“El fútbol ya no se juega para quien lo sigue, sino para quien lo compra”. El colega español Manuel Jabois lo escribió en el diario madrileño El País, horas antes de la final de Supercopa española que Barcelona le ganó ayer a Real Madrid 3-2 en Arabia Saudita. El negocio de venderle al mejor postor torneos que pueden ser poco rentables para el medio local. El argumento es la “modernidad”. Arabia Saudita está comprando el deporte todo. ¿Por qué no ofrecerle entonces el que acaso sigue siendo el mejor clásico en la historia del fútbol mundial? Un clásico que no necesita autodenominarse “Superclásico”. Y que nunca sale gratis: Real Madrid despidió inesperadamente hoy al DT Xabi Alonso. Lo despidió justamente porque Alonso intentó hacer aquello para lo que había sido contratado: darle identidad de juego a un equipo cuya identidad, por más cruel que parezca, es ganar.
Es un clásico que se revitalizó porque Real Madrid, con baches inevitables, mantiene su aureola de casi campeón del mundo. Quince Championes en las vitrinas, para los que dudan. Y, enfrente, un Barcelona que, superado ya el duelo por la partida de Leo Messi, tiene con el DT alemán Hans Flick equipo y estilo seductores. Pero, ante todo, tiene al jugador al que mejor le sienta el apodo de “futuro Messi”. Aunque ayer no brilló de modo particular, Lamine Yamal es un espectáculo aparte. Es el jugador al que todos esperamos que le llegue la pelota. El clásico de ayer mostró a las nuevas figuras de la selección española número uno del ranking mundial de la FIFA. Mostró también a Brasil. Fueron suyas las dos mejores figuras (Raphina por Barcelona y Vinicius por Real Madrid). Inclusive a Uruguay (Federico Valverde capitán del Madrid y Ronald Araújo líder espiritual del Barca). Y ratificó la jerarquía del francés Kylian Mbappé, que en pocos minutos (entró al final por una lesión) casi arma un desparramo.
Los brevísimos y casi anónimos minutos finales que tuvo Franco Mastantuono son acaso un reflejo de un cierto retroceso actual de nuestros jugadores en el concierto internacional, como venimos comentando en notas pasadas. La carta de la selección en el Mundial será otra vez la fuerza colectiva que supo armar Lionel Scaloni. Porque a nivel individual hay selecciones que tienen mayor jerarquía, por mucho que en la tele inflen a nuestros cracks. Y Mastantuono, justamente, es también reflejo de un eventual recambio que aún no aparece. Y ya faltan solo seis meses para el Mundial.
Volviendo a Arabia Saudita, ¿Quién habría imaginado apenas unos años atrás que el Gran Hermano del Golfo Arábigo terminaría siendo hoy gran patrón de buena parte del deporte? El fútbol, usado cientos de veces como metáfora de un mundo mejor, siguió la ruta del golf, del boxeo y de otras disciplinas, todas ellas hoy rendidas al petrodólar. Lo llaman “modernidad”. Ir a ganar millones a una monarquía llena de dinero y cero democracia (algo que, en este caso, no preocupa al Rey del Mundo Donald Trump, porque con los árabes el presidente magnate hace grandes negocios, desde armas a canchas de golf).
Para negociar con los árabes, tiene Trump a su “yernísimo” Jared Kushner, que justamente negoció en 2018 con Arabia Saudita algunos votos claves que permitieron a Estados Unidos quedarse con el Mundial 2026 que también pretendía Marruecos. Y allí en Arabia juega Cristiano Ronaldo, el ídolo de su hijo Barron, y que fue llevado a la Casa Blanca de la mano del príncipe heredero Mohammed bin Salman en su última visita de noviembre pasado a Trump. “Bin Salman –dijo CR7- es nuestro jefe”. ¿Y Trump? “Es una de las personas que puede ayudar a cambiar el mundo”, respondió Cristiano. Vaya si lo está haciendo.
Tal vez, la FIFA de Gianni Infantino (que levantó una suspensión para que CR7 pueda jugar el Mundial desde la primera fase) tal vez tenga razón sobre los nuevos rumbos del mundo moderno. 2022 fue Qatar, 2026 será Estados Unidos y 2034 será Arabia Saudita. La FIFA nos enseña la escena: sus sillones mullidos y alfombras rojas en estadios que ostentan petróleo. Todos quieren hacer caja. La pelota también. “Nuestro fútbol –escribió Jabois en su columna de El País- ya no tiene alma, solo tarifa”.
