El patriarcado y los siniestros viales: cuando los varones jóvenes son los más afectados

22 de mayo, 2021 | 19.00

Del 17 al 23 de mayo se conmemora la sexta edición de la Semana Mundial de las Naciones Unidas para la Seguridad Vial. Este año lleva el lema de "Calles para la vida" y busca promover que en las vías urbanas de todo el mundo se limite la velocidad permitida a 30 km/h (20 mph) . La iniciativa responde a las metas del nuevo Decenio para la Seguridad Vial 2021-2030, que busca reducir a la mitad la mortalidad en el tránsito. En Argentina referentes de la Organización Mundial de la Salud, y las organizaciones civiles Madres del Dolor y Luchemos por la Vida, encabezan la campaña de concientización “para salvar vidas”.

En nuestro país con el tema de la siniestralidad vial ocurre un doble fenómeno que lo hace un hecho social complejo. En primer lugar vivimos escuchando historias de “accidentes de tránsito” y muertes con tanta frecuencia que hemos naturalizado sus consecuencias. Justamente por eso es importante remarcar que la denominación de “accidente”, tan incorporada a nuestro léxico, es inadecuada y no permite comprender el fenómeno en su completitud ya que favorece la aceptación de su ocurrencia como un mero fatalismo, un acontecimiento producto del azar o un riesgo natural al que nos exponemos por el solo hecho de vivir y salir a la calle. El concepto correcto a promover es el de incidentes viales, que en su mayoría son producidos por el factor humano debido a negligencias e imprudencia, y pueden prevenirse.

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En segundo lugar hemos desarrollado colectivamente una vara de tolerancia y resignación demasiado alta, probablemente como consecuencia de los relatos amarillistas y un modelo narrativo espectacularizante en los medios de comunicación más ligado a la búsqueda de rating y al morbo, que a la sensibilización y la vulnerabilidad humana. Ya no nos sorprendemos cuando cada fin de semana un comportamiento irresponsable al volante se cobra la vida de un adolescente. El ritmo y distribución en el que suceden los siniestros viales, en términos de coordenadas espacio – temporales, y el anonimato de las personas que pasan directamente a formar parte de las estadísticas, hace que sean percibidos socialmente como un goteo continuo, y no tanto como una tragedia repentina, conmovedora o incluso movilizadora de alguna reacción política y social.

Hace unas semanas un joven de 19 años manejaba alcoholizado en Tigre un Audi A4 a alta velocidad. Chocó el vehículo y a causa del violento impacto murieron dos de sus amigos de la misma edad. El tema se instaló en la agenda unos días, y luego desapareció. Probablemente hasta que otra situación muy similar suceda y vuelva a refrescarse, como si entre los siniestros no existieran puntos en común identificables, o un hilo conductor que los vincule del cual poder agarrarnos para generar soluciones o, a lo sumo, aproximarnos a algunas respuestas: ¿por qué suceden con tanta frecuencia? ¿Qué hay de lo social y cultural en todo esto? ¿Acaso son muertes evitables? ¿Por qué suelen ser los varones las principales victimas? ¿Será que  algunos gestos del patriarcado dominante estimulan la exposición al riesgo? ¿Somos todxs responsables?

Los siniestros viales son la principal causa de muerte en jóvenes

En Argentina en un año normal, pre pandémico, se calcula que más de cinco mil personas mueren prematuramente en un siniestro vial evitable. Pero el mayor índice de fallecimientos en siniestros, y la razón por la cual es urgente repensar sus dimensiones socioculturales, se presenta en un sector social determinado: los varones jóvenes. Según estadísticas de la Agencia Nacional de Seguridad Vial en 2021 el 78% de los fallecidos en siniestros fueron varones, y en términos etarios el 42 % son jóvenes de entre 15 y 34 años.  Pero es importante destacar que esta tendencia es consecuencia de un problema aún más grave. Este tipo de muertes entra en el grupo de lo que se conoce como defunciones por causas externas, las que incluyen las lesiones no intencionales como los incidentes o siniestros viales; los suicidios y lesiones autoinfligidas; y los homicidios u agresiones . Según datos oficiales de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud del Ministerio de Salud de la Nación en 2018 en Argentina se registraron 3183 defunciones de adolescentes entre 10 a 19 años. De esas, 1846 (59%) corresponden a causas externas, llegando a representar el  65% si se considera la franja de  15 a 19 años. De esa cifra el 76% se da en varones. El mayor peso de mortalidad se da precisamente en las lesiones no intencionales, en particular por siniestros viales.

Juan Carlos Escobar es Director de Adolescencias y Juventudes del Ministerio de Salud de Nación, e integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social. Explica que “el tema de los incidentes viales es un fenómeno sumamente complejo y multidimensional” vinculado, siguiendo la perspectiva de la OMS, a las muertes violentas. “La violencia es el resultado de la acción recíproca y compleja de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales. Comprender la forma en que estos factores están vinculados con las violencias es uno de los pasos centrales en el enfoque de salud pública para prevenir”, sostiene. Un punto central que subraya es que “en los datos hay una sobre representación de los varones en la defunciones por violencias en general, por causas externas, no solo en incidentes viales, sino también en suicidios y en agresiones”.

