Pobreza y crecimiento, asuntos correlacionados

03 de abril, 2021 | 19.05

La difusión de los números de pobreza urbana siempre da lugar a una pose de indignación horizontal, sin grietas, en todo el arco político. Desde la economía, en cambio, suele ser una excusa para repetir diagnósticos y recetas. Cada economista dirá que hay más pobres porque no se aplica tal o cual receta que, casualmente, es la misma ex ante que ex post de la difusión de los números.

  En términos puramente cuantitativos, es decir con prescindencia de culpas y programas de gobierno, la pobreza aumenta por dos razones básicas, porque cae la actividad y se pierden empleos y porque la inflación es alta. No hay mucho más. Esto es así porque en la economía local la pobreza se mide por ingresos. El Indec define una Canasta Básica Alimentaria (CBA) que se calcula sobre la base de necesidades calóricas. Aquellos a quienes sus ingresos no les alcanzan para adquirir esta canasta son pobres indigentes, es decir pasan hambre, no cubren sus necesidades calóricas. Luego, sobre la base de la Encuesta Nacional de Gastos de los hogares (ENGHo) se define qué proporción de los ingresos se gastan en alimentos y que proporción en el resto de un conjunto de bienes y servicios básicos, como transporte, mantenimiento del hogar, indumentaria, etc. Sobre la base de estas proporciones se multiplica el costo de la CBA por un determinado índice (la inversa del coeficiente de Engel) y se obtiene la Canasta Básica Total (CBT). Quienes no perciben el ingreso necesario para adquirir la CBT son pobres.

  Es una obviedad decir que si caen los ingresos y aumentan los precios el número de pobres se dispara. El PIB cayó 10 puntos en 2020, la tasa de desempleo abierto en el último trimestre del año fue del 11 por ciento y la inflación interanual del pasado diciembre, antes de la aceleración que registró en el primer trimestre de 2021, fue del 34,1 por ciento. Era esperable que la pobreza alcanzara al 42 por ciento de las personas y la indigencia, el peor de los indicadores, al 10,5. Los números absolutos son más fuertes que las proporciones. Según estas estadísticas en la economía local 12 millones de personas son pobres y, de ellas, 3 millones pasan hambre. Se aclara que el universo del que surgen estos números no son los 46 millones de la población total, sino los 28,5 millones sobre los que se releva la EPH (la Encuesta Permanente de Hogares) en los 31 principales aglomerados urbanos y de la que surgen los datos de trabajo e ingresos que se usan para medir la incidencia de la pobreza.

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  Dentro de estos datos debe mirarse un indicador indirecto que pocas veces se destaca, las “brechas” de indigencia y de pobreza que surgen de la respuesta a la siguiente pregunta ¿Cuánto les falta a los pobres indigentes y no indigentes para poder adquirir las respectivas CBA y CBT? Los datos difundidos esta semana mostraron que los hogares pobres indigentes tuvieron en promedio ingresos por 12,9 mil pesos para adquirir una canasta de 21,6 mil y los pobres en su conjunto un ingreso promedio por hogar de 29,6 mil pesos para adquirir una canasta de 50,9 mil. En conjunto se observa que la “brecha de pobreza” ronda poco más del 40 por ciento, un indicador de “núcleos duros” o persistentes que se agravó levemente en los últimos años. A ello debe agregarse que el aumento del desempleo disminuye la capacidad de negociación de los trabajadores: es decir los ocupados no recuperan por salarios lo que pierden por precios.
 

Avancemos ahora a lo cualitativo. Las crisis económicas se pagan con caída de la actividad económica y, como las contracciones ocurren normalmente siempre después de las devaluaciones, con alta inflación. En consecuencia todas las crisis se pagan con pobreza y, literalmente y sin buscar palabras que impacten, con el hambre de una porción de la población. Si se mira lo que va del siglo XXI se sabe que comenzó con la peor crisis de la historia reciente, la de la salida de la convertibilidad que explotó los indicadores en 2002. Desde 2003 a 2013 se registró una década de baja constante y significativa de la pobreza. A partir de 2013 el nivel de pobreza se estabilizada con leves oscilaciones y desde 2017 vuelve a crecer hasta 2020, disparándose en los dos últimos años. La conclusión preliminar es que los gobiernos populares impulsan el crecimiento, bajan el desempleo y disminuyen la pobreza. Por el contrario, los gobiernos neoliberales son quienes la expanden. No es opinión es lo que indican las series, lo gráficos de evolución de la pobreza y del producto.

  Sin embargo este análisis binario deja de lado matices muy relevantes que hoy resultan clave. Desde 2013 la caída de la pobreza se detuvo y fue suficiente para posibilitar la recaída neoliberal de 2016-19. Sucedió que el crecimiento se había frenado a partir de 2012, pero si bien las razones fueron múltiples predominó una: la economía se quedó sin dólares y no gestionó bien la restricción. Dicho de manera esquemática, para sostener el crecimiento de una década la economía tendría que haber aumentado la productividad para generar más dólares. Luego, cuando los dólares genuinos, propios, se terminaron, tendría que haber podido generar dólares financieros (por ingreso de capitales y/o endeudamiento). Ninguna de las dos cosas sucedieron y el desenlace fue el conocido. Con la recaída neoliberal, que prometió “pobreza cero”, sólo se consiguieron dólares financieros que posibilitaron postergar el problema hasta que estalló una crisis que no sólo fue peor, sino que dejó comprometido el excedente de dólares “propios” de los años venideros. Finalmente 2020 fue una anomalía para un gobierno popular, porque a la grave herencia radical-macrista se sumó el cisne negro de la pandemia del COVID-19. La consecuente caída del producto, como se repasó, no podía traducirse en otra cosa que en la disparada de la pobreza.

Este breve recorrido por la historia económica más reciente evidencia dos cosas. La primera es la alta correlación, dependencia, entre la evolución del PIB y la mejora de los indicadores sociales con prescindencia de lo que suceda con la mayor o menor desigualdad. La segunda es que si no se mejora la productividad sectorial y se potencia la generación de divisas genuinas (exportaciones e inversión extranjera) el crecimiento no es sostenible. El crecimiento es la condición necesaria para cualquier proceso de desarrollo y en consecuencia para la permanencia temporal de un gobierno popular. Para la teoría económica se trata de una verdad de Perogrullo, pero para las elites dirigentes está lejos de ser una verdad de sentido común. Parte de estas elites, económicas y políticas, parecen más comprometidas con la conservación del actual statu quo productivo (inserción internacional) que con cualquier idea disruptiva de ese orden, como lo sería un proceso de desarrollo, que obliga a rupturas internas y externas con el orden establecido. La gravedad de los números del presente debería ser razón suficiente para no pensar en los mismos términos económicos que en períodos normales. No debe perderse de vista que si se profundiza una segunda ola de la pandemia la sustentabilidad política quedará comprometida.

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017). 

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