El coronavirus y la épica del sálvese quien pueda

22 de marzo, 2020 | 00.05

Más de una vez escuchamos que “la excepción hace la regla”. En su significado más corriente, esta expresión quiere decir que, efectivamente, el caso que se desvía de la regla es el que confirma la normalidad del resto de los casos, es decir, a la regla misma.

Impuesto a las Grandes Fortunas

Hay otras interpretaciones para esta expresión que pueden resultar útiles para entender estos días de crisis profunda, de excepción, consecuencia de la pandemia de coronavirus.

“La excepción hace a la regla” también quiere decir que si observamos atentamente los momentos excepcionales, de crisis, podemos ver con mayor claridad las reglas que marcan cómo funciona nuestra “normalidad”. Digamos, entonces, que “la excepción muestra a la regla”: durante esos momentos de paréntesis social vemos más claramente cómo “funcionan” realmente el poder, la sociedad, los individuos, al menos en parte. Porque durante los períodos de normalidad, ciertas rutinas, velos, naturalizaciones, tienden a esconder o a disimular las reglas profundas que rigen al poder, a la sociedad, a los individuos.

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La crisis que atravesamos nos permite ver, por ejemplo, la comodidad con que se maneja el presidente Fernández en la excepción. Fogueado en la crisis de 2002-2003, se lo ve sensato, estableciendo prioridades y anticipado a la emergencia. También lo vemos comunicando bien cuando comunica solo, y apegado a delegar sólo lo que considera imprescindible y poco más, gustoso de atajar todos los penales.

Vemos, también que, aparentemente, para gran parte de nuestra sociedad violar las reglas es la normalidad. Que en general tendemos a exigir decisiones, castigos y sanciones, pero que a continuación, o al mismo tiempo, nos ponemos a pensar cuál será la mejor forma de violar aquello que reclamamos con tanto ahínco.

Rechacemos, por destructiva y falsa, la idea de la “argentinidad desviada”, y aceptemos que la afición por la violación de las reglas es una conducta extendida en muchas otras sociedades, y probablemente más profunda en aquéllas que han atravesado frecuentemente crisis generalizadas. Violar las normas tampoco es un comportamiento exclusivo de algunos sectores o grupos sociales, ni de “los chetos” o “los rugbiers”, ni de los sectores más pobres o marginales. Claro que ambos sectores tienen recursos bien diferentes para poner en juego a la hora de salir impunes, de allí que las sanciones tiendan a distribuirse en forma tan desigual.

Digamos que esta afición por violar las reglas es una conducta bastante extendida al conjunto de nuestra sociedad, y que cualquier honrosa excepción que el lector o la lectora quieran señalar para esta regla no harán más que confirmarla.

Pero ¿podría ser de otra forma en una sociedad como la argentina, arrasada por un individualismo creciente y por tres experiencias neoliberales, la última de ellas concluida hace pocos meses? ¿Cuáles fueron los comportamientos que los argentinos y argentinas percibimos como mejor “premiados” o más “efectivos” durante otros momentos críticos de nuestra historia reciente, como la hiperinflación, los saqueos, la crisis del 2001? ¿Qué había detrás de los aplausos del gobierno de Cambiemos hacia el hiperindividualismo y la meritocracia, sino la construcción de una épica del sálvese quien pueda?

Antes de creer que somos un país de mierda o que algunos grupos sociales (cuando no políticos) tienen la culpa de todo, hasta del coronavirus, convengamos que estamos permeados por un sentido común que acepta que quien más rápido y más solo rompe las reglas, ganará. Entonces, además de las explicaciones morales, también hay explicaciones sociales para quien corre a aumentar los precios de bienes esenciales para la vida de los otros, o para quien decide fugarse y subirse a un barco poniendo en riesgo la vida de 400 pasajeros. No son sólo la estupidez o la maldad las que explican que alguien se largue a la ruta con síntomas de coronavirus para irse a la playa, o que una familia entera quede varada en los médanos, tratando de zafar de las reglas de aislamiento sin pensar en nadie más. Ni hablemos del exitoso conductor de quien, de pronto, supimos que hace más de 20 años tiene domicilio en una provincia patagónica a la que pudo arribar en vuelo privado.

Esta excepción también nos permite ver otras cosas. Por ejemplo, que las distancias sociales que nos separan fueron brutalmente profundizadas por las políticas del gobierno saliente. Y que, por más esfuerzo que haga el gobierno actual, es difícil diseñar políticas efectivas para los que pagarán primero y peor la crisis: los trabajadores en negro, informales, ambulantes, por horas, precarios, cuentapropistas; los pobres, los vulnerables, los presos, los indigentes.

Hoy vemos con mayor claridad que en nuestros días de normalidad que serán ellos, los más vulnerables, los más frágiles, los que iban quedando fuera del modelo de sociedad excluyente que muchos aplaudían, los que peor la pasarán. En estos días en que la grieta política parece diluirse, es posible ver con mucha mayor claridad la grieta social que nos separa.

Dijimos al principio que había varios significados posibles para la conocida frase “la excepción hace la regla”. Una última, y no menos importante, es que la excepción es una gran oportunidad para hacer las reglas. Las crisis les dan a quienes tienen el poder una oportunidad inigualable de construir nuevas reglas que modifiquen, luego, las condiciones de la “normalidad”.

El gobierno de Alberto Fernández tiene la oportunidad, en la excepción, de definir nuevas reglas que transformen la “normalidad” de nuestra sociedad cuando la excepción acabe. Reglas que, por ejemplo, incentiven las conductas que privilegien el bien de todos por sobre los intereses o deseos de pocos, que premien los comportamientos responsables por sobre las irresponsables. Que le quiten, de una vez por todas, la épica al sálvese quien pueda.

Y sobre todo, reglas que construyan nuevos lazos con aquéllos que siempre han sido olvidados por las reglas, o sometidos a reglas injustas, aquéllos que siempre han pagado, primero y peor, los peligros de la excepción. Que, si no son impuestas por el poder político, serán impuestas, como suele suceder, por los más fuertes.

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