“Esto tiene que ver con un modo de socialización. Las mujeres y los varones somos socializados de manera diferencial, con acceso a recursos en proporciones desiguales, con riegos y trayectorias diferentes. Los varones en general somos socializados en el riesgo, entrenados para el afrontamiento temerario y la restricción emocional, con una constante sensación de invulnerabilidad, de indiferencia ante el dolor, de seguir a pesar de todo; lo que tiene su costo y un impacto en la salud”, relata el Director. Justamente un estudio realizado por la Agencia Nacional de Seguridad Vial junto a Sedronar en 2018 indicó que quienes manejan después de haber bebido son en su mayoría varones menores de 35 años. En 2017 desde el organismo se llevó adelante una investigación cualitativa con varones de entre 16 y 35 años, y se evidenció que 3 de cada 10 reconocían haber manejado bajo efectos del alcohol y lo justificaban porque consideraban inevitable consumir en las salidas nocturnas, creían poder controlar los efectos, y asumían que no serían sancionados por conducir en infracción. Esto da cuenta , según Escobar, de que los costos de esa socialización son consecuencia de privilegios previamente adquiridos, palpables en el ejercicio de libertades que se gozan desde pequeños. 

Masculinidad dominante y comportamiento temerario

Enrique Stola, psiquiatra especializado en violencias y masculinidades, explica que “un comportamiento temerario es un comportamiento de riesgo, para sí y para otras personas”. Según el médico “en la socialización del varón se los estimula en comportamientos temerarios, para que entren en situaciones de riesgo solamente para triunfar y ganarle al otrx, lo que va modelando la conducta”. Por el contrario a las mujeres desde muy pequeñas se les atribuyen mecanismos de control social y estímulos para inhibir este tipo de conducta impulsándolas a ser más cuidadosas, aunque también menos libres. “La sociedad patriarcal tiene muchos modos simbólicos por los que avala estos comportamientos y le hace sentir al varón que se esta comportando como se espera que lo haga. La conducta temeraria es uno de esos rasgos estimulados. Cuando eso sucede inmediatamente se culpa al padre o a la madre, que posiblemente tengan algún grado de responsabilidad, pero lo que se evade es el nivel de responsabilidad social que tenemos todxs, incluso las instituciones y los medios de comunicación, al estimular la conducta en la vida cotidiana”, subraya Stola.

Por su parte Juan Carlos Volnovich, psicoanalista especialista en Infancia explica que “la narrativa clásica insiste en convencer que los hombres son activos, allí donde las mujeres son pasivas; que los hombres son arriesgados, allí donde las mujeres son prudentes; que los hombres son más hombres en la medida que logran despojarse de la femineidad que los amenaza.  Pero ocurre que el logro de esa masculinidad nunca se logra del todo y queda siempre a discreción de otros varones. Son los dueños de la virilidad los que deciden quienes, sí y quienes, no. De modo tal que la comparación entre varones, la competencia y la rivalidad se convierten, así, en una obsesión. Y no es difícil comprender que en una sociedad de libre competencia se juega hasta la propia existencia”.

En este punto se pone fuertemente en juego lo que implica para lxs adolescentes y jóvenes la construcción identitaria junto a lxs pares. Para los varones, a criterio de Escobar, “la validación de la masculinidad está dada por la mirada de otros varones. Y ahí se pone en juego lo de no usar casco, creerme que puedo con todo, el excesivo uso de la velocidad, la falta de percepción del riesgo, medirme con el otrx, la naturalización del consumo del alcohol, elementos que generan un combo complejo y explosivo”. Para ello utilizan el propio cuerpo para demostrar destreza o fortaleza, pero el auto, la moto o “el fierro” se transforma en otro de los recursos disponibles . Si este proceso se rige por la mirada de los otros varones será necesario entonces repensar cuáles son las validaciones culturales que promueven estas prácticas riesgosas. No casualmente las publicidades de coches, motos y vehículos en general construyen y alimenta un imaginario muy poderoso basado en esa confluencia.

Como dice Volnovich “sería muy fácil satanizar a los jóvenes que refuerzan sus frágiles identidades corriendo carreras, midiendo distancias, y chocando al final. Sería muy fácil escandalizarnos desde nuestro lugar de burgueses hipócritas por las irresponsabilidades cometidas  por quienes se lanzan a toda velocidad desafiando la muerte. Sería la mejor manera de inocentizar a una cultura que ha hecho virtud de la velocidad, que consagró la aceleración como el mayor logro y que no repara en descartar a los más lentos. Festejamos los delivery que llegan al instante y nos horrorizamos cuando los vemos desplegar su talento para transgredir las reglas del buen conductor”.   

