Imaginen un show musical en el evento deportivo más visto y convocante de Estados Unidos donde, en lugar de banderas, liturgia armamentística y militar, épica de grandeza imperial y slogans publicitarios vacios, se despliega una escena que celebra la inmigración, revaloriza el trabajo en el campo, resignifica la historia de la invasión norteamericana reciente y visibiliza el sufrimiento de los pueblos, todo eso mientras da voz y entidad a los cuerpos que cosechan, limpian, construyen, cuidan, cocinan y sostienen lo que después otros viven y llaman el “sueño americano”. Ahora imagine que eso tiene lugar en el entretiempo del Super Bowl, territorio hostil a la expresión política, que significa el corazón del espectáculo más caro, vigilado, y cuidadosamente preformateado del planeta. Imaginen que además sucede en Santa Clara, California, uno de los estados más asediados por los violentos operativos, deportaciones y detenciones del ICE que han pisoteado derechos humanos, civiles y constitucionales de inmigrantes con estatus irregular en Estados Unidos, residentes legales y ciudadanos.
Eso, que parece imposible o un relato de algún romantico soñador, sucedió el domingo ante más de 200 millones de espectadores y espectadoras de todo el mundo, y fue condensado en solo 13 minutos por el puertoriqueño Bad Bunny, lider en ventas globales en 2026, con su gira ‘Debí tirar más fotos’, el primer artista de su origen en ganar en la categoría Mejor Álbum del Año. Paradojicamente uno de los artistas más criticados por sus canciones que hablan de perreo, culos y sexo.
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Pero capaz en ese movimiento que dejó pedaleando a gran parte del progresismo ilustrado, tal vez eso que creemos mínimo al lado de las grandes canciones revolucionarias, o hasta amable con las grandes estructuras de la industria y el poder, tal vez en eso ocurrió algo profundamente político, algo que permita reconectar con la potencia, hoy un tanto adormecida, de la organización popular y la expresión de los pueblos.
Poco y nada vamos a decir del desempeño técnico, estrictamente musical del arte de cuyo nombre real es Benito Antonio Martínez Ocasio, pero sí de su cálculo milimétrico para hacer que esas canciones y letras, que escuchamos y bailamos en innumerables oportunidades, hoy nos suenen diferente. Básicamente porque la resonancia de su show y lo que se puso en juego no fue la música: fue la reivindicación cultural, social y política de quienes hoy son catalogados, a los ojos del presidente Trump, la ultraderecha y una porción de la ciudadanía norteamericana, como criminales, enemigos internos de Estados Unidos, y expuestos a los escarnios y sufrimientos más crueles por parte del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
La presencia del cantante entre sus pares latinos apareciendo en una plantación de caña de azúcar; el recorrido por los diferentes escenarios que representan imagenes de la vida cotidiana de casi cualquier país de América Larina; los guiños a costumbres y tradiciones que todos llevamos como banderas; la clase de geografía al ilustrar el continente entero; el uso de la cámara para hacernos sentir no espectadores sino parte de la fiesta latina, funcionaron como un un alto, simbólico pero contundente, al racismo estructural y a las formas contemporáneas de discriminación que pesan sobre tantas comunidades migrantes. Bad Bunny, y su sentido de comprensión histórica, puso manos a la obra y transformó el show del Super Bowl en un viaje al interior de la cultura latina, en un mensaje de pertenencia, de memoria, de orgullo y dignidad y, sobre todo, de amor al mundo entero.
Fue tal la fuerza de la pieza artística que no hizo falta pronunciar el nombre del ICE, nombrar directamente a Trump o hablar de los republicanos para que el mensaje se entendiera y molestara. Alcanzó con gestos como cantar en español, cuando siempre se espera inglés; ocupar el centro de una escena diseñada para borrar cualquier conflicto o rastro político; mostrar en primer plano cuerpos, rostros, identidades que históricamente fueron empujadas a los márgenes; y representar la vida tal como es en América Latina, alejada de las imágenes estereotipadas del circuito hollywodense: construcciones bajas, colores, laberinto de cañaverales, vida social, fiesta, abrazos, familias numerosas, ocupación del espacio público, juegos de mesa, trabajo, historia, banderas.
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También hubo lugar para las perlitas, esos momentos especiales que buscan un reconocimiento íntimo, un viaje al interior de cada espectador. La aparición de famosa Toñita entregándole una cañita desde la réplica de su Caribbean Social Club; la F-100 plantada en medio del baile, en lugar de un Lamborghini o cualquier auto de lujo; la caída de Benito desde el techo de su “casita” y las sillas de plástico, esas mismas que usa en sus shows y remiten a las casas tradicionales puertorriqueñas; los carritos de agua de coco y piragua; juegos de mesa, partidas de dominó en la calle que forman parte de la trama cotidiana del Caribe; escenas de la vida comunitaria que el progreso prometido nunca logró borrar. Lady Gaga cantó como invitada en un casamiento latino, vestida por el diseñador dominicano Raúl López; sonó “El apagón” mientras Bad Bunny bailaba subido a uno de los típicos postes de luz de Puerto Rico; y Ricky Martin interpretó una estrofa de “Lo que le pasó a Hawaii”, canción de protesta contra la ocupación estadounidense, sentado en una silla blanca, en medio de un platanar.
