El fin de la ingenuidad global: ruptura antes que transición, la posición Lutnick en Davos y la trampa ideológica de la Argentina

27 de enero, 2026 | 18.10

En los pasillos de Davos, donde la nieve suele enfriar los ánimos revolucionarios, este enero de 2026 se sintió el calor de un mundo que ya no será igual. Trump fue el protagonista indiscutido del foro. Sin embargo, pasaron otras cosas que son interesantes.

Cuando Howard Lutnick, secretario de Comercio de los Estados Unidos, habló en el estrado, no lo hizo para recitar los viejos cantos del libre comercio que el Foro Económico Mundial aplaudió durante décadas. Y que suele profetizar Javier Milei. Lo hizo para firmar su certificado de defunción. «La globalización ha fallado», sentenció. Su mensaje fue muy crudo y directo: Occidente se equivocó al regalar su base industrial a cambio de productos baratos, y la era de la ingenuidad ha terminado.

Bajo la doctrina de la administración actual, Estados Unidos ha dejado de simular ser el árbitro imparcial del mercado para convertirse en un jugador celoso que, ante todo, le preocupa no perder su posición en este mundo. La prioridad es la soberanía productiva —semiconductores, medicinas, industria pesada, industria militar— y el bienestar del trabajador estadounidense, según dijo Lutnick.

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Sin embargo, mientras Washington levanta muros y subsidia a sus fábricas con una intervención estatal sin precedentes, en el extremo sur del continente, el gobierno de Javier Milei parece estar leyendo un manual de economía de 1990, con el Consenso de Washington como rector, en un mundo sin el muro, y sin China como es hoy. La Argentina, en su afán de alineamiento incondicional con el norte, está abriendo sus puertas y desprotegiendo a sus trabajadores justo cuando su "faro" hace exactamente lo contrario.

La geopolítica del chip y el retorno de las fronteras

Para entender la magnitud del cambio, hay que mirar más allá de la retórica, hay hechos concretos que aceleraron el escenario. La batalla ya no es por quién vende más barato, sino por quién controla el cerebro del futuro: la tecnología, y su oxígeno, la energía. La obsesión de Lutnick y del establishment estadounidense es clara: asfixiar el ascenso tecnológico de China y reindustrializar el antiguo cordón manufacturero americano, que se ha oxidado en las últimas décadas.

Las herramientas son quirúrgicas. La reciente saga de los chips H200 de Nvidia es el ejemplo perfecto. Es verdad que Estados Unidos autorizó su venta a China, pero bajo condiciones tan estrictas de uso y cuotas que, en la práctica, convierten a los desarrolladores chinos en arrendatarios de tecnología americana, impidiendo que logren una autonomía real. Es una estrategia de "contención rentable": te vendo lo suficiente para ganar dinero, pero no lo suficiente para que me superes. Por eso China tiene interés en mostrar avances propios en la construcción de estos chips.

Al mismo tiempo, la billetera estatal estadounidense está abierta de par en par. El proyecto de la "megafab" de Micron en Nueva York, con una inyección de capital que roza los 100.000 millones de dólares proyectados, por ahora viene lento, pero no es obra de la mano invisible del mercado. Es política industrial, industrial y geopolítica. Es el Estado eligiendo ganadores para asegurar que, si el mundo colapsa, los chips se sigan fabricando en casa. Sin dudas, es la batalla que adelantó la ciencia ficción en los cines.

Mientras tanto, el tablero global se reacomoda con violencia. China, lejos de quedarse quieta, ha cerrado filas sobre las tierras raras y los magnetos, insumos vitales para todo, desde misiles hasta coches eléctricos. Rusia, por su parte, juega sus carta de recursos minerales para romper el cerco de las sanciones, y Brasil, bajo una administración que entiende el juego, se posiciona no como un simple vendedor de piedras, sino como un socio estratégico que exige inversión y tecnología a cambio de acceso a sus reservas, amparado por los BRICS. Incluso Venezuela, con su industria petrolera golpeada por la invasión de EEUU, vuelve a ser una pieza en el tablero energético global con el barril rondando los 65 dólares, recordándole al mundo que la seguridad energética sigue siendo un factor de riesgo.

La batalla por las baterías es la prueba ácida de este nuevo orden. Lutnick no titubeó en Davos al señalar el elefante en la habitación: «Permitir que China decida el precio y el suministro de la energía del futuro no es comercio, es rendición estratégica». La frase valida el muro arancelario que tanto Washington como Bruselas han levantado contra los vehículos eléctricos asiáticos, rompiendo la ortodoxia de la OMC. El subtexto es letal: Occidente ha entendido tarde que China no exporta solo autos, sino deflación tecnológica subsidiada para desindustrializar a sus rivales. La respuesta ya no es competir en eficiencia, sino fracturar el mercado: Estados Unidos y Europa están forzando un desacople donde el 'dumping' chino se topa con la seguridad nacional. En esta guerra de trincheras, quien no tiene fábricas propias de celdas y cátodos —sino solo recursos naturales— queda reducido a ser un espectador vulnerable en la cadena de suministro.

La paradoja argentina: ideas a destiempo con pronóstico reservado

Es en este contexto de nacionalismo económico agresivo donde la estrategia argentina cruje, y no se entiende en términos de un futuro mejor. El gobierno de Milei ha apostado todo a un alineamiento automático con Estados Unidos, culminando en el Acuerdo Marco de Comercio e Inversión firmado en noviembre de 2025. Pero hay una disonancia cognitiva fundamental en la Casa Rosada: creen que alinearse con Estados Unidos significa copiar su discurso de libertad, pero ignoran su práctica de proteccionismo.

Lutnick dijo en Davos que «la función del gobierno es garantizar mejoras efectivas en la vida del trabajador nacional». Para lograrlo, Estados Unidos usa aranceles, bloquea compras extranjeras y fuerza a las empresas a contratar localmente. En contraste, la reforma laboral impulsada por Milei a finales de 2025 va en la dirección opuesta: flexibilización, abaratamiento del despido y una apuesta a que la reducción de costos, por sí sola, traerá lluvia de inversiones.

La evidencia, lamentablemente, sugiere que la Argentina está cayendo en una trampa. Al firmar acuerdos de libre comercio e inversión con una potencia que está subsidiando agresivamente a su propia industria, Argentina no está "integrándose al mundo", sino ofreciéndose como un mercado de consumo y un proveedor de materias primas baratas, sin los mecanismos de defensa que tienen sus socios.

Lo que estamos viendo es una asimetría peligrosa. Mientras el "America First" busca blindar al operario de Michigan de la competencia desleal, las políticas de Milei exponen al trabajador del conurbano bonaerense a una competencia feroz sin red de contención. La promesa de que la "libertad" traerá prosperidad choca con la realidad de un mundo donde nadie juega limpio.

Si Estados Unidos y Europa están volviendo a la política industrial, a los subsidios estratégicos y a la defensa férrea del empleo nacional, ¿por qué la Argentina marcha a contramano, desmantelando las pocas herramientas de soberanía económica que le quedan? La lección de Davos 2026 es que, en la nueva geoeconomía, los países que no cuidan a sus propios trabajadores y a sus industrias estratégicas no se convierten en socios del primer mundo; se convierten, simplemente, en su patio trasero.


 

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Hernán Herrera

Lic. en Ciencia Política (UBA), docente. Especializado en política económica local. Investigador del Instituto Argentina Grande (IAG).
IG @hernanpherrera