Si damos por cierto eso de que el cine ha muerto, el musical de Sunset Boulevard dirigido por Claudio Tolcachir y protagonizado por Valeria Lynch logró, a cada función, resucitarlo. El Teatro Maipo, ese bastión del rococó que hasta el día de hoy se mantiene impecable, ofició de perfecto salón de ceremonias para un rito casi sagrado, donde los espectadores revivieron en carne propia la historia de Norma Desmond y Joe Gillis (y del solícito Max, por supuesto). La primera temporada terminó hace unas semanas y se espera la renovación, mientras en las últimas horas se supo que es la obra con más nominaciones a los Premios ACE 2018, que distinguen los espectáculos teatrales.

La comedia se basa en un hito del cine clásico escrito por Billy Wilder y estrenado en 1950, que cuenta la historia de una antigua estrella de cine mudo que, ya en su decadencia, comete un crimen pasional. Sunset Boulevard, el film (cuya traducción al castellano fue El Ocaso de los Dioses), logró contar la caída del cine clásico con el mismo esplendor que tenía Hollywood en su época dorada. Pero, ¿cuál es el logro de esta versión en formato musical, hablada en castellano y encarnada por argentinos?

Empecemos por el más superficial (en el sentido de evidente) de sus méritos: el castellano hablado por los actores es un equilibrio muy bien encontrado entre el español neutro y el porteño, un registro expresivo que suena natural y simpático. Este logro pertenece a la adaptación local, y resulta crucial para transmitir con vigor la exitosa versión musical lograda por Andrew Lloyd Weber en 1976.

El segundo mérito es el más importante y tiene que ver con algo que Tolcachir descubrió y supo explotar. Impacta la calidad de producción en este musical: su detallismo, la perfecta combustión estética entre el lujo y la gracia, el cuidado minucioso en cada coreografía que, en vez de complicar, favorece la ambición expresiva de las escenas. Pero esta ostentación de profesionalismo (y de dinero) no es un brillo banal del espectáculo. Es una necesidad conceptual que responde a una puesta donde el eje es el artificio.

Porque así como el cine mudo era un artificio muerto pero hermoso para esa Norma Desmond de los años 50’, hoy en día la película de Wilder es puro artificio, muerto pero hermoso, para nosotros. El cine clásico es (si bien no solamente) un conjunto de poses, frases ampulosas y gestos exagerados visto desde los ojos del espectador de hoy. ¿Qué mejor fórmula para revivirlo que convertirlo en un musical, donde la mueca es la materia actoral por excelencia? No es una pregunta retórica, Tolcachir tiene una respuesta: llevar esa lógica al extremo. Montar una puesta tan meticulosamente fiel a la película que el espectador se sienta dentro de ella, del mismo modo en que Norma, cuando mira alguno de sus films mudos, pasa a formar parte de la pantalla. Por el sencillo ardid de repetir, exactos, los mismos gestos.

De ahí que la lealtad a la estética y al espíritu del film sea el principio de construtivo de la obra. De ahí que el trabajo de vestuario, de arte, de maquillaje y peinado, sea inolvidable, al igual que la escenografía y la iluminación. Nosotros, los espectadores, tenemos que estar en la película. En la escena en la que Norma regresa, de grande, a los estudios de la Paramount, hace su entrada al escenario del Maipo un auto antiguo en un estado impecable, lustroso, como una joya de coleccionista. Y ese truco alcanza para que el público estalle en una ovación. Es tan rigurosa la coherencia en la propuesta que, en la única escena realmente difícil de llevar a las tablas, es decir la persecución de los prestamistas a Gillis por la ruta, Tolcachir no se conforma con proyectar la secuencia original del film en una pantalla semitransparente… Agrega a unos actores que, desde la oscuridad de trasfondo, mueven unos faroles idénticos a los focos de los autos, iluminando con “luz real” la imagen proyectada. Hasta ese punto la obra no puede dejar de ser parte de la película. Y hasta ese punto llega el afán de artificio por el artificio mismo.

Una idea a contramano de Bertold Brecht. Hacer teatro es evidenciar un truco, pero no con el fin de mostrar a la obra como un producto humano, si no para que los espectadores se sientan parte de una obra eterna, que sucede fuera del tiempo, es decir, en una película. No es casual que Tolcachir tenga una importante carrera como dramaturgo clásico (clásico solo en este sentido) y Sunset sea su primer trabajo en un musical.

Por último, hay un mérito que no se puede medir, que no se puede racionalizar, en este Sunset, y es el del talento, sin exagerar, fuera de serie de sus actores. Valeria Lynch hace el papel de su vida, y todavía más: Norma Desmond tiene en Lynch a una de las actrices de su vida. Mariano Chiesa hace una presentación virtuosa e impecable, al igual que Carla del Huerto, quien domina la ciencia del encanto. Rodolfo Valss construye un Max melancólico, potente. El elenco es formidable en personalidades y funciona en conjunto como un reloj suizo. ¿Qué más podemos pedir?

Que vuelvan en una segunda temporada.

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