Y entre tanto festejo apareció una imagen que fue un segundo pero detuvo todo y nos llevó de viaje a las entrañas de nuestra infancia: un niño dormido entre dos sillas arrimadas, vencido por el cansancio en medio del casamiento. Ese niño somos todos y todas. ¿Quién no durmió alguna vez así, en medio del ruido, en una de esas fiestas familiares que duraban una eternidad ? La nostalgia como herramienta de comunicación. Y las frases del final merecen un subrayado:“Seguimos acá”, y “God bless America”, seguido por las banderas de todos los países que componen el continente, de sur a norte. Toda una definición política.
El problema para el poder fue, además, dónde y cómo dijo lo que dijo. Porque ahí donde debía haber neutralidad, consumo, espectáculo y entretenimiento, apareció la noción del otro, el grito de un nosotros silenciado por el miedo, y por ende la potencia de la comunidad. No pequemos de ingenuos: si fue posible eso en el Super Bowl, si quienes deciden lo permitieron es porque también significa un negocio, dinero, ventas y construcción de poder. Hoy el negocio de la música depende de lo que pasa por estas tierras, y eso al status quo también le molesta. La música latina está en un momento de expansión histórica: en 2025 registró 490 millones de dólares en ingresos solamente en la primera mitad del año, según cifras de RIAA (Asociación de la Industria Discográfica de Estados Unidos) . Ni lento ni perezoso, Bad Bunny aprovechó ese margen de libertad y autoridad que brinda el dinero e hizo lo que tenía que hacer.
La respuesta fue tan inmediata como predecible. Trump y el ecosistema conservador entendieron al show como una provocación política y reaccionaron. El mandatario calificó la presentación como "absolutamente terrible" y "una bofetada a nuestro país". Pero no porque allí se hayan compartido consignas explícitas o panfletarias, sino porque se activó algo mucho más difícil de controlar: identificación, afecto, reconocimiento colectivo, sentido de comunidad, emociones y por ende un germen de organización. La política puede expresarse de forma directa o con matices, pero cuando no aparece esgrimida en una ley o discurso institucional, y logra conmover y hacer sentir menos solos a millones, significa una amenaza real para el relato dominante.
Ahí se vuelve visible una hipótesis social cada vez más difícil de ignorar en todos los frentes. En un contexto global en el que la mayoría de los partidos políticos, referentes, funcionarios y representantes están absorbidos por la urgencia y el vértigo diario: crisis domésticas, disputas internas, demandas territoriales y calendarios electorales cada vez más cortos, son los artistas quienes hoy parecen poder hablar desde y para un colectivo transfronterizo, multicultural, diverso y popular. La política, que se ha reducido a un mecanismo de gestión de lo inmediato o un gesto administrativo, no logra trascender ni conmover, no logra instalar una narrativa esperanzadora, no logra atravesar el cuerpo. Mientras tanto, la cultura mueve, conecta, materializa experiencias que circulan y hacen carne, sin necesidad de legitimación institucional más que la propia huella biográfica. Cuando eso se carga además de un mensaje político latente el resultado es una bomba de sentido expansiva que trasciende el tiempo.
Tal vez sea hora de animarse a pensar que, frente a un capitalismo financiero que opera sin fronteras, sin patria, sin vergüenza ni responsabilidad social, y frente a sus secuaces domésticos y dirigencias dóciles, la política necesite reinventar también sus formas de circulación, sus metodologías de interpelación y construcción de poder. Si el capital se mueve de manera ilimitada, concentrando poder y deshumanizando territorios, quizás la respuesta no esté solo en estructuras partidarias tradicionales cada vez más debilitadas, sino en una cultura que viaje por afectos, lenguajes, estéticas, costumbres y experiencias compartidas. No como sustituto de la política, sino como su condición de posibilidad: un espacio desde el cual volver a construir sentidos comunes, comunidad y conflicto allí donde el mercado sólo ofrece consumo, soledad y competencia.
Bad Bunny y su equipo artístico emprendieron la difícil tarea de buscar representar, con sencillez y sutileza. No se buscó interpelar solamente a Puerto Rico, ni siquiera a la comunidad latina aterrorizada de Estados Unidos. Lo que se activó en ese show fue una identificación ampliada: trabajadores migrantes, juventudes precarizadas, cuerpos racializados, mujeres violentadas, jóvenes en búsqueda de su destino, sujetos en los márgenes que se reconocen en esa escena porque ahí aparece algo propio. Esa circulación, alejada de cualquier tipo de plataforma política, hoy viaja más rápido, más lejos, y con mayor profundidad emocional que cualquier discurso partidario.
En Argentina, este desplazamiento también es evidente y se ve en artistas jóvenes con enormes audiencias como Lali, Cazzu, Ca7riel, Dillom, María Becerra, entre otros. Mientras la política tiende a encerrarse en disputas cada vez más endogámicas, internas, y pierde capacidad de interpelación social, son los artistas quienes terminan ocupando ese lugar incómodo. Estos artistas no reemplazan la dimensión, no son candidatos ni ofrecen soluciones estructurales, pero sí logran condensar una experiencia compartida y un espejo. Y eso, en sociedades atravesadas por la precarización, el desencanto y la crueldad como forma de gobierno, es profundamente político. La sed, que atraviesa este tiempo, de que alguien grite por nuestra existencia, de que alguien tome nuestra bandera, que alguien nos represente y cante nuestras verdades, esa demanda hoy encuentra más respuesta en escenarios, canciones, pantallas e imágenes que en parlamentos, ministerios, comunicados o conferencias de prensa.
