El otro Alberto: una descarnada postal conurbana en tiempos de cuarentena

30 de marzo, 2020 | 18.31

Alberto vive en Glew. Pocos saben donde queda Glew, o Guernica. Arriesgan “para el sur”, o “en provincia”, y el que sabe más tira un “el tren de constitución te lleva, creo”. Todos los días Alberto viajaba dos horas para ir a laburar en la construcción y dos horas para volver. A veces se quedaba en la obra a dormir, para ahorrar los viáticos y dormir un poco mejor. Trabajaba para una empresa de construcción que te tercerizaba. No estaba en negro pero era un trabajo que duraba tres meses y a rezar que aparezca otra obra, y que lo llamen. Su esposa trabajaba de empleada doméstica y también viajaba dos horas para ir y dos horas para volver. En el camino dejaba a sus dos hijos en la escuela. Ahí desayunaban y aprendían. Pasaban menos frío que en su casa, a dónde no llega el gas, dónde se cuelgan de la luz y usan agua de un pozo. Se bañan y toman de esa agua, teniendo la precaución de ponerle unas gotas de lavandina para no agarrarse ninguna enfermedad. Cada tanto la “señora” donde trabaja como empleada, que la tiene en blanco porque es una señora progresista, le regalaba ropa, a veces, incluso, algún mueble o algo para los chicos.

Y mas o menos así llevaban su vida.

Hoy están encerrados. Alberto va a dejar de cobrar pronto, con suerte la van a pagar los tres meses. La empresa ya dijo que no teme a los juicios porque este sistema protege a los empresarios (empresarios grandes que dan mucho trabajo y ganan mucho tercerizando gente) para que puedan seguir emprendiendo. Así que de ultima dan quiebra y andá a reclamarle a magoya. Ta bien, piensa optimista, me ahorro los viáticos y duermo mejor, estoy con la familia y eso. Alberto no cobra los diez mil pesos porque en la empresa le venían pagando más del mínimo y, gracias a dios, no necesitaba de un plan para vivir. Tampoco los cobra su esposa, porque viven juntos y, a pesar de que ella cobra el sueldo mínimo, no vive sola ni es madre soltera ni está en negro. Sigue cobrando el sueldo que le paga la “señora”. Y entre los dos van zafando. Algún gorila va a decir que son unos suertudos porque cobran lo mismo y no laburan. Es verdad, pero es justo.

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Es justo porque en la almacén del barrio, la que no cerró, todo aumentó un montón. Así que lo que ganan, sin trabajar como dice el gorila, no alcanza como antes. Así que el asado del domingo vuelve a postergarse. Los chicos se aburren en la casa, no tienen computadora, las que les sacó el gobierno anterior y el actual aun no llegó a entregarlas, dónde aprender online. Y la escuela les queda lejos porque quedaba cerca de dónde trabajaba su madre. Así que tampoco tienen la vianda. Ni ven a sus amigos por videochat. Apenas que juegan un poco a la pelota. No pasa nada, no hay mucho que romper más que la paciencia.

Y Alberto sí que es paciente. Le han prometido de todo siempre. Y siempre, también, le pidieron que espere mientras ve como miles no esperaron nunca.  Le dijeron que la vida es esfuerzo y esfuerzo y que eso en si mismo es una recompensa cuando la recompensa debería de ser el progreso ante tanto esfuerzo. Y le enseñaron a que mientras haya un plato de fideos, alcanza para ser feliz.

Alberto no se preocupa, han estado peor y pueden volver a estarlo y no deprimirse por eso. No cree que se estén abusando de su fortaleza porque la cosa es así y mala suerte. Nadie tiene la culpa de que haya nacido pobre. Tampoco los gobiernos, es la vida en general, depende de la suerte. 
Mientras está encerrado tiene más esperanzas que muchos.

Si la vida es injusta, ¿por qué una vez en la vida no puede serlo a su favor?

Alberto depende de otros, de la solidaridad de la señora que emplea a su esposa, y de la construcción. Así se hizo la casa de dos ambientes que tiene. Se trajo unos ladrillos rotos que sobraban y se los regalaba el jefe; alguna bolsa de cemento por la mitad. Eso. La grifería y la instalación de luz la pagó de su bolsillo en la época en que el trabajo no faltaba.

