El llamado “Proceso de Reorganización Nacional” fue una experiencia traumática en la historia del país. El trauma, articulado por Freud a la pulsión de muerte, tiende a repetirse compulsivamente como un eterno retorno de lo idéntico, algo que vuelve siempre al mismo lugar. La memoria, que no es un sistema de datos clausurados al modo de una enciclopedia, tiene una función de elaboración del trauma, comportando un dinamismo que produce el pasado actualizándolo una y otra vez.

La política de Memoria, Verdad y Justicia que desplegaron los organismos de derechos humanos como respuesta a los hechos del terrorismo de Estado, posibilitó que la cultura argentina comenzara a elaborar la experiencia traumática del horror a partir de la producción de la memoria colectiva. “Nunca más”, la frase con la que el Fiscal Julio César Strassera cerrara su alegato en 1.984 sobre la labor de la Comisión Nacional acerca de la Desaparición de Personas (CONADEP), se instituyó como consigna política asumida y custodiada por la memoria colectiva. “Nunca más” expresa el repudio y el compromiso común de que no se repita el golpe de estado realizado por las fuerzas armadas, cuyo objetivo mayor fue imponer un plan neoliberal.

La memoria colectiva sobre el terrorismo de Estado funciona como un límite sagrado e innegociable. Tomando ejemplos recientes, dicho límite determinó que no fueran posibles el dos por uno planteado por la Corte y la prisión domiciliaria para Etchecolaz. Sin embargo, si bien el campo popular ganó la batalla respecto de las prácticas crueles e infames del plan sangriento de las fuerzas armadas, quedó pendiente de resolución el evitar el retorno del neoliberalismo, que no siempre se impone con el terror.

En las últimas elecciones nacionales constatamos que un dispositivo de poder invisible, concentrado, económico y comunicacional fue capaz de generar mensajes que funcionaron como carnada de persuasión social con mayor eficacia que la violencia del terrorismo de Estado. Ese poder mediático logró manipular el afecto y las identificaciones, consiguiendo imponerse a partir de la obediencia inconsciente, que por definición no se percibe. La producción de una nueva subjetividad es el mayor triunfo del neoliberalismo: una masa sugestionada sin pensamiento crítico, legado simbólico ni memoria, formateada por los medios de comunicación, que se somete inconscientemente al poder y es capaz de votar en contra de sus propios intereses. El huevo de la serpiente, el poder real neoliberal, no fue derrotado sino que sobrevivió y se engrandeció. La felicidad dolarizada, el individuo como empresario de sí mismo y la revolución de la alegría ganaron la batalla de la cultura.

El neoliberalismo va de la mano de estados que no regulan el mercado, con gobiernos de expertos identificados con las necesidades del capital globalizado, gerenciadores de una cultura invadida por principios empresariales. Entre sus consecuencias vemos una desigualdad creciente generada por las recetas del ajuste: flexibilización laboral, desempleo, reducción de salarios, jubilaciones y tarifazos. También deterioro productivo, desindustrialización, devaluación, negocios financieros en beneficio de una élite y endeudamiento en dólares. Una democracia concebida por el ideal de la gestión y la administración de un conjunto de procedimientos a la medida de sus dueños, sostenida en un supuesto consenso que en realidad fue el resultado del engaño, la extorsión y la compra-venta de voluntades.

En nombre de una falsa armonía los que gobiernan desacreditan la política, censuran y reprimen el disenso desalentando la participación activa. Como contracara de la supuesta armonía, se alimenta un proceso de desintegración social caracterizado por el odio, el racismo y la xenofobia, que inevitablemente produce inseguridad y violencia. El ciudadano ocupa el lugar del que debe padecer, esperar la promesa de un futuro incierto y sacrificarse por los descalabros de un gobierno que en lugar de política hace negocios. La distopía neoliberal significa una política depredadora en la que la igualdad, la libertad y la fraternidad, pilares fundamentales de la democracia moderna, son atacados.

¿Por qué el marketing le ganó a la política, la mayoría votó contra sus intereses y el neoliberalismo logró imponerse en la batalla cultural?

Al menos tres factores posibilitaron éstas consecuencias de la colonización de la subjetividad.

En primer término, la falta de juzgamiento de los cómplices civiles del golpe militar del ’76. En segundo lugar, la no implementación de la Ley de Medios de Comunicación Audiovisual, que posibilitó la concentración del monopolio de la información por parte del grupo Clarín. Y finalmente, la ausencia de una política de la memoria sobre el retroceso democrático que produce el neoliberalismo.

Luego del triunfo del proyecto neoliberal del 2.015 el campo popular requirió un tiempo para comprender lo acontecido, adquirir conciencia de la propia historia incluyéndola en un contexto global y asumir la decisión colectiva de la resistencia; llegó el momento de pasar a una etapa de organización y propuestas.

Dos tareas colectivas se plantean como fundamentales: 1) realizar una política de la memoria sobre el neoliberalismo, que incluya la batalla por la verdad y la justicia, para que el cuerpo social deje de repetir ese dispositivo traumático. 2) la construcción de un frente patriótico, nacional, popular y antineoliberal que desarrolle los pilares de la soberanía y distancie definitivamente al país de las recetas ortodoxas, sus depredaciones y sanguinarios derrames.

Por otra parte, cada uno de nosotros tendrá la responsabilidad singular de preguntarse cómo seducir y convencer sobre ese proyecto, cómo lograr una nueva identificación democrática popular que genere apego y adhesión. Responder a este desafío facilitará la necesaria articulación de diferencias orientadas a la construcción de un frente de unidad y una memoria colectiva antineoliberal.

Las consignas populares forman parte de una memoria viva, no se congelan para siempre sino que se actualizan y resignifican cada vez. A la luz de los nuevos acontecimientos del país, nuestro querido e histórico “Nunca más” para sostenerse en su radicalidad debe comenzar a significar también “Nunca más neoliberalismo”.

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