ESI y políticas públicas para la prevención y el cuidado

La forma de intentar modificar estos comportamientos tiene que ver principalmente con los planos vinculados a la Educación Sexual Integral, que se trata de trabajar el sentido sobre el respeto por los cuerpos, los espacios, las emociones y los sentimientos, y generar ciudadanías responsables y éticas, masculinidades no violentas. Tiene que ver con lo más íntimo de los cuerpos, que son los cuerpos”, sostiene el psiquiatra Enrique Stola. Se trata entonces de implementar programas e iniciativas que combinen estrategias de información, comunicación, educación, y medidas fiscales con la participación de la comunidad, desde una mirada integral que incluyan no solo la prevención de las lesiones, sino y sobre todo la promoción de la seguridad.

En general el abordaje sobre Seguridad vial implica tres grandes ejes: las estrategias educativas para aumentar la percepción de riesgo, promover el comportamiento seguro y reducir riesgos de lesiones;  la implementación de leyes y reglamentaciones con el fin de incrementar el cumplimiento de las medidas preventivas efectivas; y por último la adecuación de estructuras físicas y ambientales construyendo elementos de seguridad y entornos mas seguros. El Director de Adolescencias y Juventudes del Ministerio de Salud de Nación, sostiene que en la currícula de educación el tema de seguridad vial está incorporada,  pero se debe insistir en la necesidad de incorporar a toda la comunidad educativa, los padres y las madres, en un trabajo articulado. “Desde Salud venimos trabajando a nivel nacional y en diferentes provincias, en el armado de mesas intersectoriales para el abordaje de la morbi-mortalidad adolescente  por causas externas. Estas mesas están conformadas por equipos de Salud, Educación, Seguridad, Desarrollo social, y por las Agencias de Seguridad Vial”, relata.

Con respecto a Masculinidades desde el Ministerio de Salud se está trabajando en la capacitación a equipos para incorporar la perspectiva de género dentro de la agenda en las provincias. Entre 2017 y 2018 se desarrolló una investigación sobre construcción de masculinidades en varones adolescentes escolarizados en cinco regiones que logró visibilizar ciertas pautas sobre la socialización identitaria de varones asociada al riesgo, a la invulnerabilidad y a la poca conexión con el Sistema de Salud y el cuidado personal. “El Sistema de salud esta altamente feminizado, esta asociado al control del cuerpo de las mujeres y de lxs niñxs en general. Los varones acuden solamente cuando la situación es grave, se rompieron un hueso o están con una enfermedad avanzada. Esto tiene que ver con toda una construcción donde las instituciones somos absolutamente responsables”, explica Escobar.

Desde 2015 se está avanzando en un dispositivo de Asesorías en Salud Integral en Secundarias que consiste en generar un nexo entre un Centro de Salud y la Escuela. De esta manera un integrante del equipo de salud cumple horas dentro de la institución educativa en un espacio de asesoría confidencial y privada, y si es necesario genera un lazo para una referencia asistida al centro de salud (para colocar un método anticonceptivo o una consulta específica, por ejemplo) . Según cifras de la Dirección encabezada por Escobar, en un 70% son las adolescentes mujeres quienes acuden a las asesorías y “eso es un punto a trabajar en la agenda de salud: cómo involucrar, comprometer, a los varones no solo en el auto cuidado sino en el cuidado de lxs otrxs”.

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Fabiana Solano

Mi nombre es Fabiana Solano y tengo 34 años. Soy socióloga egresada de la UBA y casi Magister en Comunicación y Cultura (UBA). Digo ‘casi’ porque me falta entregar la bendita/maldita Tesis, situación que trato de estirar con elegancia. Nunca me sentí del todo cómoda con los caminos que me ofrecía el mundo estrictamente académico. Por eso estudié periodismo, y la convergencia de ambas disciplinas me dio algunas herramientas para analizar, transmitir, y explicar la crisis del 2001 en 180 caracteres. Me especializo en culturas y prácticas sociales, desde la perspectiva teórica de los Estudios Culturales. Afortunadamente tengo otras pasiones. Me considero una melómana millennial que aprovecha los beneficios de las múltiples plataformas de streaming pero si tiene que elegir prefiere el ritual del vinilo. Tengo un especial vínculo con el rock británico (siempre Team Beatles, antes de que me pregunten), que se remonta a mis primeros recuerdos sonoros, cuando en mi casa los domingos se escuchaba “Magical Mistery Tour” o “Let It Be”. Además soy arquera del equipo de Futsal Femenino de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), rol que me define mejor y más genuinamente que todo lo que desarrollé hasta acá. Por supuesto que la política ocupa gran parte de mi vida y mis pensamientos. Por eso para mi info de WhatsApp elegí una frase que pedí prestada al gran pensador contemporáneo Álvaro García Linera: “Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”.

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