La muerte de Diego Maradona: no nos une el espanto, sino el amor

28 de noviembre, 2020 | 09.56

Mediodía del miércoles 25 de noviembre

Operación Olivos: la investigación de El Destape que sacude al macrismo

Estoy sentado frente a la pantalla de mi notebook, en el fondo de mi casa. Hace ocho meses, el aislamiento obligatorio me obligó a improvisar este lugar de trabajo. El quincho se transformó en mi estudio, mi consultorio, mi sala de lectura, de escritura, pero aquí también funciona el lavadero, el lugar de juegos de mis hijos y los domingos, no deja de ser mi guarida, mi refugio, cuando enciendo la brasa de mi parrilla. Acá transcurren mis días en este año inclasificable.

El sonido del lavarropas interfiere las palabras de Laura —mi mujer—, que me grita desde el living, a través de dos vidrios —uno el de mi ventana, otro el de la suya—. No la escucho. Su expresión indica que no son buenas noticias las que intenta comunicarme. Camino los doce pasos que nos separan, sintiendo que voy a errar el penal.

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—Murió Maradona —dice cuando entro a la casa. Giro la vista hacia el televisor. Frente a él, mis hijos pasmados, hundidos en el sillón.

Luego, mi tarde transcurre en la más absoluta incredulidad. Estoy sin estar en el mundo, como el Diego, que se ha ido, pero nunca se irá. Me meto en la cama sin cenar. Miro videos, homenajes producidos en cada rincón del planeta. Sus palabras, sus jugadas, otros hablando de él. Las lágrimas aparecen en mis ojos, caen en cámara lenta, descienden mi rostro y mojan la almohada. Lloro como tantas personas en diversas latitudes. Finalmente, me quedo dormido. Quiero despertar la mañana siguiente dándome cuenta de que todo ha sido un mal sueño.

Jueves 26 de noviembre

No puedo imaginarme escuchando a mis pacientes. Me atraviesa el dolor. Intentar olvidarlo no es una buena estrategia. Ellos lo saben, lo perciben. Cada uno, cada una, empieza su espacio analítico hablando del Diego.

—Debés estar muy mal, sé que sos futbolero —abre el diálogo Gustavo, de Caballito, treinta años.

—Ayer pensaba en este muchacho, Maradona —dice Rodolfo de Lanús, sesenta y cinco años—. Yo sé lo que es la cocaína, yo sé lo que es sentirse solo y no encontrar a nadie que pueda rescatarte.

—Me enteré que murió Maradona. Los argentinos deben estar muy tristes —dice Magdalena, nacida en Asunción del Paraguay hace veintiocho años, viviendo en Europa desde el 2010.

—No sé por qué, pero me puse en el lugar de Dalma y Giannina, me vi como hija —dice Alejandra, de Entre Ríos, cuarenta y un años—. Pienso en la enfermedad de mi viejo, no quiero que se muera.

La muerte de Diego dispara todo tipo de proyecciones, asociaciones, atraviesa historias personales. Es uno de nosotros, es parte de nuestra familia. Quienes lo vimos jugar, sentimos que se nos ha muerto un pedazo de nuestra historia. Más allá de caer en el lugar común, elevándolo al estatuto de un dios, cuesta creer que Diego no haya superado esta instancia, que su corazón haya dicho basta. La noticia nos toma por sorpresa, como si saberlo antes hubiera podido cambiar las cosas. Y si bien se han decretado tres días de duelo nacional, sabemos que cada quien duela como puede. No hay tiempos estipulados para que cicatrice la herida de una pérdida.

La llamo a Ro Ferrer, mi amiga ilustradora que embellece estas columnas para que me regale un dibujo. Ella sabe decir sin palabras, hacer magia, incluso en momentos de tanto dolor. Pero no es un día cualquiera.

