No se habla aquí de los sentimientos íntimos de una parcialidad futbolística por el último penal de una copa, sino de los números que señalan el verdadero límite de la economía de Cambiemos: el déficit estructural de las cuentas externas.

La semana que pasó el INDEC difundió los datos del Intercambio Comercial (ICA). La diferencia entre exportaciones e importaciones sumó en el primer mes del año un rojo de casi 1000 millones de dólares (exactamente 986) y multiplicó casi por 20 el registrado en enero de 2017. En paralelo el Banco Central difundió los números del Balance Cambiario, cuya cuenta corriente alcanzó un déficit de casi 2000 millones de dólares (1.947), el triple que un año antes. Si bien se trata de la registración de dos conjuntos que se superponen --el devengado declarado del comercio exterior de mercancías, el primero, y la entrada y salida de divisas, el segundo-- ambos resultados expresan un problema común: para funcionar la economía necesita cada vez más dólares “que no produce”.

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Por definición todo “balance” contable está siempre en equilibrio. Si los rojos se produjeron es porque se financiaron. El déficit externo es equivalente a la deuda que se toma, la diferencia es la variación de las Reservas Internacionales del BCRA. Esta realidad puramente contable lleva a muchos economistas oficialistas a afirmar que los déficits externos no son un problema y que lo verdaderamente importante es cómo se financian.

Desde su gira española el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, llamó a abandonar, como en las puertas del Infierno del Dante, toda esperanza, al menos en el corto plazo. La deuda, afirmó, seguirá creciendo hasta un pico en 2020, en tanto que la economía “alcanzará el equilibrio” hacia 2021. Las declaraciones resultan sorprendentes. El famoso segundo semestre que nunca llegó se corrió otra vez, ahora a la segunda mitad de un improbable segundo gobierno de Cambiemos. Bajo los regímenes neoliberales todo lo bueno ocurre en el futuro.

Pero el camino al equilibrio no parece muy despejado. Antes de partir a Europa, Dujovne anunció el déficit interno, el presupuestario. El rojo fiscal total alcanzó en enero los 25.889 millones de pesos, 4,7 veces el registrado un año antes. La razón fue el pago de intereses de deuda por 29.818 millones de pesos, 3,3 veces más que en enero de 2017. De los números surge un superávit primario, es decir antes del pago de servicios de deuda, de 3.929 millones de pesos. De nuevo, casi 26 mil de déficit fiscal total contra cerca de 4 mil de superávit primario, presentado además como un logro.

Pero más que las magnitudes de estos números importan sus tendencias. Los economistas oficialistas se cansaron de repetir que el gobierno tomaba deuda externa, en divisas, para financiar el déficit fiscal interno, en pesos. Este argumento fue la justificación para la colocación acelerada y récord de deuda. La realidad demostró que el proceso fue exactamente al revés: el endeudamiento externo desaforado disparó el déficit presupuestario como consecuencia del pago de nuevos intereses. Luego, para pagar esos intereses, el Estado ahorró en el resto del gasto primario, como por ejemplo los subsidios tarifarios o el pago a jubilados. Estos ajustes no sólo afectan de manera directa la calidad de vida de la población disminuyendo las prestaciones y beneficios estatales (ese Estado que en palabras de Mauricio Macri no debe “limpiarle el culo” a nadie) sino que restan a la demanda agregada y contraen en segunda vuelta la economía. Una historia más que conocida en la economía local.

Vale señalar que ni el endeudamiento ni los déficits son malos per se. Cuando estructuras económicas como la Argentina crecen, necesitan más importaciones y demandan más divisas. Para que el crecimiento sea sostenible, la economía necesita generar más dólares “genuinos”, aumentar exportaciones y sustituir importaciones. Este proceso es de mediano plazo, las inversiones necesitan madurar, por lo que resulta lógico financiar el corto plazo con déficit y endeudamiento. No hacerlo significa ralentizar el desarrollo.

Uno de los efectos de la crisis internacional iniciada en 2008 fue la caída en el precio de las commodities, entre ellas las exportadas por Argentina. En el plano local, este cambio de las condiciones globales se superpuso con el final de un período largo de crecimiento que redujo el saldo de la cuenta corriente del Balance de Pagos, un fenómeno característico de la estructura productiva local que se remonta un siglo hasta los tiempos del agotamiento del modelo agroexportador. La economía ingresó así a la segunda década del S.XXI con una situación de restricción externa. Hacia 2013 ya era evidente que reactivar el crecimiento demandaba desarrollarse y, en consecuencia, financiar el déficit externo. En esta línea se orientaron todos los intentos por recomponer las relaciones con el poder financiero global, intentos que finalmente quedaron suspendidos con la aparición de los fallos buitre estadounidenses.

Con prescindencia de la valoración sobre las causas del freno del Producto durante el tercer gobierno kirchnerista, el dato duro es que el problema principal de la economía a fines de 2015 era la escasez relativa de divisas. A más de dos años del cambio de gobierno, los potentes déficits gemelos expresados por los números conocidos esta semana indican que, antes que resolver el problema, la Alianza Cambiemos lo agravó.

La apertura indiscriminada sólo potenció las importaciones. No se desarrollaron sectores orientados a la sustitución, sino lo contrario. Tampoco hubo medidas que incentivaran las exportaciones. El grueso de la poca inversión registrada fue mayormente demanda de bienes de capital importados, en sectores ya establecidos y en muchos casos adelantándose a nuevas devaluaciones. Algunas medidas complementarias reforzaron las tendencias. La eliminación de la obligación de liquidar las divisas de exportación, por ejemplo, retroalimentó el poder de los exportadores para especular contra el peso.

El impresionante endeudamiento externo encubre por ahora la gravedad de los súper déficits gemelos, pero no se orienta a disminuir a futuro la demanda de divisas, sino que la potencia. Las predicciones ministeriales sobre una normalización del endeudamiento después de 2020 y una estabilización de los déficits a partir de 2021 no solo son voluntaristas y patean la pelota a un futuro hoy remoto e impredecible, sino que carecen de cualquier sustento en el mundo de la producción y en la realidad de los números.

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