Alfredo Leuco y su mensaje golpista: nadie se atrevió a tanto desde 1983

15 de mayo, 2021 | 19.00

Hubo de ser Alfredo Leuco, viejo militante de la izquierda y de los derechos humanos quien pronunciara el deseo: “una Argentina sin kirchneristas”. Nadie se había atrevido a tanto desde 1983. Tal vez no reparó en que la satisfacción de su deseo demandaría un exterminio por lo menos igual y acaso peor al de la guerra antisubversiva iniciada en 1976.

Pero no es el caso de entablar aquí un diálogo con una casta, la de los izquierdistas -ultra- arrepentidos, que, probadamente, no quiere dialogar sobre ningún asunto. Lo más importante es reconocer la frase como una clave capaz de identificar el huevo de la serpiente que está creciendo en Argentina. Hasta hace unos años este tipo de tiradas irresponsables y criminales podría haberse “justificado” en lo que los medios embajados llamaron “la grieta”. Se hubiera intentado argumentar en las cadenas nacionales y en las vestimentas de la Cámpora. Ahora está preso de su vaciedad. De su dificultad para explicarse. Porque para hacerlo seguramente debería revelar asuntos que lo pondrían en su auténtico lugar: el de los resentidos, el de los especuladores, el de aquellos a los que no les importa nada, más que sus ingresos, su fama, su “prestigio” ganado entre personas más o menos parecidas a él -o a lo que ha quedado de él. 

Leuco esgrime la necesidad de otro Proceso. Si no fuera así exhortaría a “ganarle las elecciones” al frente para la victoria. Pero un triunfo electoral de la derecha -ha sido probado- no alcanza para superar el antagonismo, que la ignorancia y la mala fe mediática y política llaman “grieta”. Macri es un precursor saliente de la propuesta del arrepentido Alfredo. Pero hay que reconocerle al magnate un nivel de moderación del que el cordobés prescinde. Macri habló de un cohete a la luna. ¿Cuántos pueden caber en ese cohete? Supongamos que unas decenas de personas. Para el espía, endeudador y mafioso con eso alcanzaba. Pero perdió. Con Estados Unidos y su clack del FMI de su parte, perdió. Por eso la imagen del cohete que parte para no volver debe ser reforzada y dramatizada. Sin kirchnerismo quiere decir sin nadie que defienda banderas distintas a las nuestras. Quiere decir silenciamiento, persecución y desaparición masiva: ¿de qué otra forma puede imaginarse una “Argentina sin kirchneristas”.

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La frase no tuvo demasiada repercusión. Quien esto escribe sostiene que los organismos defensores de los derechos de los consumidores de medios de comunicación deberían convertir este caso en un caso testigo. ¿Llega la libertad de expresión hasta el derecho de pedir la desaparición lisa y llana de una fuerza política, lo que lógicamente comporta la desaparición de miles de sus adherentes? Pero ahora que se judicializa hasta una orientación sanitarista dirigida a defender la vida y la salud de argentinos y argentinas, ¿no hay una escena judicial dirigida a prevenir el crecimiento de una serpiente de violencia y autoritarismo que visiblemente está entre nosotros? Tan siquiera para pedir que Leuco diga “me equivoqué, no era eso lo que quería decir”.

El problema es que la lengua desaforada e irresponsable de la derecha argentina se siente absolutamente impune. Siente que domina la circulación de la palabra, que impone sus significados, que dicta la regla con la que todos habrán de ser juzgados. Es el modo argentino de ser de algo que ha ocupado un lugar central en el mundo: el irracionalismo más extremo, el que sostiene que el poder y el dinero son los únicos significantes que cuentan. Que se puede robar, espiar, matar, endeudar delictivamente a una nación sin pagar ninguna consecuencia, con la sola razón de pertenecer al mundo de los autorizados. De esos a los que si son desnudados en la televisió -o incluso en los tribunales- les cabe el derecho de hablar en nombre de la “libertad de prensa”. 

Nos estamos insensibilizando. No ha habido una lluvia de repudios, una catarata de acciones judiciales dirigidas a emitir la señal de que todo tiene un límite, que hay palabras y frases que son acciones ilegales y anticonstitucionales. La frase debe ser tomada literalmente. Como el enunciado de una estrategia que largamente excede a su mediocre enunciador. Y del lado de la política y la comunicación democrática y popular es necesario el repudio. Y a la vez la voluntad de no contestar “golpe por golpe” este tipo de provocaciones. Desgraciadamente el mundo de la comunicación democrática y popular sigue sufriendo restricciones y hasta prohibiciones. La ideología de la neutralidad de la televisión pública está sufriendo un previsible colapso. Con la excusa de rechazar la “propaganda” gubernamental se restringen los espacios de discusión democrática acerca del avance incesante de los aparatos antidemocráticos y colonialistas en la comunicación social.  

Prolijamente, la amenaza del quebrado comunicador no se dirigió al peronismo ni al frente de todos. Como mensaje mafioso fue prolijo y preciso. Tiende un puente de plata a “peronistas racionales”, a “centroizquierdistas no chavistas” a moderados de toda laya. Todo lo que se les pide a cambio es un acto de constricción, de reconocimiento, de arrepentimiento. Lo mismo que Bonadeo y Stornelli intercambiaban con las víctimas del operativo de los cuadernos. “Vos tenés un lugar en la Argentina que va a ser nuestra”, les dicen. Lo único que hace falta es que te alejes de Cristina y de sus amigos. Lo que no pueden decir con claridad es qué tipo de país se construiría “sin kirchneristas”. Y no es cierto que el macrismo nos enseñó la materialidad de ese proyecto. El “segundo tiempo” real de Macri, de Bullrich, de Larreta y de Vidal es el auténtico contenido de la amenaza. Detrás están las fuerzas coloniales que no ocultan en sus gestiones oficiales su voluntad hegemónica para aquello que consideran su “patio trasero”. Y, como ha sido siempre, la condición central para la realización de sus designios es la eliminación de los adversarios de sus planes. 

La ruta de la unidad, de los cambios a favor de la vida popular, de la soberanía y del nunca más que enarbolamos en 1983 y cuya actualización política late en la denuncia bicameral contra el estado mafioso organizado y liderado por Mauricio Macri sigue abierta y conserva toda su vitalidad.

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Edgardo Mocca

Periodista y politólogo.

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