La noche más mágica de Jorge "Roña" Castro fue el 10 de diciembre de 1994 cuando encontró su mejor golpe y se convirtió en leyenda. Es una de sus fechas sagradas poque esa noche el boxeador argentino encontró su punto justo para convetirse en un ícono popular al conseguir su propia "Mano de Dios. Frente a John David Jackson, dueño de una foja de 32 victorias y un favoritismo lógico en los papeles. Después de una larga pelea allí apareció el argentino.
El "Roña" Castro ya se había consagrado campeón mundial mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) meses antes en Tucumán. Sin embargo, el desafío en el Estadio de Béisbol de Monterrey era monumental. La pelea no tardó en inclinarse a favor del retador. Con el correr de los asaltos, Jackson impuso su ritmo, castigó sistemáticamente la zona izquierda del rostro del argentino y le abrió una herida profunda que puso en jaque la continuidad del combate. El rostro del "Roña" reflejaba el rigor de la paliza. Desde su rincón evaluaban la situación con extrema preocupación, pero el campeón, fiel a su estirpe de guerrero incansable, se negaba rotundamente a bajar los brazos.
“En mi cabeza nunca pensé que la iba a perder. De hecho, al rincón le decía que no tiraran la toalla y yo ni sabía cómo estaba mi cara”, recordaría años más tarde el propio Castro al rememorar aquella velada inolvidable. Corría el noveno capítulo y la tormenta parecía insostenible. Jackson dominaba a voluntad y buscaba el golpe de gracia sobre el ojo ya cerrado del santacruceño. Sin embargo, en el boxeo —como en la vida— la confianza excesiva suele ser la peor consejera. En su afán por liquidar el pleito, el estadounidense se descuidó apenas un segundo.
Y eso fue todo lo que necesitó el "Roña".
Con una velocidad felina y la precisión de los elegidos, Castro sacó una zurda fulminante que impactó de lleno en la mandíbula de Jackson. Las imágenes posteriores no mienten: al recibir el impacto, al norteamericano se le dieron vuelta los ojos y cayó desplomado sobre la lona, totalmente inerte. Aunque logró reincorporarse tambaleante en un par de oportunidades, el daño ya estaba hecho. El réferi decretó el nocaut técnico que paralizó a los fanáticos y dejó mudo al estadio mexicano.
