Miguel Ángel Pichetto resultó, finalmente, elegido como compañero de fórmula de Mauricio Macri en la epopeya por la reelección. Los escribas afines al oficialismo describieron la decisión como una jugada maestra; un golpe de tablero que devolvió una vez más la iniciativa política al Presidente, renovando sus chances de éxito en los comicios. Es probable que hubieran dicho lo mismo si Ernesto Sanz, Juan Manuel Urtubey, Martín Lousteau o Facundo Manes hubieran aceptado la misma oferta, que recibieron antes que el veterano senador. O si el gobierno hubiese optado por Luis Brandoni, Gabriela Michetti, Mario Negri o Karina Banfi. El veredicto sólo lo conoceremos cuando se abran las urnas.

Es cierto que los mercados reaccionaron con entusiasmo a la noticia. También lo hicieron cuando 'Toto' Caputo desembarcó en el Banco Central. (¿Se acuerdan de Toto Caputo?). El sector financiero, que a diferencia de la industria no termina el mandato de Cambiemos con pérdidas cuantiosas ni causas penales de alto perfil, fue una de las celestinas del nuevo matrimonio político, que comenzó a perfilarse durante la gira que Pichetto hizo por Wall Street en abril. El gestor fue Gabriel Martino, CEO de HSBC, investigado por lavado durante el kirchnerismo y virtualmente indultado por su amigo Macri. Los tres (Martino, Macri y Pichetto) volvieron juntos el miércoles de Neuquén, donde participaron del precoloquio de IDEA.

El banquero también se había reunido con Alberto Fernández durante sus primeros días como precandidato presidencial. En ese encuentro, ofreció sus servicios como intermediario entre un eventual futuro gobierno y fondos de inversión extranjeros. El ex jefe de Gabinete rechazó el ofrecimiento y le hizo saber que tales servicios no eran necesarios porque él mismo puede establecer esos contactos. A diferencia de Macri y Pichetto, que inauguraron su fórmula reunidos con los principales empresarios y banqueros del país, Fernández y Fernández reservaron los primeros espacios en su agenda para encuentros con sindicalistas y PyMEs. Las diferencias saltan a la vista.

La incorporación de Pichetto a la fórmula oficialista desterró el clivaje entre peronistas y antiperonistas como ordenador de la política argentina. El gobierno intentará plantear las próximas elecciones como una encrucijada entre república y populismo, versión contemporánea del clásico liberal civilización o barbarie. Se trata de una falsa disyuntiva: las deudas en materia institucional de Cambiemos son tan profundas como las económicas, aunque duelan menos en la víscera más sensible. Por el contrario, el flamante Frente Tod*s planteará la opción en términos más tangibles: industria nacional o capitales extranjeros, trabajo o especulación, distribución o concentración. Quien consiga imponer el campo de batalla estará bastante más cerca del triunfo que su adversario.

El pase del senador no provocó hasta hoy una avalancha de adhesiones peronistas que quizás nadie esperaba. El almuerzo del viernes en la parrilla favorita de Macri con otros dirigentes de origen justicialista que revistan en el PRO tampoco resultó inspiradora. No son pocos, pero la mayoría de ellos no pisa una unidad básica desde hace muchos años. La foto de Pichetto rodeado por Cristian Ritondo, Diego Santilli, Rogelio Frigerio y Horacio Rodríguez Larreta, entre otros, acaso no sea ideal para calentar a gobernadores, intendentes o sindicalistas, hoy comprometidos con el binomio Fernández. Quizás consciente de la debilidad del mensaje a sus antiguos compañeros de ruta, Pichetto intentó forzarlo con calificativos macartistas hacia candidatos opositores. El resultado fue fantochesco.

