Elijo una escena para hablar del inicio este fin de semana de la Liga más millonaria, más mediática y más atractiva del fútbol mundial. Hablo de la escena en la que dos clubes, Newcastle y Liverpool, homenajean a un ídolo común que murió apenas al día siguiente de la final del Mundial: Kevin Keegan. Cáncer con 75 años. Newcastle, local ante 55 mil personas, con dueños de Arabia Saudí. Y Liverpool, capitales de Estados Unidos, con el añadido flamante de Jeff Bezos, el fundador de Amazon. El fútbol de megarricos recordó el domingo al hijo de un minero que recién a los diez años tuvo inodoro y luz eléctrica en su casa y que en 1968 entró a los 16 años al Scunthorpe limpiando botines de los jugadores de Primera y trabajando además en una acería y un hospital psiquiátrico, hasta su pase por 33 mil libras y salario de 50 libras semanales en Liverpool, inicio de una carrera gloriosa, que incluyó a la selección inglesa, como atacante y como DT. Sesenta años después, ese fútbol de megarricos es el que hoy expone, entre otros, el caso de Julián Alvarez, encerrado también por voluntad propia en una jaula dorada llamada Atlético Madrid.
Volvamos a nuestra historia de Kevin Keegan. Mosaicos coordinados por hinchas de ambos clubes en los cuatro costados del estadio de St James Park, otro con sus camisetas en el círculo central, la número 7 bajo la leyenda “King Kev”, jugadores todos con ese número 7, el nombre de Keegan y brazaletes negros, familia, coronas de flores y ex cracks que jugaron con él, entre ellos el colombiano Faustino Asprilla, homenajeando al ídolo que ganó títulos, anotó decenas de goles y, ante todo, pareció que dejaba siempre la vida en cada partido (y, a veces, también en cada discusión) para compensar con entrega y espíritu colectivo su altura escasa (1,73m) y otras cosas que podían flaquear. Elijo la escena del homenaje a Keegan por un tema futbolero y humano, vinculado a su paso por el alemán Hamburgo a cambio de 500 mil libras, record británico, y donde aprovechó inicio difícil y suspensión larga para aprender el nuevo idioma y comunicarse mejor con sus compañeros, con los que ganó luego títulos nacionales y europeos y dos Balones de Oro.
Ese paso (y aquí comienza nuestra historia) le valió a Keegan la admiración de un niño chileno, cuyo padre, Gonzalo Cáceres, estaba asilado con su familia en la ciudad alemana de Bremen. A ese hogar llegó un día de visita Pepe Gómez López, periodista de raza en Chile y a quien el Partido Comunista, para la campaña electoral de Salvador Allende, supo darle años antes un dinero para que ayudara con publicaciones mínimas. “Con ese dinero les monto un diario”, desafió Pepe. “Con ese dinero no aguantas ni dos días”, le respondieron. Y Pepe publicó “Puro Chile”, al que convirtió en uno de los diarios más vendidos del país. En pleno gobierno de la Unidad Popular un juez lo mandó a la cárcel. Había encargado un titular a toda página que decía “¡Jueces de mierda!”. Luego sufrió tortura salvaje bajo la dictadura de Pinochet. Se salvó porque lo dieron por muerto. Buscó asilo en Madrid.
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En su visita a la casa alemana de Cáceres revivieron viejos tiempos de oficio y de lucha política, hasta que Pepe (de algo siempre hay que vivir) pidió ayuda a Gonzalo para escribir un artículo que le pidió la revista española Don Balón sobre el notable rendimiento de Keegan en Hamburgo. Pepe y Gonzalo escribieron esa noche “a cuatro manos”. Acompañados, claro, de vino generoso. Era de madrugada, había que enviar el artículo y, para estar seguros de algunos datos, los dos veteranos periodistas no tuvieron mejor idea que despertar a Javier, el niño que al día siguiente tenía que levantarse al alba para ir a la escuela. La madre dijo que estaban borrachos. Fuente creíble. “Pero nadie en toda Alemania podía saber más que yo de Kevin Keegan”, recordó feliz aquella noche el entonces niño Javier Cáceres, hoy de 56 años, uno de los mejores periodistas del fútbol europeo, con crónicas brillantes en el principal diario de Alemania, Suddeutsche Zeitung. Javier, como en casi todos los Mundiales, estuvo en la apertura de la última Copa en Ciudad de México, sensible, porque recordó que Pepe sufrió una tarde un infarto en el Azteca pero aguantó hasta el final porque no quería arruinar la primera vez que su hijo iba a la cancha.
El día siguiente a la final que Argentina perdió ante España, todavía polémica por varias razones, Javier soltó una lágrima, pero no por la Copa, sino porque se enteró en pleno aeropuerto de la muerte de Kevin Keegan. Jamás pudo pedirle al crack que marcó su “debut” como periodista que le dibujara su mejor gol. Javier sí lo hizo con casi un centenar de cracks en Mundiales, Champions, largos años cubriendo fútbol. De Jorge Valdano a Diego Milito, de Pelé a Franz Beckenbauer, Gary Lineker, Zinedine Zidane, Michel Platini, Pep Guardiola y Gary Lineker, entre tantos. Todos dibujándole sus mejores goles en una pequeña libreta Moleskine. De allí al libro. Javier presentó “Tore wie gemalt” (algo así como “Gol dibujado”) en 2024, una gema para los que aman el fútbol y que el amigo presentará el 8 de octubre próximo en Buenos Aires. “Nunca conocí a Keegan”, me escribió Javier apenas horas después de la muerte del crack inglés y mientras Gianni Infantino, presidente de la FIFA, creía que el fútbol era su propiedad privada y vendía los Mundiales a escondidas a inversores de Estados Unidos. “Nunca pude preguntarle a Keegan cuál había sido el gol de su vida –siguió diciéndome Javier-, pero dicen que fue un buen hombre y con eso me vale".
