendo nada de feminismo, en mi época era difícil ser mujer en un ambiente masculino por eso estoy de acuerdo en que la lucha sea buena y pareja y haya justicia para todos los seres humanos.

¡Muchas gracias, Martha!


 

Christian Vallini Lawson

Christian Vallini Lawson

Traductor, cuentista y coleccionista de literatura popular.