Los contundentes resultados de las elecciones primarias del último domingo nos proponen pensar cuidadosamente los factores que lo hicieron posible para organizar los próximos pasos de aquí a octubre con sensatez y responsabilidad.

A no confundirse. La impresionante cosecha electoral del Frente de Todos, que atraviesa territorios y sectores sociales diversos, expresa el triunfo de la política por sobre el marketing y el economicismo. La victoria de la persuasión política que permitió trascender el núcleo duro propio y llegar a una periferia más blanda, resignificando positivamente el presente y construyendo la idea de que un futuro mejor es posible.

Veamos con más detalle esta idea.

El escenario electoral de este año presenta niveles de polarización elevados que requieren agudizar la mirada sobre los denominados “núcleos duros o votantes sólidos” y las llamadas “periferias blandas o votantes en disponibilidad”.

Por definición, los integrantes del “núcleo duro” se caracterizan por una identificación política clara, definida por un conjunto de ideas, valores, tradiciones, emociones que configuran una identidad fuerte y estable. Muchos de ellos se involucran directamente en esos espacios como militantes o colaboradores, se muestran activos en las redes apoyando a sus organizaciones y dirigencias políticas, son conscientes de sus preferencias y no tienen problemas en explicitarlas y defenderlas en público.

Por el contrario, las “periferias blandas” están integradas por votantes fluctuantes, desafectados de la política, sin identificaciones partidarias sólidas, que reivindican su independencia para decidir en cada coyuntura a quién votar según un conjunto de razones que no derivan de una afinidad política definida sino de motivaciones más instrumentales, valorativas y/o emocionales propias del momento. Eso no significa que carezcan de un conjunto de ideas firmes sobre lo político, el país, la sociedad, los grupos que la integran, sus relaciones, etc. La ideología está presente y opera como guía a la hora de votar aunque no se reconozca de manera consciente ni se encasille explícitamente en una organización partidaria.

Ante este perfil de votantes, que en escenarios polarizados son los que suelen determinar los resultados, no sirve:  a) el abordaje hiperideologizado propio de la confrontación argumental entre núcleos duros; b) la mimetización discursiva propia del marketing electoral que propicia convertir el sentido común en propuestas de campaña; c) ni la postura determinista económica que propone renunciar a  la persuasión porque total “la heladera vacía se encargará de convencerlos”.

La persuasión política no es sencilla, pero es vital para el éxito electoral y para la construcción de legitimidad en el ejercicio del gobierno. Es una tarea colosal la que se tiene por delante en ese sentido porque en el caso del Frente de Todos eso implica ir muchas veces en contra de ideas dominantes muy arraigadas que son amplificadas constantemente desde los principales medios de comunicación y las diversas elites. Para que la persuasión sea efectiva hay que tener en cuenta siempre algo elemental: se busca persuadir a aquellos que no comparten por completo nuestro propio universo de sentido. Y el éxito radica antes que nada en saber desarrollar una actitud persuasiva: escuchar, estar dispuesto a conceder y ser capaz de resignificar las ideas del otro de una forma convincente. La persuasión es una actitud, es una forma de tender puentes con alguien que, no sólo piensa distinto a uno sino que se acerca a la política de una forma completamente diferente. Y en política no se puede renunciar a esta tarea.

¿Cómo se pueden leer los resultados de las PASO en esta clave interpretativa? Ciertamente no se puede desconocer el contexto de profundo malestar generado por los desastrosos resultados socioeconómicos de las políticas del gobierno de Macri, ni el desencanto de gran parte de la ciudadanía con este gobierno, incluso de aquellos que lo habían votado en 2015; pero para que eso se tradujera en un impactante caudal de votos para la fórmula opositora tuvieron que darse una serie de pasos claves que conviene repasar:

  1. Entender que “con el kirchnerismo no alcanza y sin el kirchnerismo no se puede”. Idea que expresó muy bien Alberto Fernández para explicar su acercamiento a la ex presidenta y propiciar la unidad opositora.
  2. Presentarle a la ciudadanía una fórmula electoral que demostrara vocación de apertura, diálogo, de trascender el núcleo duro, de persuadir a los no convencidos. En eso la decisión de Cristina Fernández de correrse a un segundo lugar fue determinante para posibilitar la unidad.
  3. Consolidar un armado electoral amplio, federal y potente, que pusiera a un costado las disidencias para lograr un objetivo superador teniendo en cuenta la gravedad de la situación.
  4. Construir un liderazgo carismático nuevo, que escuchara, propusiera, se conectara empáticamente con la ciudadanía. Capaz de reconocer errores propios y aciertos ajenos sin por eso renunciar a sus principios e ideas centrales. Convencidos de la necesidad de salir de la trampa pasado/futuro para resignificar el presente y proponer desde esa resignificación, un proyecto superador.  Esto se vio con claridad, no solo en la figura de Alberto Fernández que se construyó rápidamente en un buen candidato, sino en la de Axel Kicillof y Matías Lammens
  5. Una estrategia de enunciación persuasiva destinada a trascender el núcleo duro. Se priorizó el diálogo entre todos los actores (dirigentes, gobernadores, intendentes, sindicalistas, científicos, docentes, empresarios, productores). Se comunicó con humildad, tanto desde las dirigencias como desde la militancia. Esa marca distintiva del Frente de Todos que es su amplia y comprometida militancia se puso “en modo persuasivo” buscando comprender más que esclarecer.
  6. Un oficialismo que insistió en la estigmatización del adversario político, en la suspensión del presente, en la promesa de un futuro venturoso, oscilando entre la agitación de fantasmas que calan mucho en su propio núcleo pero cada vez pierden más capacidad de permear a otros (autoritarismo, mafias, corrupción, venganzas, Venezuela) o bien, en la enumeración de obras que supuestamente constituyen las bases de un desarrollo futuro a todas luces invisible para las empobrecidas mayorías.

El oficialismo se enfocó en abroquelar a su núcleo duro y se quedó sólo con eso. El Frente de Todos apostó  a persuadir a la periferia blanda mostrando una construcción política distinta. Funcionó. Ahora hay que seguir en esa línea para consagrar la victoria en octubre.