El dilema para la alianza Cambiemos tuvo tintes novelescos. O bajaba otra de sus banderas, una más, o el agotamiento de divisas haría implosionar su gobierno. La respuesta la halló en el máximo y único objetivo trazado desde hace varios meses: ya no una revolución económica y cultural, sino tan solo ser el primer gobierno no peronista en finalizar su mandato desde inicios del siglo pasado. Para lograrlo, se reimplantaría el denostado, y mal denominado, cepo al dólar, una de las herramientas de política económica más demonizadas por todo el espacio macrista. La medida, ampliamente demandada por el arco opositor, resultó ser una tabla de salvación para el gobierno, que de perder el viernes 30 de agosto un pico de 1.994 millones de dólares, finalizó en los últimos días con un descenso promedio de 100 millones, un monto aún considerable, pero claramente menos desestabilizador que el de aquel viernes negro, cuya dinámica haría que en el lapso de menos de un mes el Banco Central se quedase sin divisas disponibles.

En rigor, no debería representar ninguna rareza el hecho de que un país que no produce los suficientes dólares que la sociedad demanda, limite las ventas de los mismos. La denominada “restricción externa”, esto es la carencia de divisas, es un elemento con una presencia recurrente en la historia económica argentina, produciéndose tanto en los modelos industriales, cuando el crecimiento fabril hace necesaria una muy alta importación de insumos y bienes de capital para producir (ciclo de Stop & Go), como también en los de valorización financiera como el actual, cuando el ciclo de endeudamiento llega a su fin.

 

 

Sin embargo, el mecanismo que el neoliberalismo, nuevamente introducido al país por Cambiemos y el FMI, adoptaron frente al problema de la restricción externa, fue dejar que sea el mercado quien regule la limitación de la venta de dólares, mediante la oferta y la demanda. En consecuencia, si un enfermo necesita un medicamento importado para salvar su vida, si una fábrica necesita un insumo de capital para producir y generar empleo, o bien si un turista desea vacacionar en Miami o un financista los quiere para depositar como ahorro en el exterior, los dólares irán simplemente para aquel que más pesos esté dispuesto a pagar por el, en un diseño lejano a cualquier idea de desarrollo económico, pero que además se complejiza en la medida que llegue a desatarse una corrida cambiaria, donde la totalidad de la población con capacidad de ahorro busca adquirir dólares sin importar su precio, como única reserva de valor. 

Fue lo que sucedió durante las últimas semanas, cuando resultó evidente el rotundo fracaso del nuevo experimento neoliberal, en el que se incluyó la liberación de la venta de dólares, lo que llevó a que las reservas del Banco Central cayeran desde las PASO a la actualidad en más de 15.000 millones de dólares. Así, aún al extremo de pagar un altísimo costo político para su base electoral, que lo eligió, entre otras cuestiones, bajo la idea de que limitar la compra de dólares significaba una vulneración de un derecho cívico, la alianza Cambiemos re implantar el denominado cepo, con límites de 10.000 dólares de adquisición mensual y restricciones a las transferencias al exterior.   
 

De cepos y aperturas

La liberalización en la venta de dólares, una de las primeras medidas tomadas por la alianza Cambiemos al llegar al poder, resultó un busco giro en materia de política monetaria y cambiaria a la llevada adelante durante la última etapa del kirchnerismo, donde frente a la restricción externa se reguló la adquisición de dólares según las necesidades de desarrollo industrial. Fue la respuesta a décadas de hegemonía neoliberal, imperante en nuestro país a partir de 1976, que durante varios años logró una apertura a la venta de dólares gracias al megaendeudamiento que sostuvieron los gobiernos de la dictadura cívico militar, el menemismo, y la primer Alianza, los cuales propiciaban un fuerte ingreso de divisas en préstamo y a un costo reducido –dólar retrasado- justamente por su abundancia temporal. La misma fue aprovechada por las clases medias altas y altas, con su posterior fuga como proceso final, en un creciente endeudamiento que terminó siendo ruinoso para el país. Por el contrario, cuando durante el gobierno de Cristina Kirchner la restricción externa volvió a emerger, en este caso debido a la creciente industrialización que demandaba insumos y bienes de capital importados, la respuesta fue el mal llamado cepo, que no lo era en sí mismo pues no impedía la venta de dólares, sino que los asignaba –aunque con una implementación algo deficiente- según un diseño en donde la industria tenía las mayores ventajas para adquirirlos, para luego dar paso al ahorro y al turismo al exterior, en estos últimos casos según la capacidad contributiva. 

 

 

Si el macrismo pudo eliminar este “cepo”, fue gracias a la política de desendeudamiento llevada a cabo durante el kirchnerismo, que posibilitó que el mundo financiero global se relamiera ante la posibilidad de prestar dólares a un país desendeudado. Fue la plata dulce de los dos primeros años del macrismo, con tours de compras a Chile y Miami, además de una fuga descontrolada que llegó a los 100 mil millones de dólares. Como no podía ser de otra forma, el ciclo acabó, con el préstamo final del FMI incluido, y el gobierno debió retroceder sobre sus pasos para aceptar que otra de sus políticas neoliberales carecía de sustento. Era esa opción, o morir anticipadamente, en y por sus dogmas.