El gobierno se apresta a aplicar un ajuste sobre el pueblo argentino que, por la magnitud de la tragedia social que va a provocar, recuerda a la hiperinflación de 1989 y al crack de la Convertibilidad de 2001. Una vez más, aferrado a su ideología y protegiendo sus intereses de clase, el presidente Macri va a colocar al país de cara a un nuevo experimento traumático y doloroso, pero, a la vez, carente de sentido para resolver la crisis en la que nos ha colocado.

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Analistas de distintas corrientes de pensamiento -así como también se describió desde esta columna con bastante profusión- alertaron sobre el impacto que sufriría el “mejor equipo de los últimos 50 años” contra un cambio de contexto internacional y que, finalmente ocurrido, tornó insustentable el modelo macroeconómico que pretendían implementar. La apertura comercial y financiera desencadenó el presente desmadre en un mundo proteccionista carente de la liquidez internacional del pasado.

La desesperación del fracaso los llevó a pedir la asistencia financiera del Fondo Monetario Internacional y, sin ponerse colorados, se preparan para aplicar una política tan ominosa en lo social como inútil en lo económico. A mayo de este año, el balance cambiario del Banco Central revela un déficit de la cuenta corriente de u$s 8.401 millones y una salida de capitales del sector privado de u$s 13.857 millones. En suma, un desequilibrio cambiario en los primeros cinco meses del año de u$s 22.258 millones. Semejante desbalance, que convierte a la Argentina en una economía extremadamente vulnerable al actual contexto global hostil, es fruto del experimento inicial de Cambiemos de pretender funcionar con una cuenta corriente deficitaria sostenida por una cuenta capital superavitaria. La primera es consecuencia de la apertura comercial y la segunda de la apertura financiera a cualquier tipo de capitales que conviertan al país en un escenario de negocios.

Chocado ese modelo antiguo de más de dos décadas atrás, ahora buscan corregir el desbalance con una receta también vetusta, consistente en contraer la demanda de dólares por la vía de una recesión profunda, inducida a través de unas políticas monetaria y fiscal fuertemente restrictivas.

Corregir un desequilibrio del sector externo mediante un ajuste monetario y fiscal que aniquile la demanda interna y que, por ende, reduzca las importaciones, la salida de divisas por el turismo y las ganancias de las empresas giradas afuera, sólo registra antecedentes de fracaso en la historia económica argentina. A la vez, constituye una experiencia deleznable por el enorme costo social que conlleva.

En dos oportunidades del pasado reciente se intentó corregir un desequilibrio externo sin regulaciones sobre el comercio exterior, el giro de dividendos y el manejo de la política cambiaria. Una fue en 1995 durante la crisis mexicana denominada “efecto tequila”, en la cual, para preservar la paridad un dólar igual un peso del régimen de Convertibilidad, se contrajo un tercio la base monetaria y se redujo nominalmente el gasto público. Las consecuencias fueron siete trimestres de recesión y una tasa de desempleo ubicada en el 18,6%. El gobierno sufrió una dura derrota en las elecciones legislativas de 1997, sellando su suerte en las presidenciales de 1999.

El segundo intento, también dentro del régimen de Convertibilidad, fue el ejecutado por el gobierno de De La Rúa, que rebajó salarios públicos, jubilaciones y presupuesto universitario en procura de alcanzar lo que en ese momento se llamó “grado de inversión”, que haría fluir capitales a la Argentina para así poder sostener un sector externo desmadrado. Sin ayuda del exterior, el ajuste no resolvió el problema y el gobierno cayó en medio de un enorme descontento popular.

El gobierno sólo ofrece dolor hacia el futuro y reparto de culpas hacia el pasado.

En el presente, el tándem Dujovne-Caputo ha alineado la política fiscal con la política monetaria para direccionar el ajuste. El Banco Central sostiene una tasa de interés de piso en torno al 47% y controla la oferta monetaria y crediticia. El Ministerio de Hacienda, por su parte, se entusiasma ante cada recorte de las partidas presupuestarias. Este diseño, que se aplicará a rajatabla en el segundo semestre, caerá como un mazazo sobre una actividad económica que ya presenta un deterioro agudo desde comienzos del año.

Transcurridos dos tercios de su mandato, el gobierno sólo ofrece dolor hacia el futuro y reparto de culpas hacia el pasado. Su épica es alcanzar la estabilidad cambiaria sobre la paz de los cementerios. El dólar de paridad teórica ha descendido a $ 34,70 y el de mercado flota en $ 28,30. Luis Caputo se entusiasma con esos valores porque imagina que está cerca de un tipo de cambio de estabilización. Sin embargo, olvida que ese equilibrio es estático, jaqueado por una tasa de interés que está quebrando el capital de trabajo de las PyMEs, un drenaje de reservas que va más rápido que el cierre externo que procuran alcanzar con el ajuste y que dicha política de ajuste tiene una alta inviabilidad social pero también política, además del referido desmadre técnico.