No puede caminar 20 cuadras para ir a un almacén donde esta todo un poco mas barato que en el almacén del barrio. No tiene plata para malgastar en guantes, barbijos o alcohol en gel. Al menos no lo van a desalojar porque el terreno es ocupado, eso es una ventaja.

Todo aumenta a cada rato y los precios “sugeridos” del gobierno no llegan a Glew.

¿Y cuando se acaben los tres meses? ¿Y cuando la “señora” no le pague más a su esposa? Su empleadora tampoco teme a un juicio laboral sencillamente porque no tiene con qué pagarle. Que lo haga, está en su derecho, pero no puede pagarle. Antes tiene que pagar la luz, el agua, el gas, porque, dentro de todo, gana bien. Ella y su marido son profesionales y tiene una buena vida. Ambos rozan los 50 años y han podido ahorrar algo para zafar estos meses de cuarentena. Pero no son los beneficiados a la hora de suspender los pagos de los servicios. Eso es para la gente muy pobre. Pero a Alberto eso no le preocupa porque está colgado de la luz, tiene agua de pozo y por ahora pueden comprar la garrafa.

Alberto nunca pensó en el futuro, vive, como su mujer, el día a día. Sí pensaba en el futro de sus hijos, por eso los mandaba a la escuela. Un título siempre te da trabajo.

Alberto no es un empresario. No podría. Ningún gobierno de los buenos duró lo suficiente para poder emprender algo propio. Porque no puede, porque no tuvo la oportunidad, porque no le enseñaron.

Alberto no tiene ahorros y dentro de poco la ayuda del gobierno va a resultar muy poco. Y el trabajo va a escasear quien sabe hasta cuando.

Pucha que le había costado dejar de cobrar planes para tener un trabajo en blanco y digno, como su esposa.

Alberto le tiene mas miedo a la pobreza que al virus. Y si tiene que exponer su salud (lo hizo miles de veces trabajando en el frio mas fiero, sin dormir -una vez se cayó de un andamio y la ART no se hizo cargo y estuvo un mes sin cobrar por faltar- y comiendo una vez por día. Y así y todo se enfermó poco. 

Mirá que son fuertes los pobres eh. Y confiados.

Alberto se va a cansar. Y no va a ser el único porque los que estaban un poco por encima suyo, también se van a cansar cuando se parezcan más a Alberto que a los que estaban arriba suyo.

No va a estar solo Alberto.

Si todo sigue así, los que han tenido la suerte de amasar fortuna la van a volver a poner en los bancos, cerrar las empresas y a joderse.

Los que ahorraron fortunas vivirán el resto de sus vidas así.

Los que tienen menos fortuna vivirán un tiempo antes de empobrecerse.

Y los cientos de Albertos se van a cansar de seguir siendo los postergados y van a tener hambre. Y también la señora que empleaba a su esposa (aunque pueda tirar un año y tal vez más si puede vender alguna de las propiedades que tiene). Y hasta los empelados de comercio que llevaban las cuentas de la obra.

La clase media va a volver a desaparecer más rápido que en los cinco años de Macri.

Piensen en este otro Alberto alguna vez en la vida. Y en los que están un poco más arriba que él también, porque son los que dan trabajo a diario.

Pero principalmente en Alberto, su mujer y sus hijos.

Porque van a estar desesperados y se van a seguir aprovechando de él.

Y le van a mentir. Le van a inventar un futuro que no va a ser.

Y el se va a seguir esforzándose por un sueldo que seguramente va a ser menor que el anterior por la sencilla razón de que va a haber mas desempleo que antes. Y el que antes le daba trabajo ahora va a competir con el. Seguro que con más desesperación porque es un nuevo pobre. Hace poco tenía algo y ahora no tiene nada. Le cortaron la luz, el agua, no tiene clientes porque está todo parado.

Tienen mas miedo que él esta gente de clase media. Y tienen algo de razón. Pero a Alberto le cuesta entender porqué tanto drama. ¿Qué perdieron? ¿Su negocio? ¿Su auto? ¿Sus vacaciones? ¿Sus viajes? ¿La casa? ¿La luz?

Alberto va a bancar, no es grave que te falte todo eso. Mientras tanto en Suiza los bancos siguen atendiendo.

Alberto no tiene miedo porque nunca tuvo mucho y con un plato de fideos le alcanza.

Total, si hay algo que sabe ser, es pobre.

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Adrián Caetano

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