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Las claves de la primera cumbre presidencial entre Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador

La relación con Jair Bolsonaro y Donald Trump, la deuda con el FMI y la situación de Venezuela. ¿Avanzará un bloque progresista en la región?

03 de noviembre, 2019 | 00.05

La próxima semana Alberto Fernández visitará México en lo que será su primera gira oficial como presidente electo. La elección del destino, desde luego, no es casual. Alberto y su par mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) comparten una serie de características: ambos presidentes se definen como progresistas, son críticos del neoliberalismo, plantean una solución pacífica y negociada para la crisis venezolana y proponen una relación de mayor autonomía con Estados Unidos. Dichas similitudes llevan a preguntase si la visita puede el comienzo de una suerte de eje regional progresista. Más allá de las coincidencias programáticas e ideológicas, cada mandatario tiene intereses puntuales que deben ser considerados para entender el cónclave.

En el caso de Alberto, el vínculo con México puede ser un instrumento que le permita contrapesar la tensión que existe hoy con el gobierno brasileño de Jair Bolsonaro. Desde la campaña presidencial que Fernández y Bolsonaro vienen cruzando duras críticas y acusaciones. El hecho de que el vínculo entre Argentina y Brasil sea una asociación estratégica basada en una identidad compartida hace que las relaciones personales muchas veces se relativicen. No obstante, como se demostró en otros momentos históricos, las sintonías personales son una variable que influye en el ritmo tanto de la relación bilateral como del Mercosur. Especialmente, cuando hay que resolver conflictos -políticos, comerciales, de seguridad- y para coordinar posiciones frente a cuestiones regionales y globales.

Sumado a lo anterior, otro factor que influye en la aproximación de Alberto Fernández hacia México tiene que ver con futuro de las relaciones de la Argentina con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Es que, a pesar de las diferencias ideológicas y los cortocircuitos por temas migratorios, AMLO tiene una buena relación personal con Donald Trump y podría actuar de nexo para facilitar las negociaciones del gobierno argentino por el “reperfilamiento” de la deuda con el Fondo.

Paradójicamente, algo parecido sucedió en el comienzo de la presidencia de Néstor Kirchner. El presidente mexicano de esos años, Vicente Fox, fue un aliado importante en las negociaciones con el FMI y la relación con México fue vista por el gobierno peronista como una forma de contrapesar el proyecto “sudamericanizador” que impulsaba Lula, a través de la Comunidad Sudamericana de Naciones, transformada luego en la Unasur. Por entonces, Kirchner no estaba convencido de recortar el espacio regional en las fronteras de América del Sur y, en todo caso, prefería apostar a profundizar el Mercosur.

La visita del nuevo presidente argentino también es relevante para López Obrador, porque Alberto Fernández tiene una posición similar sobre cómo abordar la crisis venezolana. México fue uno de los miembros fundadores del Grupo de Lima en 2017. Pero tras la llegada de AMLO en 2018 el país azteca abandonó esa instancia multilateral (que no reconoce al gobierno de Maduro) y apuesta por una solución negociada entre oficialismo y oposición, rechazando de plano cualquier posibilidad de intervención militar externa. Con Fernández, Argentina se incorporaría a este polo alternativo, del que también participa Uruguay, aunque es probable que por poco tiempo si finalmente Luis Lacalle Pou se impone ballottage del 24 de noviembre.

AMLO y Alberto también confluyen el Grupo de Puebla, una instancia no gubernamental que aglutina a diversas figuras políticas de la izquierda y el arco progresista latinoamericano, fundada por el excandidato a la presidencia chilena, Marco Enríquez-Ominami. La representación de México en el Grupo está dada por la presidenta del partido oficialista Morena Yeidckol Polevnsky y la argentina por Felipe Solá, quien suena como posible canciller del nuevo gobierno.

Vale señalar que Argentina y México tienen una historia compartida en materia de no intervención e injerencia en asuntos de otros Estados. Por mencionar algunos ejemplos, ambos países se opusieron a la ofensiva “anticomunista” de Estados Unidos y la OEA que terminó con la destitución del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954; se abstuvieron de votar la expulsión de Cuba del Sistema Interamericano en 1962 y mediante el Grupo Contadora y de Apoyo a Contadora impulsaron una solución pacífica a los conflictos en América Central en la década de 1980, a contramano de la intervención armada que promovía Ronald Reagan. 

Ahora bien, volviendo a la pregunta de si el viaje de Alberto Fernández puede ser la piedra basal para la construcción de un eje progresista en la región, debemos considerar también algunos factores que atentarían contra esta idea. En primer lugar, a pesar de la impronta latinoamericanista y autonómica que pretenden establecer frente a Estados Unidos, lo cierto es que ambos países tienen poco margen de maniobra respecto de Washington. En el caso mexicano, la pertenencia al Tratado México-Estados Unidos-Canadá (ex TLCAN/NAFTA) hace que cerca del 80% de sus exportaciones tengan como destino el mercado norteamericano. Y en el caso de la Argentina, la condicionalidad está dada por la necesidad de resolver la deuda con el FMI, donde Estados Unidos tiene la mayoría del poder de voto.

En segundo lugar, hay que resaltar que, como viene señalando desde que comenzó su mandato, la política exterior no es un aspecto prioritario para López Obrador. Y es posible que para Alberto tampoco lo sea, atento a que, al igual que Néstor Kirchner en 2003, su prioridad estará en resolver la profunda crisis económica que deja la gestión macrista.

 

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