Después de una larga carrera de verticalidad justicialista, el 10 de diciembre de 2015, el mismo día que el peronismo dejó el poder, el senador Miguel Ángel Pichetto recuperó su libertad de acción y de conciencia. Lo dijo él mismo en una de las primeras sesiones en la cámara alta durante el gobierno de Mauricio Macri: “Recuperé la capacidad de pensar. Ya no estoy atado por las obligaciones de ser gobierno”. Desde entonces, no solamente se transformó en un operador de Cambiemos a la cabeza del principal bloque opositor; también se sintió libre de hablar sin restricciones políticas ni ideológicas.

 

A partir de ese momento se conoció una faceta suya que sorprendió a quienes lo recordaban por sus airados discursos en defensa de leyes clave para el kirchnerismo como el matrimonio igualitario, la identidad de género o la moratoria previsional para amas de casa. Liberado de las ataduras de responder a un gobierno popular, Pichetto dio a conocer su verdadera opinión. Lo que hasta entonces habían sido algunos exabruptos se convirtió en un discurso xenófobo, racista, antisemita y apologista de la violencia institucional, que desde ahora se sentirá a gusto en su nuevo espacio político.

 

Las primera alarmas se encendieron antes, aún durante el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cuando él ya pujaba por posicionar al peronismo como una fuerza conservadora una vez que concluyera el período kirchnerista. En 2013, durante un discurso recordando a las víctimas del atentado a la AMIA, el senador hizo distinción entre los “argentinos de religión judía” y los “argentinos argentinos” que fallecieron ese día. Evidentemente eso no preocupa al rabino Bergman ni al diputado Waldo Wolff, tan propensos de ver conspiraciones antisemitas en otras partes.

 

Un año más tarde, en 2014, comenzó a proponer un debate respecto a la cuestión migratoria, y aunque aclaró en una entrevista que la discusión debía ser “profunda, seria y sin una mirada xenofóbica”, a continuación se despachó: “Hay delincuentes de Albania y Europa del Este vinculados al narcotráfico. Y aparece el delito chino. En la década del 90 entraron los chinos y ahora los senagaleses. ¿Dónde están? Yo no los veo en obras en construcción. Los veo vendiendo cosas truchas”. Resulta difícil creer que Pichetto no conoce las estadísticas que reflejan que sólo una parte ínfima de los detenidos por delitos es de origen extranjero.

 

A partir de 2016, después de recuperar su “libertad de pensamiento”, se profundizaron sus expresiones de corte racista. Recibió una denuncia ante el INADI luego de decir que la Argentina funciona como “ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú”. A los inmigrantes de esos países los calificó como “resaca” y los asoció al narcotráfico. También vinculó directamente la venta de drogas con la vida en los barrios carenciados: “La Argentina oscura son las villas del conurbano”, expresó, sin dar margen a la imaginación. “No es estigmatización ni xenofobia, es meramente descriptivo”, aclaró. Menos mal.

 

Sin embargo, la xenofobia y el antisemitismo no son novedades aportadas a la coalición oficialista por Pichetto. Desde hace varios años que el macrismo incurre en acciones, actitudes y opiniones que dejan en manifiesto el verdadero pensamiento de muchos de sus dirigentes. Uno de los casos más resonantes fue cuando el propio Presidente Macri citó a Adolf Hitler en un mensaje en sus redes sociales en el que hablaba de gente “envilecida” por el “veneno social”, conceptos acuñados por el genocida en su tristemente célebre libro Mi Lucha.

No fue un caso aislado. El de Cambiemos tuvo el dudoso honor de ser el primer gobierno en democracia que recibió dirigentes nazis en la Casa Rosada. Fue en julio de 2016, cuando la juventud de Bandera Vecinal, el partido referenciado en el ultranacionalista Alejandro Biondini, participaron de un encuentro con el jefe de Gabinete, Marcos Peña. La invitación fue cursada por el Director Nacional de Juventud, Pedro Robledo, que se excusó torpemente alegando que desconocía la naturaleza fascista de esa agrupación. Al día de hoy, Robledo sigue en su cargo. Peña, por supuesto, también.

 

Hay más: el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba, hombre de primerísima confianza de Macri, dijo en una entrevista que “Hitler era un tipo espectacular” y hace pocas semanas el embajador en Haití, Pedro von Eyken, reivindicó en su cuenta de twitter, en el día del Ejército, la filiación de su padre al ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando le pidieron explicaciones, agregó: “Sostener que casi todos los oficiales alemanes de la II Guerra eran nazis no resiste el análisis histórico”. La cuenta de twitter la tuvo que cerrar horas más tardes pero el gobierno tardó más de diez días en desplazarlo de la embajada.

 

En febrero de este año, el ministerio de Producción difundió un informe ilustrado por la imagen de unas pocas personas (“contribuyentes”) que sostienen sobre sus espaldas a otros muchos, trabajadores informales o con monotributo social. El problema es que los contribuyentes eran todos rubios y vestidos de traje, mientras que los otros los dibujaron con tez morocha. Además, la idea del dibujo era muy similar a la de un afiche de propaganda del Tercer Reich de 1939, en la que un hombre de raza aria cargaba el peso de dos trabajadores de piel oscura y rasgos simioides.

 

 

Otro caso destacable es el del intendente de Mar del Plata, Carlos Arroyo, que en otros tiempos, cuando hacía campaña junto al ex represor Luis Abelardo Patti, exhibía parafernalia nazi en su despacho y reivindicaba a Hitler públicamente. En La Plata, el jefe comunal Julio Garro nombró director de Juventud a un militante del partido neonazi Vanguardia Nacionalista, decisión que tuvo que rever luego de que fuera repudiado por todos los organismos de Derechos Humanos. Este extenso recuento no es exhaustivo ni se detiene en los casos de dirigentes de Cambiemos que reivindicaron o defendieron la última dictadura militar argentina. Si lo hiciera, una sola nota periodística resultaría insuficiente.