Mirar hacia adelante: ¿desde dónde?

La pandemia operó para que descubriéramos una serie de capacidades y posibilidades de desarrollo claves de cara a la emergencia sanitaria, pero también con evidente proyección a futuro.

10 de mayo, 2020 | 00.45

Suele repetirse que las crisis además de implicar escenarios caracterizados por la gravedad, abren también posibilidades a futuro no pensadas hasta ese momento. Eso suele ser cierto, pero también lo es creer que un horizonte prometedor se producirá casi por milagro o como una compensación automática debido a las penurias sufridas; una especie de desagravio que nos otorgaría la historia. Sencillamente no funciona así.

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La pandemia se desarrolla sobre las condiciones materiales, subjetivas y simbólicas que atraviesan y constituyen a nuestra sociedad desde el día antes en que todo esto comenzara. Las posibilidades de construir horizontes nuevos ya están latentes en nuestra sociedad (y en el Estado), pero demandan sí que se generen ciertas condiciones que actúen como catalizadoras de esas potencialidades. Requiere de voluntades políticas, sociales y económicas paras allanar ese camino, pero no será la voluntad por si sola que genere realidades nuevas, sino esa combinación entre la acción humana y los recursos disponibles, tanto materiales como sociales y políticos.

Hacia 1939, el cirujano alemán Gerhard Küntscher junto a su  colega W. Fischer publicaron un informe en el que describían el uso de clavos metálicos para tratar fracturas femorales graves. El informe fue recibido con escepticismo y la novedosa técnica en general rechazada. Pero ya iniciada la II Guerra Mundial y ante la crítica situación sanitaria que implicaban las batallas y los bombardeos, la técnica de Küntscher comenzó a utilizarse hasta que luego de la guerra la técnica se conoció en Inglaterra y los EE.UU.

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Quince años después su uso se amplió y es hoy una herramienta clave en el tratamiento de fracturas. Lejos de los plazos apresurados que suele manejar el cine en referencia a inventos y logros, la historia del “clavo de Küntscher”, como se lo suele conocer, nos presenta las etapas que todo logro atraviesa hasta consagrarse como una herramienta útil y también que deben existir determinadas condiciones: no fue la Guerra por sí sola que desencadenó el proceso, sino que existieron condiciones previas, algunas generales como contar con un sistema sanitario y otras particulares en este caso las investigaciones y pruebas previas de su inventor.

Volvamos a nuestra pandemia, en la que especulamos sobre nuestro futuro inmediato y mediato, en el que muchos aseguran que nada será igual, aunque esa variación puede recaer sobre escenarios promisorios o de los otros. La historia recién contada nos enseña, como otras miles que el futuro no es más que la proyección de nuestro presente, que lo que podamos encontrar en los días por venir en parte ya se ha iniciado y en parte debemos estimularlo, porque efectivamente el porvenir no está escrito.

Se ha discutido mucho acerca de cuáles dimensiones han emergido durante estos días como claves para mejorar nuestras condiciones de vida; muchos redescubrieron al Estado como institución clave para enfrentar una crisis de esta escala; y que de su mano contar con un sistema de salud pública desarrollado y con recursos es un bien vital; o que el mercado requiere de fuertes regulaciones para poder brindar los servicios de manera accesible, que se precisan en este momento. Algunas ideas que comienzan a generar certezas, aunque moderadas.

El área Argentina Futura, dependiente de Presidencia de la Nación, acaba de editar una publicación donde intelectuales de distintos espacios (y por distintos me refiero a especialidades, trayectorias e ideologías, algunas críticas del actual gobierno; eso debe ser la “intolerancia peronista”) se refieren a El futuro después del COVID-19, tal su título. 

Muchos aportes interesantes para el debate. Me detengo en el de la politóloga María Esperanza Casullo, quien de cara a pensar escenarios futuros sostiene: “No se trata solamente de decir “ahora tenemos que invertir en el estado”, porque un estado no se construye en diez minutos, ni en el medio de la emergencia.

El Instituto Malbrán fue fundado en 1916, el Ministerio de Salud Pública en 1949, el CONICET en 1958. La construcción de capacidades estatales requiere de un contrato entre generaciones: invertir hoy para construir habilidades que tal vez utilicen nuestros hijos o nietos. La posibilidad respecto a que la pandemia nos impulse a crear condiciones mejores sobre nuestro futuro, no son mágicas ni automáticas; requieren planificación, lo que involucra detectar en cuáles áreas ya contamos con recursos que nos permitan no iniciar de cero.

Algunas de esas condiciones las hemos omitido en el haber, pero no son de seguro menores; por caso la capacidad del Estado de coordinar acciones a escala nacional. Desde luego han existido errores y redefiniciones sobre el andar, pero desde el Estado se reguló un aislamiento social a escala y en términos generales se cumplió, junto con la aplicación de muchísimas medidas de seguridad sanitaria; para quien crea que esto es algo “natural”, le recuerdo que vivimos épocas en las que la expresión “Estado fallido” es de uso recurrente en la literatura de política internacional. 

Al mismo tiempo, esta semana conocimos que en solo 45 días científicos argentinos crearon un test serológico para el Covid-19, que permite detectar la presencia de anticuerpos (logro que solo han generado otros 7 países); ese logro fue posible porque convergieron científicos del CONICET dirigidos por la Dra. Andrea Gamarnik, la Fundación Instituto Leloir (FIL), la Universidad Nacional de San Martín, el Laboratorio Lemos y el apoyo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación. Actores individuales, privados, el Estado. No es un científico aislado, caricaturesco, encerrado en su laboratorio, sino la convergencia de actores y procesos políticos y científicos de larga data.

También supimos de otros trabajos, como la fabricación de respiradores artificiales por parte del INTI a un costo mucho más bajo que el del mercado internacional y de industrias textiles volcadas a la confección de barbijos y delantales. Como si fuese un telón, la pandemia operó para que descubriéramos una serie de capacidades y posibilidades de desarrollo claves de cara a la emergencia sanitaria, pero también con evidente proyección a futuro. Quizás Argentina pueda ser un proveedor sanitario en diversos rubros para los países de la región que no están contando con estas producciones.

Pero eso requiere de planeamiento e inversión, no pensar que el Estado sólo debe desplegar sus capacidades en la emergencia y luego retrotraerse; como señala Casullo en la misma nota, el periódico británico Financial Times referente de la reformas pro mercado, llamó la atención sobre la necesidad de revisar ciertos dogmas aplicados desde los 90. Que no sea sólo la angustia de la pandemia que nos impulse a rever el rol del Estado, del mercado y de todas las acciones producidas en la sociedad. Si otra intervención política, que el discurso de la libre competencia, es clave para enfrentar esta crisis, que se grabe en los debates políticos por venir este giro imprescindible. Porque si bien la guerra puso a prueba la utilidad del “clavo de Küntscher”, pero fue la persistencia posterior, la que logró su implementación y éxito.

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