La Generación Dorada vive su final con la gloria que supo conseguir todos estos años. Con Luis Scola como bandera y sobreviviente de esa camada histórica para el deporte argentino, hoy la Selección demuestra que no solo tiene futuro sino también presente. Y ambas realidades también son el resultado de un pasado que se remonta al primer Mundial, cuando Argentina salió campeón del primer torneo contra Estados Unidos y empezó a escribir la historia que hoy llega a otra final, pero ante España.

Aquel inicio épico en 1950 fue el punto de inicio que desencadenó dos consecuencias para este deporte argentino: la gloria futura, con una Liga Nacional fuerte, y jugadores que serían estrellas en tierras extranjeras. Pero también la condena a los propios, un equipo cuyo punto más alto en sus carreras detonó la persecución de los militares y la proscripción de sus nombres por años, solo por ligarlos al nombre de Juan Domingo Perón.

Y es que en 1956, en el contexto de la llamada "Revolución Libertadora", la primera generación dorada fue arrasada. Los militares en el poder los acusaron de profesionalismo en un deporte amateur por haber recibido de manos de Perón un único premio: una autorización para importar un automóvil que les significaba un beneficio económico, porque el precio que abonaban era inferior al precio de mercado en Argentina.

 

 

 

Los militares que habían derrocado al gobierno de Perón, convirtiéndose en una dictadura más de las que castigaron a nuestro país, abrieron una investigación contra todos los campeones del mundo de 1950 y sancionaron a los jugadores. La injusta sanción fue levantada recién once años después, pero ya habían arruinado sus carreras. Esto es lo que se conoció como “El Genocidio Deportivo de la Revolución Fusiladora” y que fue uno de los episodios más oscuros del deporte argentino.

Un apoyo concreto por parte del gobierno peronista también había sido extender licencias laborales que permitieran a los integrantes del seleccionado dedicarse por completo y perfeccionarse. Por aquellos años imperaba todavía la regla del amateurismo, por lo que todos los jugadores trabajaban en otras profesiones para mantenerse, algo muy distinto a lo que pasa actualmente. Este punto del reglamento sería una de las claves de la Comisión Investigadora número 49 durante la Libertadora, al suspender de por vida a los campeones aduciendo que los jugadores habían recibido favores de Perón.

Algunos de los mismos dirigentes de la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB) que habían sido parte de esa etapa y festejaron los logros, fueron los que promovieron la investigación y la posterior sanción que congelaría el desarrollo del básquet por treinta años.

 

 

Muchos años después, en julio de 2014, la Confederación Argentina de Básquet tuvo otro conflicto con los jugadores, pero de un enfoque distinto. El mal manejo de las finanzas de la Confederación generó una situación de absoluta crisis, con un pasivo superior a los 20 millones de pesos que derivó en un desorden institucional, adeudando salarios de empleados y jugadores. En ese momento, el eterno Luis Scola salió al cruce y amenazó con no jugar el mundial: "Esto es una desilusión porque hace 15 años que estoy en la Selección Mayor, donde la paso bien y me encanta estarLos dirigentes nos pusieron en esta situación angustiante. El Mundial es muchísimo menos importante que esto", sentenció en una entrevista al diario Clarín.

Otros referentes de la Generación Dorada como Emanuel Ginóbili, Pablo Prigioni y Andrés Nocioni respaldaron, vía Twitter, al jugador y se sumaron al reclamo contra la Confederación. La camada tenía una posición tomada: querían que la dirigencia al mando de Daniel Zanni dé un paso al costado y haya una renovación en la cúpula. Los nombres pesaron demasiado y no tardó mucho en encontrarse una solución: el propio Gobierno, en aquel momento de Cristina Kirchner, decidió la intervención de la Confederación por 180 días y la siguiente elección de nuevas autoridades.

La historia del básquet argentino supo encaminarse con estos momentos: victorias y derrotas tanto dentro como fuera de la cancha, pero siempre con la mentalidad de jugarlos.