La militancia: un modelo para pensar lo social

Algo falló en los cálculos neoliberales: el retorno de la política para discutir la subjetividad de la sociedad. 

13 de octubre, 2019 | 02.00

El “equipo” que gobierna, en nombre del pragmatismo, la modernidad y una felicidad banal e impostada, buscó devaluar y dejar fuera de juego la política y la historia.

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El neoliberalismo es un dispositivo de poder que pretende transformar la cultura en una empresa compuesta por ciudadanos emprendedores, donde cada uno debe asumir el riesgo de la incertidumbre que se traduce en salvarse solo y como pueda. El individualismo es presentado como una  tendencia virtuosa: “Yo llegué sólo”, “A mí nadie me ayudó”, etc.  Así también, los ideales que organizan la cultura neoliberal van en contra de la solidaridad y lo colectivo: privatizaciones, preponderancia de la figura del gestor, la meritocracia y el rechazo a “los planeros”, que viven a costa del Estado.

El individualismo neoliberal concibe la libertad como hacer lo que cada uno quiere, incluso que “el que quiere armas que lleva armas”, tal como expresó la Ministra Patricia Bullrich. Sin embargo, paradójicamente la moralina mediática rechaza y ataca el pensamiento de quien tiene la osadía de expresar un punto de vista contrario al sentido común. Esa libertad es demonizada y el agente de los dichos convertido en enemigo público: los ejemplos de Dady Brieva, Juan Grabois y Horacio González lo atestiguan.

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Los miembros del gobierno de Cambiemos en general vienen del mundo de la empresa, resultando analfabetos políticos que pretenden gobernar con súbditos o individuos comprados convertidos en esclavos, construyendo su poder en base al odio al adversario, con indiferencia ante los más vulnerables. Se escandalizan con el disenso, promueven la obediencia bajo amenaza y miedo, estimulan el sacrificio y son incapaces de sensibilizarse ante la tristeza y el sufrimiento social.

Sin embargo, a pesar de la omnipotencia de Durán Barba, Cambridge Analytica y los big data, algo falló en el plan para producir subjetividad neoliberal y se generó un efecto contrario al esperado. Los expertos y coaches no incluyeron en los cálculos la recuperación de la política como  parte del legado simbólico que dejaron los 12 años de experiencia kirchnerista. A pesar de haber sufrido una derrota en las elecciones del  2015, el kirchnerismo dejó en sus bases y fuerzas vivas la confianza en la política como herramienta de empoderamiento y emancipación.

 El cuerpo social afectado por el virus neoliberal no se transformó, como esperaban los disciplinadores del poder, en un cuerpo víctimatizado, despolitizado, pasivo y miedoso. Contrariando el programa de los expertos se puso en juego una cultura  militante: la resistencia. Causada por un deseo de volver, fue logrando la movilización de los afectos políticos, como la alegría y el entusiasmo, en una dirección democrática.

Surgieron merenderos, comedores, centros culturales, educativos, talleres, organizaciones sociales con una fuerte apuesta en los vínculos. La militancia tomó un sesgo colectivo pocas veces visto, con múltiples expresiones y formas estéticas aggiornadas, que incluyeron las redes sociales, música, teatro, performances, danza, artes plásticas, humor, flashmobs y comunicación alternativa.

Un poder compañero fue trazando puentes, enlazando cuerpos y relatos, poniendo en juego una ética antineoliberal que  alojó el sufrimiento y abrazó. Una batalla cultural ganada, no planificada, atravesada por Eros   - lazos amistosos y compañeros - fue en contra de la muerte en sus múltiples manifestaciones cotidianas, logrando articular una fuerza solidaria. La libertad no se basó en el individualismo, sino en los lazos sociales, la creatividad con otrxs, la solidaridad, la invención y en la posibilidad de hacer con lo que no había: una sublimación colectiva sostenida con el cuerpo, la fuerza, la inteligencia y el entusiasmo del pueblo.

El programa de la cultura neoliberal que precisa odiadores divididos,  tristes y despolitizados, esta vez fracasó. Una voluntad colectiva construida a pulmón fue capaz de desafiar el orden existente y concretó, más allá de la fórmula presidencial, una unidad desde abajo palpitante, un cuerpo político activo y esperanzado.

A partir de esta experiencia militante caracterizada por lazos compañeros amorosos y solidarios que se expresaron en la escena pública y afectos que se inscribieron políticamente, concluimos que lo común no puede organizarse desde el individualismo, sino que se define por ser con otrxs,  estableciéndose desde un horizonte colectivo siempre abierto.

“La Patria es el otro”, la frase proferida por la ex presidenta Cristina, continúa siendo un faro orientador que habrá que preservar para construir una comunidad democrática. La democracia no sólo refiere a una economía inclusiva, sino que supone también una práctica colectiva que construye una comunidad viva, en la que hay lugar para los afectos y las pasiones.

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