A dos días del tratamiento del proyecto de legalización del aborto en el Senado, que podría marcar un hito histórico en la lucha de las mujeres por la soberanía de sus cuerpos, en Twitter se viralizó el hashtag #YoAborté, bajo el cual miles de personas contaron sus experiencias.

La idea surgió de la politóloga y militante feminista Florencia Freijo, quien desde hace tiempo hizo público que, a los 16 años, su novio de 21 la mandara a un templo umbanda a abortar. Su madre pudo sacarla de ahí a tiempo y luego se realizó el aborto en condiciones más seguras, pero en la ilegalidad. A ella se sumaron otras figuras públicas, como la actriz Verónica Llinás, la diputada Gabriela Cerruti o la música Andrea Julia Álvarez.

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En todos estos tuits hay un punto clave común en las historias de estas mujeres y que resalta en medio del debate en torno a este tema: lo traumático no es el aborto en sí mismo, sino las condiciones de clandestinidad, la condena social, el estigma, el miedo a ir presa e, incluso, el terror de morir a causa de la intervención. En cambio, el aborto, sin todos esos aspectos externos, puede resultar un gran alivio para esas mujeres.

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