Las Madres de todas las batallas

28 de marzo, 2021 | 12.28

Con frecuencia aludimos a una frase remanida para dar cuenta de la relevancia que tiene un determinado acontecimiento y lo crucial que resulta el modo de afrontarlo, destacando una circunstancia coyuntural como “la batalla” y planteando que es eso lo que importa; a tal punto, que la identificamos con “la madre” para resaltar esa condición que la distingue. No es justamente el sentido que propongo en esta nota, sino uno muy otro que considero de mucha mayor significancia.

El tiempo es caprichoso  

A comienzos de los años 70’ del siglo pasado al rememorar el primer –formal- golpe de Estado ocurrido el 6 de septiembre de 1930, cuando fuera derrocado Hipólito Yrigoyen, daba la impresión de tratarse de un pasado remoto y a pesar de que se vivía, por entonces, en una dictadura instaurada en 1966, que tenía otras varias que la precedieran.

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En esa misma época, el exilio de Perón llevaba casi dos décadas y, más allá de la vigencia del peronismo, generaba la sensación de que el golpe genocida de 1955 -que provocara su forzada ausencia del país- también estaba muy distante, particularmente para quienes no habían vivido ese período de nuestra historia.

Hoy transcurridos 45 años, sin embargo, esa aciaga etapa que inaugurara para la Argentina la dictadura cívico militar en 1976, posee una presencia que se evoca a diario y adquiere una especial significación cada 24 de marzo.

Como en los otros casos, hubo un pertinaz ocultamiento de muchos de sus ignominiosos actos, de los crímenes cometidos, de las complicidades activas o pasivas, de las verdaderas causas que llevaron a los quiebres institucionales y de sus principales responsables.

Si bien puede asignarse a esa última experiencia dictatorial, autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”, características singulares en sus prácticas criminales y en la sistemática violación de los derechos humanos, entiendo que no es sólo eso lo que explica la diferencia señalada -si se repasan las atrocidades registradas en las que la antecedieron-, sino la memoria.

La permanente lucha por la Memoria colectiva, el no resignarse a desconocer la Verdad de lo acontecido, el inclaudicable reclamo por Justicia.

Llamarlo infernal no es un exceso dialéctico

Abandonad toda esperanza, la inscripción que refiere Dante Alighieri en la puerta del Infierno (en su célebre obra La Divina Comedia), bien podría haber figurado en el acceso a los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que se multiplicaron por cientos en la Argentina a partir de 1976.

De hecho, ese era el mensaje admonitorio que recibían las personas secuestradas que eran conducidas a esos sitios, explícitamente o resultante de las tremendas experiencias a las que se las sometían.

La condición de “detenido-desaparecido” daba cuenta por sí misma del propósito ínsito en la metodología represiva adoptada por las fuerzas armadas y de seguridad, que el presidente de facto Videla definió cínica y macábramente en una rueda de prensa en 1979: “Frente al desaparecido en tanto está como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento x, si la aparición se convirtiera en certeza de fallecimiento tiene un tratamiento z, pero mientras sea desaparecido no puede tener un tratamiento especial: es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido.”

Una práctica siniestra que hacía posible el Terrorismo de Estado, que implicaba la coexistencia de un Estado paralelo al que se exhibía en su viciada “institucionalidad” antidemocrática y antirepublicana. En un mismo lugar, en un mismo espacio público, en una misma dependencia estatal, funcionaba en las sombras un aparato represivo que conformaba su real estructura y en la que se sustentaban las acciones de gobierno.

El adiestramiento recibido en la Escuela de las Américas donde EEUU formaba a los miembros de las FFAA de distintos países latinoamericanos, contando con el asesoramiento de expertos franceses en contrainsurgencia forjados en las guerras colonialistas en Indonesia y Argelia, fue el bagaje con que contaron para organizar un plan sistemático de tortura, muerte y desapariciones que no se limitó a quienes perdieron sus vidas de los modos más perversos, sino también a quienes siguen con vida ignorando su real identidad (cientos de niños secuestrados o nacidos durante el cautiverio de sus madres).

Cuando la memoria es débil el futuro se hace más incierto

Recordar lo ocurrido en esa terrorífica página de nuestra historia es indispensable, pero analizando y desentrañando sus motivaciones, penetrando el velo castrense para echar luz sobre los intereses que subyacían a las Proclamas militares, advirtiendo la determinante participación civil y visualizando a quienes fueron los principales beneficiados, responsables de un proyecto político que -sabían- debería imponerse a sangre y fuego.

En ese sentido es esclarecedor repasar el Programa que el Ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, anunciara por cadena nacional a poco de producido el golpe de Estado, y que sintetizó en 12 puntos:

1.- Libertad de precios;  2.- Libertad del mercado de cambio y eliminación de los controles de cambio;  3.- Libertad de comercio exterior;  4.- Libertad de la exportación y eliminación de impuestos a la exportación;  5.- Libertad de importar;  6.- Libertad de las tasas de interés y aplicación de la Reforma Financiera;  7.- Liberación del precio de alquileres;  8.- Eliminación de las tarifas políticas de los servicios públicos;   9.- Eliminación de los subsidios y de las protecciones excesivas para ciertos sectores de la Economía;  10.- Libertad de contratación de los salarios sobre las bases de salarios establecidos como mínimos por el Estado;  11.- Libertad de las inversiones extranjeras;  12.- Libertad de la transferencia de tecnología.

