Los grandes empresarios, como si nada hubiese sucedido

En las jornadas de Asociación Empresaria Argentina (AEA) se repitieron los tradicionales reclamos de baja de aportes patronales, reducción de impuestos y achicamiento del Estado.

05 de septiembre, 2019 | 08.50

Si en aras de “la objetividad científica” se deja de lado que el gobierno macrista fue un plan de negocios, queda el dato duro de que fue un gobierno de clase. ¿De qué clase? De la gran burguesía transnacionalizada que, entre sus objetivos de política, consiguió mejorar la posición relativa del capital respecto del trabajo. Contra fines de 2015 los salarios ya se redujeron a un tercio de su valor en moneda dura y la contracción de la industria y el mercado de trabajo desempoderaron a los trabajadores. Al mismo tiempo se redujo la carga impositiva de los sectores de mayores ingresos, desde los exportadores agropecuarios a las mineras pasando por la poda de tributos como bienes personales. Pero las transformaciones no fueron sólo internas. También ocurrió eso que el macrismo llamó “regresar al mundo”, es decir la resubordinación al capital financiero global, lo que se consiguió por la doble vía del aumento del endeudamiento con privado y el megacrédito del FMI. Regresar la deuda en divisas al cien por ciento del Producto significa pagar por muchísimos años un inmenso tributo al capital global, la forma moderna de extracción del excedente de una economía. Dicho de otra manera, las “regalías” de la deuda se llevarán en los próximos años una parte creciente del Presupuesto ¿Quién pagará los impuestos que alimenten este tributo “colonial”?

Lo único seguro es que la crisis actual pasará, pero el balance de condicionalidades que dejará el macrismo es claro y sintético: salarios más bajos, desempoderamiento de los trabajadores, achicamiento de las funciones del Estado, obligaciones de deuda y la herencia del FMI como policía macroeconómico. El éxito del macrismo reside en haber conseguido sus objetivos de transformaciones estructurales. Su fracaso es la imposibilidad de conservar el control del Estado. El balance de lo que salió mal es lo que podía predecirse apenas se conoció su plan económico: su mala teoría condujo a la insustentabilidad financiera externa, mientras que la insustentabilidad social interna lo expulsa del poder. Sin embargo, la herencia de transformaciones será de largo plazo. La historia no es nueva, ya ocurrió con los planes de José Alfredo Martínez de Hoz y de Domingo Cavallo.

En este escenario, resultaron llamativas esta semana las declaraciones de los dueños y CEOs de las principales firmas del país en las jornadas de la Asociación Empresaria Argentina, AEA. Los popes empresarios volvieron a reclamar allí por las cargas patronales, por los impuestos y por el tamaño del Estado. Entre los presentes se destacaban el alma mater Héctor Magnetto, Paolo Rocca, el dueño de la multinacional Techint y uno de los grandes pilares del macrismo, el titular de la subsidiaria local de Fiat, Cristiano Ratazzi, y el supermercadista Alfredo Coto. También acompañaron, entre otros, el coleccionista y gestor de negocios inmobiliarios Eduardo Constantini, y el petrolero Alejandro Bulgueroni. Se habló de institucionalidad, de previsibilidad, de no volver al pasado, de políticas de largo plazo, de lo mala que es la inflación, de los costos laborales, del respeto a la propiedad privada y del rol social de los empresarios. Es decir, el contenido de la reunión fue atemporal. Sólo faltó entusiasmo en los aplausos a Mauricio Macri, a quien asumen de salida y quien pidió disculpas por el “cepito”, una medida que conisderó sólo transitoria. Una cosa quedó clara, los empresarios creen que ellos no fueron, que no tienen ninguna responsabilidad en la actual crisis.

Nadie debería sorprenderse porque una clase social reclame por sus intereses particulares. Finalmente es la conducta esperable si se sigue “la lógica de los actores”, que es el insumo que debe guiar a los hacedores de política. Sin embargo, la falta de visión social y sobre el conjunto de la economía entre quienes tienen el importante rol de organizar la producción pone en el centro de la escena otro clásico de la economía local: la ausencia de sectores de la clase dominante que demanden desarrollo. Todas las preocupaciones empresarias parecen reducirse a impuestos, costos y tamaño del Estado. Lo que quizá no tengan asumido los hombres de negocios es que los impuestos para pagar una deuda pública ya cerca del 100 por ciento del PIB también saldrán de sus bolsillos.

La conclusión preliminar es que la tercera recaída neoliberal después de la dictadura y los ’90, demanda un replanteo ideológico para que no advenga la cuarta. Lo que viene es una “batalla cultural” por la interpretación del nuevo fracaso económico. Los perdedores están balbuceantes, pero sólo por ahora. Es fundamental que el próximo gobierno sea consciente de lo que se juega en esta batalla.-

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