Él

El Potro, la biopic sobre Rodrigo Bueno estrenada el jueves pasado, comete un pecado capital y al mismo tiempo consigue un milagro. El pecado capital es el guión pobre, aburrido y muchas veces incoherente. El milagro es que ante nuestros ojos revive, con una fidelidad y una fuerza inusitadas, ese ídolo popular que tantas veces admiramos por televisión. Es como si Rodrigo se hubiera levantado de la tumba para filmar la película.

Todas las edades artísticas del Potro aparecen recreadas en la pantalla grande con una precisión deslumbrante. Esa atención en el detalle no puede lograrse por mera imitación, y menos todavía si está presente en cada escena. El actor protagónico, Rodrigo Romero, bajo la eficaz dirección de Lorena Muñóz, logró recomponer ese ángel, esa personalidad absolutamente única que tenía el Potro, y que explotaba sobre todo en su gestualidad arquetípica y en su mirada: la feminidad juguetona del primer Rodrigo, el que cantaba baladas, look movida tropical; el muchacho viril y jodón, con un lugar ya ganado en el mundillo bailable; y, al final, ese macho alfa brutal, con gestos que hoy remiten al Indio Solari, ese tipo duro y pícaro cuya mirada, de un momento a otro, se rompía para dejar ver una inocencia encantadora. Todos los Rodrigos reclaman su tiempo y su espacio propios en este film, como si un poco la búsqueda, más allá del argumento, fuera esa: vivenciar, otra vez, el fenómeno. Absorber de nuevo esa imagen hipnótica, desbordada y desbordante.

Debió ser tentador para los productores de El Potro, al menos desde un punto de vista comercial, desarrollar narrativamente algunas de las sospechas que en su momento circularon en torno a la muerte de Rodrigo. Ese escollo, sin embargo, se elude con la elegancia de una decisión tomada. No se trata de contar la muerte, si no la vida del astro del cuarteto. Se trata de una resurrección.

La enigmática imagen final del film (sin spoilear) podría ser leída en ese sentido.

Nosotros

Perdimos a Rodrigo Bueno a mediados del año 2000, una época en la que en Argentina estaban terminando muchas cosas. Pero la música del Potro sobrevivió en los boliches, en las fiestas y en las reuniones, inclusive cuando la cumbia se apoderó del sonido bailable y arrasó con casi todas las otras modas. Es posible que no haya sido hasta el destronamiento de la cumbia por parte del reggaetón que el cuarteto siguió siendo material obligado en la currícula de cualquier celebración.

Los tiempos post-2001 fueron tiempos pesados. Afluían a la cultura musical bailable exponentes de una marginalidad social creciente que reclamaba su lugar, cuyas letras supieron nombrar con crudeza la realidad que atravesaba el país. Al tiempo que se mercantilizaba el discurso villero, hasta las fiestas se convertían en un lugar discursivo para la rebeldía y el desahogo social. Pero cuando sonaba una canción del Potro, la alegría irrumpía. Una alegría transversal, que sacaba a bailar a todas las generaciones, a todos los humores. Melodías irresistibles, letras ligeras y pícaras, y la energía arrolladora de un pibe que transmitía una euforia feliz: esas eran las coordenadas que delimitaban un espacio donde, por un rato, podíamos respirar. Ahí lo que nos unía no era la tristeza por la debacle social, ni la necesidad de rebelarnos, ni el llamado a construir otra realidad, que eran todas cuestiones necesarias e incluso urgentes. Ahí lo que nos unía era que todos éramos cordobeses.

En medio de una transición terrible, la música de Rodrigo nos abrió un espacio donde la alegría y el disfrute podían ser nuestra señal de identidad. Eso es imborrable.

Con la recuperación económica y la llegada de nuevas modas, el cuarteto del Potro quedó como un signo de época. Capaz no sea inocente que, en estas vísperas, nos sea necesario volver a encender su voz.

En esta nota