No deja de ser sugestiva la recurrente invocación a la “libertad” y a la “liberación” que cobraba similar significado al aludir a la “eliminación”, cuando el plan -y la dura realidad generada- importaba un profundo sojuzgamiento de la ciudadanía en aras de una descomunal sangría de la Nación y el consecuente empobrecimiento de la población.

Son numerosos los indicadores de los efectos –deliberadamente- buscados con esas políticas pretendidamente “libertarias”, y en los más diversos ámbitos. De lo que, en los límites de la presente nota, se hará una sucinta mención.    

El salario se retrajo de un 49 % a un 30 % en su participación en la distribución de la riqueza, acompañado de despidos masivos que ascendieron a más de 700.000 en la industria solamente y a 200.000 en el sector público.  El cierre de pequeñas y medianas empresas superó las 50.000, completando la brutal transferencia de ingresos a los grupos concentrados de la Economía. La deuda externa que era de 7.800 millones de dólares en 1976, aumentó a 41.000 millones en 1982 con el agregado de la estatización de la deuda privada. El festival de especulación financiera contó con diversas herramientas pergeñadas con ese fin, derivando en ingentes fugas de divisas, maniobras ilícitas en el quebranto de entidades bancarias y la consiguiente defraudación masiva de ahorristas locales.

La pérdida de soberanía política y de independencia económica fue una consecuencia ostensible en esa etapa, pero también se verificó -al igual que similares lineamientos de política económica-con posterioridad al golpe de 1930 (que sintetizara Arturo Jauretche como “el estatuto legal del coloniaje”) y con el golpe de 1955 en la implementación del “Plan Prebisch”, incorporando a la Argentina a organismos financieros multilaterales (FMI y Banco Mundial) sometiéndola a sus designios en orden a la división internacional del trabajo y a un creciente endeudamiento externo.

El Neoliberalismo, sus mentores nativos y sus auspiciantes foráneos han insistido, en cada ocasión en que pudieron imponer sus reglas, en el despliegue de políticas de igual signo, produciendo los mismos devastadores efectos, utilizando las mismas palabras (libertad, liberación, eliminación) para encubrir sus desmanes y apelando a un formato republicano falaz para disimular la absoluta descomposición institucional de la que se valen para alcanzar sus propósitos.

Todo lo cual hace a su propia esencia, cualquiera sea el modo adoptado para controlar al Estado y sin reparo ninguno por la metodología a la que deba acudir para satisfacer su insaciable ambición de enriquecimiento.

De allí la imperiosa necesidad de que la sociedad esté prevenida, sea memoriosa y ratifique constantemente su compromiso con la democracia, no cualquiera, sino aquella que se funde sinceramente en la igualdad como premisa de las libertades, respetando la pluralidad y la diversidad, anteponiendo lo colectivo para reaseguro de las garantías individuales. 

El homenaje a ellas siempre será poco

La resistencia popular ha contado con el protagonismo de organizaciones de diversa naturaleza en todas esas etapas, para el afianzamiento de una acción en defensa de los derechos ciudadanos y la recuperación de la democracia.

Los organismos de derechos humanos se constituyeron en uno de esos sujetos colectivos fundamentales en la última dictadura, como asimismo en el nuevo y más extenso período democrático iniciado en diciembre de 1983, sosteniendo su lucha por la reivindicación de los 30.000 detenidos desaparecidos y las demás víctimas del Terrorismo de Estado, reclamando el juzgamiento y condena de los genocidas más allá de los innumerables obstáculos que han debido –y aún deben- sortear para ver cumplido ese objetivo.

Sin lugar a dudas, las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo han ocupado un rol central en ese incansable peregrinar en defensa de la vida, constituyéndose en un ejemplo emblemático para el mundo entero y en promotoras de permanentes campañas, por la efectiva vigencia de derechos fundamentales, que exceden las nobles causas que dieron origen a su conformación.

Madres y Abuelas se identifican en la representación de una entidad única que expresa un valor superlativo en lo moral, ético y político, pariendo con enorme coraje una rica descendencia de hijos y nietos, ostentando una vocación irreductible de proyectarse en generaciones futuras para preservar la Memoria, Verdad y Justicia indispensables para la grandeza de la Nación y la felicidad del Pueblo.

 

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Álvaro Ruiz

Abogado laboralista, profesor titular de derecho del Trabajo de Grado y Posgrado (UBA, UNLZ y UMSA). Autor de numerosos libros y publicaciones nacionales e internacionales. Columnista en medios de comunicación nacionales. Apasionado futbolero y destacado mediocampista.