Cachivache y posverdad

03 de octubre, 2020 | 11.38

El jueves 19 de marzo, los principales diarios locales amanecieron con sus portadas unificadas para promover un periodismo responsable en el marco de una cuarentena que recién asomaba. A partir de la iniciativa de Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) y con el apoyo de Mercado Libre, la campaña #SeamosResponsables tenía como fin concientizar sobre el confinamiento total para contener la pandemia del coronavirus. De ese tiempo a esta parte, mucha agua pasó por debajo del puente y lo que parecía un clima de consenso político, se transformó abruptamente en aquel viejo conocido periodismo de guerra. El presunto éxodo de empresas culpabilizando a la cuarentena, el fogoneo y la convocatoria abierta en sus sitios web a marchas en defensa de la república o la circulación constante de fake news fueron parte del repertorio que los medios hegemónicos ejecutaron a la perfección rompiendo por completo la armonía que se había pregonado en los inicios del aislamiento. Así fue que las únicas tapas que permanecieron en sintonía fueron las de los diarios Clarín y La Nación, que -en una suerte de nado sincronizado- se han ocupado de presionar y caranchear cada suceso político y social en pos de sus intereses. Desde hace varios años que el rol de los medios de comunicación está en discusión y las prácticas de manipulación llevadas a cabo responden, cada vez más, a una teoría que tiene como núcleo sustancial a la posverdad. 

Si bien se reconoce a este neologismo como uno de los principales males que aqueja a la política contemporánea, la posverdad, en su diferentes formas y expresiones, se presenta de manera tan casual y natural en estos tiempos, que es necesario repasar su definición. Cuando se habla de posverdad, se habla de recorte. Se trata de la lectura particular que se hace de la realidad en base a las creencias, emociones y posturas que se acarrean.Tiene que ver con la información que se selecciona para justificar las ideas personales, evitando todo aquello que pueda contradecirlas o, básicamente, destruirlas. Está tan naturalizado este proceso que se cree que la distorsión de la realidad, que se realiza a partir de este recorte, se produce de manera ingenua. Lamentablemente, la posverdad poco tiene que ver con la ignorancia o la falta de malicia. Esta nueva lógica, que se aleja cada vez más de la verdad o la comprobación empírica de los hechos, esconde manipulación y responde constantemente a los intereses políticos de los diferentes sectores. Las fake news -noticias falsas elaboradas con una intencionalidad política dañina- se convirtieron en las principales exponentes de esta nueva manera de pensar. A esta altura del partido, los ejemplos de este tipo de manipulación en políticos o periodistas de renombre ya son imposibles de enumerar. 

Los distintos movimientos anticuarentena a nivel mundial y, particularmente, las convocatorias de determinados sectores en nuestro país, estuvieron y están teñidos por esta cultura del recorte y de la distorsión. Sus bases mismas se encuentran arraigadas en la desinformación - entendida como la manipulación mediática y no como la falta de datos- generada por las pretensiones de los más poderosos y los intereses individualistas de los apáticos. El armado y desarmado de las noticias malintencionadamente falsas alimentan estos movimientos delineando la agenda de los medios y caldeando la situación política de la Argentina. La quema de barbijos que se llevó a cabo los primeros días de septiembre es un claro ejemplo que combina la desacreditación científica, sobre el uso del tapabocas como principal protección frente al virus, con la mentira al servicio de los intereses personales.  

El éxodo de empresas fue otro de los tópicos que, a partir de la manipulación de la información, se posicionó en la agenda mediática. El 16 de septiembre de este año, el portal de noticias Infobae, publicó: “Continúa el éxodo de empresas, Glovo se va de la Argentina”. Dentro del cuerpo de la nota se detalla que la partida de la empresa nacida en Barcelona fue a nivel regional, dado que había vendido sus operaciones a Pedidos Ya. De hecho, esta semana, tanto Coca-Cola como Fernet Branca, salieron a desmentir categóricamente su partida del país. Detrás de estos sucesos, hay una clara connotación política en contra de la cuarentena que estableció el gobierno de Alberto Fernández. Las justificaciones que esgrimen las notas que desarrollan estos temas, no apuntan contra la pandemia que azota al mundo entero, sino que encuentran la culpabilidad en el confinamiento que llevó a cabo el oficialismo. 

En este contexto, no solo ha quedado al descubierto la distorsión informativa en pos de intereses privados de los medios hegemónicos, como consecuencia, también resultó evidente la falta de veracidad periodística. Hace dos semanas, el periodista Pablo Sirvén, subió a su cuenta de Twitter una imagen donde se veía a Alberto Fernández, en medio de una multitud, abrazado a varias mujeres, todas sin tapabocas. El posteo de la foto acompañado por la frase “¿Terminó ya el allanamiento a la quinta de @mauriciomacri por no ser estricto con la cuarentena?” daba a entender que Sirvén señalaba un incumplimiento protocolar por parte del Presidente. El problema es que la foto era del año pasado y el reconocido periodista de La Nación, lejos de chequear su información, optó por difundir la imagen en busca de despertar indignación entre sus seguidores. 

Lamentablemente, los “errores periodísticos” y las fake news, siempre perjudican a los mismos. Las supuestas cuentas en el exterior de Máximo Kirchner y Nilda Garré que fueron tapa de Clarín e impulsaron un proceso judicial para ser finalmente sobreseídos o la reciente desvinculación de Aníbal Fernández del triple crimen de General Rodríguez que le costó una elección son una muestra clara de ello. Del otro lado, todo pareciera ser paz, armonía y notas de color como la que publicó La Nación el jueves pasado donde Juliana Awada, ex primera dama, compartió la receta del plato favorito del ex presidente, Mauricio Macri. 

Más allá de la enorme variedad de factores que influyeron en la derrota del kirchnerismo en las elecciones del 2015, no se puede subestimar la importancia que tuvieron estas prácticas mediáticas en el desgaste de un proceso político y en el posterior resultado de los comicios. La realidad mediática hoy, no es muy distinta a la de aquel entonces. La búsqueda constante por manipular y distorsionar la información roza la desestabilización democrática que algunos sectores de la oposición se han ocupado de fomentar. Sí, la política de la posverdad parece haber llegado para quedarse y plantea un nuevo desafío social y cultural. Aquellos que puedan escaparle a esta lógica deberán ser los encargados de promover las buenas prácticas informativas y analíticas. Será la reflexión colectiva la que nos guiará hasta la verdad, o por lo menos, hacia una realidad sin tantas mentiras.

 

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