En ese sentido, comparado con la repercusión que tuvo la candidatura de Alberto Fernández, que atrajo en pocas horas a una enorme mayoría de gobernadores del PJ hacia el armado frentista, el anuncio de la fórmula de Juntos por el Cambio fue pálido. El candidato a vice de Macri, de diálogo habitual con las provincias desde hace casi un cuarto de siglo, no pudo cosechar entre los mandatarios locales, algunos de ellos amigos personales, más que un puñado de felicitaciones calurosas. El día del anuncio, Pichetto se jactaba ante periodistas de confianza que fueron varios los gobernadores que lo llamaron para saludarlo. Es lógico. El resultado de la elección aún es incierto y dos ventanillas siempre son mejores que una. Pero ninguno quiso hacer público el mensaje.

La mano del rionegrino sí talló, en cambio, en la decisión de varios partidos locales de ir con boleta corta, frustrando las negociaciones que mantuvieron hasta esta semana con Alberto Fernández para adherir como colectoras a su fórmula presidencial. Es el caso de Río Negro y Misiones, principalmente. Resulta poco probable que los votos que logre raspar el oficialismo en esas provincias emparden los que perderá Macri en Córdoba, donde Schiaretti, presionado por intendentes y legisladores peronistas que quieren apostar al Frente de Tod*s, también tuvo que declararse prescindente. El senador Carlos Caserio, presidente del PJ cordobés, se acercó en estos días a Sergio Massa y reemplazará al expulsado Pichetto a la cabeza del bloque en la cámara alta.

Times are a-changing, pero no debe subestimarse el aporte del flamante candidato a vicepresidente a la causa que abrazó en el ocaso de su carrera. Con Pichetto, el oficialismo suma rosca, capacidad de daño, un asiento en el Consejo de la Magistratura (hasta que algún juez determine lo contrario), quizá algunos votos de massistas anti-K pero principalmente un general veterano que conoce al dedillo el territorio sobre el que se disputa la partida que más ocupa a Macri: el de los tribunales, los espías y las relaciones diplomáticas no siempre oficiales. Pero su incorporación también entraña un riesgo para Macri, que por primera vez deberá convivir con un núcleo de poder exógeno. Marcos Peña ya siente el aliento del senador en la nuca.

Habrá que ver también cómo afecta el recién llegado a los radicales, que otra vez fueron postergados. Si bien es cierto que habían reaccionado positivamente a la propuesta en ruedas de consulta preliminares, los principales dirigentes radicales se enteraron de la decisión por los medios. Tanto los agarró por sorpresa que tuvieron que negociar condiciones cuando la noticia ya estaba anunciada. Pidieron la presidencia de la Cámara baja, pero no se les concedió: será de Cristian Ritondo o de Emilio Monzó, si es que revisa su decisión de ir al exilio dorado. Los correligionarios apenas consiguieron que se levante la regla no escrita que prohibía a los candidatos a gobernador perdidosos disputar una banca en el Congreso. Reparar egos heridos y negociar compensaciones también será parte de la tarea que deberá afrontar el propio Pichetto.

La llegada de Massa al frente que encabezan Fernández y Fernández terminó de redondear un armado competitivo pero tampoco está exenta de riesgos. Las negociaciones por la letra chica todavía siguen y en algunos casos son ásperas, como corresponde a asuntos tan sensibles. Al contrario de lo que se suponía, lo más conflictivo no es la conformación de las listas legislativas sino sellar heridas en municipios donde pasó mucha agua debajo del puente desde 2013. Un caso evidente, aunque no el único, es el de Tigre, donde el intendente Julio Zamora, quien fuera delfín de Massa hasta hace un año y medio, denuncia que su ex jefe político puso su cabeza como condición para sellar el acuerdo. Zamora hizo públicas las sospechas de que no lo dejarán competir en las PASO y pronto recibió un llamado de Pichetto, que le ofreció respaldar su candidatura. Si quiere ganar las elecciones, el nuevo Frente de Tod*s debe evitar estas fisuras. Sólo se puede pasar la ambulancia por donde hay heridos.