EL DESTAPE | Bonadio contra Alberto Suscribite

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La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, pretende imponer un protocolo sobre el uso de armas de fuego por parte de las fuerzas federales en el enfrentamiento con delincuentes que viola la Constitución y el Código Penal, y que fue declarado inconstitucional por el Juez Roberto Gallardo. Ese reglamento arrasa el estado de derecho y va en línea con la denominada “doctrina Chocobar”, el “protocolo Rafael Nahuel”, la “libertad para estar armado” y la instigación a la Prefectura para disparar contra civiles.

Se instaló un “clima de época”, producto de la articulación entre patriarcado y neoliberalismo, que reforzó la creencia en que la inseguridad social se combate con la imposición de un disciplinamiento violento por parte del poder, a través de la fuerza bruta. Patriarcado y neoliberalismo se retroalimentan, implicando el primero una cultura organizada por un orden jerárquico-machista, que coincide con el neoliberalismo en la concentración del poder, el abuso de los cuerpos y la pretensión del sometimiento mediante la violencia.

La estrategia neoliberal consiste en administrar el terror por los canales institucionales: estimular el odio y la agresividad, enrarecer el clima social, amedrentar y ofrecer “seguridad” a cambio de soportar pérdidas en el estándar de vida y en los derechos. Son armas psicológicas utilizadas por el nazismo, retomadas hoy por el neo fascismo con el objetivo de dividir, disciplinar y profundizar el saqueo de la Nación continuando con los propios negocios. Bullrich habla de “los delincuentes” o el narcotráfico pero, en nombre de la seguridad, estigmatiza como enemigos del pueblo a los dirigentes sociales, sindicales, militantes de la oposición y ciudadanos que se movilizan por sus derechos.

Frente a los hechos de inseguridad, los periodistas de los medios de comunicación corporativos se escandalizan, denuncian y realizan planteos en términos morales que resultan estériles: ladrones-malos y policías-buenos. Sin vuelo teórico, utilizan frases gastadas y estereotipadas, describen distintos delitos debatiendo si está mal matar frente a hechos violentos realizados por malas personas. Promueven un sadismo descarnado e impiadoso ante la degradación, el sufrimiento y la humillación del otro. Impulsan la formación de una masa televidente unida por la venganza y el odio, un afecto que comienza a naturalizarse en el sentido común y que conforma la sustancialidad de creencias, significados, valores y prejuicios racistas. A través de la repetición de imágenes de identificación y amarillismo instalan una sociedad de la desconfianza, organizada por la fórmula circular inseguridad-odio-prejuicio-miedo.

La ceocracia que gobierna busca transformar la república en un reino donde impera la ley de la selva, haciendo creer que se va a solucionar el problema de la inseguridad a través del lobo más fuerte y arengando odio. Sus perspectivas y diagnósticos no avanzan más allá de categorías morales, que suponen exclusivamente la actividad del juicio sobre el bien y el mal. Los expertos en seguridad saben que la mano dura, el gatillo fácil y el aumento de las penas son ensayos ya probados en nuestro y otros países, que no han mejorado la problemática de la inseguridad; la erradicación del odio con más odio antes que resolver el problema lo acrecienta.

Cambiemos busca instalar la construcción fascista del enemigo para despolitizar lo social, “bolsonarizar” la Argentina

El individuo neoliberal está atrapado en esas creencias, sin darse cuenta que la licencia para portar armas, matar y comerse al prójimo, en definitiva, el odio hacia el semejante, se vuelve contra sí mismo. Los “remedios” que proponen, el odio, la agresividad y el aumento de la penalidad - la judicialización del flagelo -, no sólo resultan ineficientes sino que terminan siendo un veneno tanto para el sujeto como para la cultura. Debemos concluir que el gobierno de Cambiemos no busca reales soluciones que permitan enfrentar la problemática social, sino instalar la construcción fascista del enemigo para despolitizar lo social, “bolsonarizar” la Argentina y hacer campaña con la inseguridad.

La inseguridad se combate con el cumplimiento de las leyes y con un Estado e instituciones que, con decisión y amor político, estén dispuestos a poner el cuerpo, escuchar y dar respuestas a los síntomas sociales que se plantean, que son expresión de lo que no anda en lo real. El amor es un concepto fundamental en psicoanálisis y es de vital importancia incluirlo en la política. Freud refiere que la seguridad siempre es relacional: se consigue a través de un lugar de auxilio social, político e institucional, encarnado por un Otro capaz de escuchar y dar amparo a un grito que expresa indefensión y necesidad.

En la necesaria batalla cultural que debe dar el campo popular habrá que desarticular la asociación sedimentada en el par inseguridad-odio, desinstalar prejuicios y creencias que el poder patriarcal-neoliberal impuso y posibilitar otros modos de lazos sociales: menos machistas, más amorosos, solidarios y feministas

No tenemos el derecho de perder esa batalla.