—Esta vez me vas a tener que perdonar —se excusa Ro en audio de whatsapp—. Estoy destruida. Para mí ayer fue terrible, los 25 de noviembre (Día Mundial de la Lucha contra la Violencia de Género), con todo lo que significa individual y colectivamente, sumado a la muerte del Diego, me dejó por el suelo. A él lo veo en su completud, no le perdono sus violencias, sus abusos, y aún así, duele mucho. Pensá que no teníamos muchas referentes mujeres —más que Gaby o Nadia Comancecci—. Diego es parte de quien soy, de mi niñez, mi adolescencia. Sentí que una parte mía se iba también. No podía parar de llorar y cuando subí el primer dibujo empecé a recibir una catarata de mensajes muy violentos, que en algún punto hasta negaban mi lucha diaria, mi recorrido dentro del Feminismo. Me asusta y preocupa que repitamos las mismas dinámicas contra las que estamos peleando. La verdad, en este momento estoy duelando dos cosas, a Maradona y todo lo que me pasó ayer. Hoy no estoy con muchas ganas de dibujar. No tengo ganas ni de agarrar el lápiz.

Entiendo a mi amiga. Ella le viene poniendo el cuerpo a una lucha sostenida, pero Maradona es mucho más que una representación. El Diego nos regaló momentos, dentro y fuera de la cancha, que son parte de la historia. Y es mucho más que el capitán que se cargó un equipo al hombro. Maradona le hizo frente a los poderosos, y pagó muy caro el precio de sus dichos y sus acciones.

—Además yo les explicaba a las pibas con las que sí tuve la posibilidad de hablar —agrega Ro —, el Diego es todo eso, es el estereotipo nivel Dios, de lo machirulo y la violencia de género, y a la vez es el tipo que se enfrentó al poder real, al poder económico, al poder político y siempre lo hizo en pos del pueblo. Yo eso no me lo olvido tampoco. No puedo separar al artista del violento, lo veo como una unidad. Por eso, cuestiono todo eso, y a la vez valoro lo otro. No es blanco o negro siempre, todo el tiempo. Es como vos decís, si no te podés conectar con el amor y todo es odio y división, ahí hay algo mal.

Ro me deja pensando, cuando dibuja y cuando habla. El lugar del analista es un poco ese. Respetar el deseo, o la falta de deseo. Escuchar sin juzgar. Saber que cada cual hace lo que puede, como Diego, que hizo lo que pudo. Como padre pudo poco. Con Dalma y Giannina — fue él mismo quien lo pudo decir, años más tarde—, con el dolor de haberse perdido la infancia de sus hijas. Pero la vida le dio revancha, el tiempo lo ayudó a reconocer a sus hijos, a compartir algunos momentos con ellos. Quizás, todo pasó muy rápido en la vida del Diez. Y en estas escasas horas que llevamos desde la noticia de su muerte, las pantallas y los medios de comunicación continúan el bombardeo sin piedad.

¡Cómo nos cuesta hacer un poco de silencio ante la muerte!

Viernes 27 de noviembre

Me siento a cerrar esta columna. Al dolor por la pérdida del más grande, se suman los hechos de violencia vividos durante el velatorio en Casa Rosada. La (mala) política, los intereses personales, las barras bravas, la represión policial, la falta de previsión de un acontecimiento histórico, tiñen estos días tristes, cargándolos más aún con lo peor de nosotros.

Recibo un mail de Ro Ferrer. Mi amiga dibujó una escena que se ha repetido tras la muerte de Diego. A su ilustración agrega estas palabras.

Nadia Fink fue con su hija al estadio de Argentinos. Me contaba su sensación al ver tantos varones derrumbados, llorando desconsoladamente. Quizás la despedida de Maradona sea la despedida del máximo patriarca. Tal vez, haya llegado el momento de replantearnos algunas cosas. Peleamos también para que los varones empiecen a conectar con la vulnerabilidad, a desarmar los mandatos, estereotipos y roles de género. Les exigimos que desarmen estas masculinidades que reproducen violencias, muchas veces sin percibirlas como tales, porque "así aprendieron", que conecten con lo emocional y cuestionen este modo desigual de relacionarse sexo-afectivamente. Y si eso no sucede, es imposible que algo cambie realmente. Esta misma cultura que elevó al Diego a ese nivel Dios del machismo, es la que todos los varones absorbieron desde su niñez. Ojalá sea un momento en el que desde el amor, podamos construir una sociedad menos violenta, menos desigual. Si los varones empiezan a renunciar a esa masculinidad hegemónica, negando lo que les sucede, las mujeres no estaremos tan solas en esta lucha.

Edgardo Kawior es Lic. en Psicología, psicoanalista. Da talleres para escribir. Seguilo en Instagram / Twitter / You Tubelicenciadokawior@gmail.com

Ilustración: Ro Ferrer

 

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