Quizá el mayor talento del macrismo haya sido la construcción continua de un “relato”, precisamente aquello que criticaba a sus antecesores.

En el balance histórico, la mayoría de los indicadores económicos de largo plazo de los años kirchneristas fueron positivos. A pesar del freno a partir de 2011 por la reaparición de la restricción externa, el PIB creció, el desempleo se redujo, los salarios incrementaron su valor en moneda dura, la industria aumentó su participación en el Producto y la relación deuda en dólares/PIB cayó a niveles mínimos. Quedaban muchos pendientes, por supuesto, no existe la perfección en los finales de época simplemente porque la historia nunca termina y el horizonte permanece siempre en la distancia. La misma reaparición de la escasez de divisas para continuar con la inclusión social y el crecimiento era un indicador de lo que había faltado: un plan explícito de desarrollo y cambio estructural. Era la etapa lógica que continuaba luego de reparar la destrucción de “la década del ’90 larga”, que se inició en 1989 con la asunción de Carlos Menem y finalizó en 2001 con el estallido del gobierno de la primera Alianza.

No sin pendientes, entonces, el macrismo recibió una economía desendeudada y en marcha. No es casual que Cristina Fernández de Kirchner haya abandonado el gobierno en medio de la devoción popular de una plaza repleta, o que Axel Kicillof, quien fuera su último ministro de economía en un período muy complejo, como siempre lo es la etapa de administrar la restricción de divisas, se haya impuesto por más de 20 puntos en la provincia de Buenos Aires. Al final del camino las sociedades siempre tienen memoria de su bienestar. Es la misma razón por la que Mauricio Macri y María Eugenia Vidal tendrán por lustros dificultades para desplazarse sin custodia en el espacio público.

La Alianza macrista - radical, como lo explicitaron sus economistas, llegó al gobierno para cambiar los precios básicos, fundamentalmente bajar salarios y dolarizar tarifas. También para reducir las funciones del Estado y resubordinar la economía al capital financiero global. Cambiar las relaciones de poder en la lucha de clases en contra de los trabajadores y entregarse al capital extranjero no es precisamente una tarea muy popular. Era evidente que se necesitaba un discurso de legitimación, un relato. Para ello hacía falta creatividad y algo con lo que el cambiemismo ya contaba desde mucho antes de asumir el gobierno: los fierros mediáticos tanto para difundir el relato propio como para horadar al adversario.

 

 

Aunque el relato está presente en cada artículo de la gran prensa comercial, vale la pena repasar sus puntos principales porque que hoy se repiten revestidos como crítica e incluso como fundamento de análisis del presente. El punto de partida fue el “se robaron todo” que mutó en el absurdo “se robaron un PBI”. Su correlato fue la guerra jurídica con comando en Comodoro Py y la AFI. Su expresión gráfica más históricamente bochornosa fueron las excavadoras jugando a la búsqueda del tesoro en la helada estepa santacruceña.

Como no se podían discutir la economía kirchnerista sin que la crítica también ponga en evidencia los logros se recurrió al lawfare. Y como la crisis anunciada durante años por los llamados economistas profesionales nunca se produjo, se inventó la legendaria crisis asintomática: Macri no habría recibido una economía en marcha, sino una bomba de tiempo. Hasta debió recurrirse a dibujar el número del déficit fiscal heredado, una patética labor de Alfonso Prat-Gay que invento el mentiroso 7 por ciento. Un número que, como rápidamente se descubrió, no coincidía con el informado a la SEC estadounidense para poder colocar deuda.

Frente al fracaso del modelo a partir de marzo de 2018, las voces oficialistas explicaron que el error de base había sido no sincerar la magnitud de la pesada herencia recibida, pero si tal cosa hubiese sido cierta, el país jamás habría logrado colocar más de 100 mil millones de dólares de deuda nueva en los mercados globales. Además, antes que maquillarse el déficit fiscal se magnificó y funcionó como excusa para la segunda gran tarea, el aumento de las tarifas y combustibles. Los salarios se ajustaron a la baja automáticamente por la vía de la inflación resultante de la devaluación y el shock tarifario, a lo que se sumó la pérdida de poder relativo de los trabajadores derivada de los cambios en el mercado de trabajo y la complicidad de parte de la dirigencia de la CGT con el orden macrista.

En el presente, frente al fracaso definitivo provocado por el colapso iniciado en marzo de 2018 y el regreso al FMI, con profundización del ajuste, recesión, licuación de salarios y aumento de la pobreza, se repite lo mismo. La herencia era tan dura que no fue posible resolverla en tan pocos años. La debilidad política de un gobierno que sólo ganó por unos pocos puntos de diferencia en el balotaje lo obligó al “gradualismo”, otro invento del marketing y una ficción instrumental para tomar deuda en divisas, cuando la realidad es que desde el primer minuto el gobierno puso en marcha un ajuste tan rápido como se lo permitió la resistencia social. Es un clásico, frente al fracaso de sus políticas el neoliberalismo siempre necesita el recurso de última instancia de decir que la dosis aplicada fue insuficiente.

 

 

Finalmente, la dimensión más mágica del fracasado relato macrista se expresa hoy por boca de sus economistas. No necesariamente los economistas que están en la función pública, sino toda la constelación de consultores de diverso pelaje que pululan por los medios de comunicación y que son financiados por bancos y grandes empresas. No se harán nombres para no ser odiosos, pero economistas muy reconocidos, no necesariamente los más extremistas, sostienen sin sonrojarse que la situación que heredará el próximo gobierno será mucho mejor que la recibida por el macrismo y que la macroeconomía se encuentra “estructuralmente mejor preparada” para volver a crecer.

Es realmente insólito, pero tratemos de comprender. El argumento es que ya se habrían cambiado los precios básicos --dólar “competitivo”, tarifas altas y dolarizadas y salarios bajos-- y estabilizado los déficits interno y externo. Se trata de la versión moderna del “estamos mal pero vamos bien”, o del más ridículo todavía “la gente está mal, pero la economía está bien”. Sin embargo, son precisamente esos precios básicos los que deben cambiarse para que la economía funcione. A la vez, los resultados de las cuentas internas y externas son efectos de la recesión y la destrucción de las funciones del Estado y no causas de un Estado virtuoso. A ello se agrega que ambos números, superávit fiscal y comercial, están absolutamente condicionados por las futuras obligaciones de deuda y que si se encuentran temporalmente contenidos se debe al ajuste y a la devaluación salvajes.

 

 

Ya en el paroxismo de la imaginación, desde el oficialismo hasta se presenta a la reprogramación unilateral de vencimientos (default selectivo) y a los controles cambiarios como medidas destinadas a “proteger a la clase media” y no como medidas de urgencia provocadas por el estallido del modelo. En materia de “herencia” no dejará un solo indicador que no haya empeorado significativamente. La realidad es que sólo la esperanza en el cambio de gobierno mantuvo en los últimos meses la paz social. Al oficialismo le convendría no abusar de los márgenes. Antes que “el trabajo sucio” ya hecho, el nuevo gobierno encontrará tierra arrasada. Sólo resta saber si de acá a diciembre también se regará con sal.-