Pocas veces una cumbre internacional de primer nivel, como fue la del G20, tuvo un carácter tan ficcional para la realidad argentina. Aunque funcionarios y medios de comunicación disfrutaron del baño global, de la ilusión de pertenecer al círculo de las naciones más poderosas, la realidad fue que, aunque anfitriona, Argentina no dejó de ser la hermana pobre. Más pobre que ayer. Y tanto que hasta debió limpiar de pobres las calles de la capital. La idea, a tono con la ideología oficial, fue que “si hay pobreza, que no se note”, como si los mandatarios del primer mundo no supieran que el país recayó en un programa de ajuste con el FMI. Y como si los presidentes de los países que gobiernan el FMI no supiesen lo que significa tener un programa con el organismo.

Entre el Davos luminoso del Macri recién asumido, cuando era la estrella emergente de la lucha contra el populismo y soñaba con la legendaria “lluvia de inversiones”, aquel que la prensa internacional saludaba como el líder del nuevo gobierno market friendly y faro de la libre empresa, y el ajado detrás de la escena del presente, ocultado por una Buenos Aires de utilería, vacía y militarizada, no pasó una eternidad, aunque pueda parecerlo, sólo ocurrió el rotundo fracaso de la restauración neoliberal.

Fueron apenas tres años que se cumplirán en los próximos días. Tres de los años más oscuros de la historia reciente. Es necesario remontarse a la última dictadura para encontrar tanta destrucción. Fue poco tiempo, pero alcanzó para que los familiares de los gobernantes blanqueen dinero negro por decreto, para que los integrantes del Ejecutivo generen condiciones especiales para multiplicar el precio de venta de empresas vinculadas, como ocurrió con algunos corredores viales, y para que se busque perdonar deudas con el fisco a empresas propias, como es el caso de Correo Argentino.

Pero aunque resulten impactantes, los negocios personales fueron lo de menos. El verdadero problema, haciendo memoria y balance, fue la construcción acelerada de lo que será la verdadera “pesada herencia” para los futuros gobiernos. Quizá parezca una obviedad, pero cuando el voto popular construye poder, ese poder es mayor de lo que habitualmente se cree debido a una característica pocas veces explicitada de los regímenes presidencialistas: su “intertemporalidad”. En concreto, un gobernante democrático, que en principio es elegido por un lapso de cuatro años, tiene poder real para disponer no sólo de los flujos de recursos del presente en el que tiene mandato, sino también del pasado y del futuro. Del pasado a través de la privatización o destrucción del patrimonio público acumulado por generaciones, del futuro por la vía del endeudamiento, especialmente el externo. Por supuesto, también puede avanzar en sentido contrario, recuperando patrimonio o desendeudando, pero no es precisamente el caso del presente.

Por ejemplo, hoy el gobierno dilapida el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses (es decir los stocks que garantizan el flujo de pagos de jubilaciones futuras), que ya perdió decenas de miles de millones de dólares, destruye el mercado de empresas públicas como Aerolíneas Argentinas, desmembra el sistema científico y tecnológico, ahoga financieramente a firmas como INVAP y reproduce la triste historia de científicos que, repatriados en la década pasada, hoy vuelven a emigrar. Lo mismo ocurre con la educación y la salud. Los salarios docentes se ajustan marcadamente por debajo de la inflación, se eliminan las computadoras de Conectar Igualdad, no se inauguran hospitales ya terminados y se restringen los presupuestos universitarios. Solamente el odio por lo público por parte de quienes conducen el Estado puede explicar esta sumatoria de datos.

En paralelo, se tomó deuda nueva en moneda extranjera a un promedio de 50.000 millones de dólares anuales exclusivamente para financiar los componentes del rojo de la cuenta corriente y la salida de capitales. El aumento acelerado de la deuda restringió progresivamente los grados de libertad de la política económica, libertad que había costado más de una década recuperar. El proceso se define mejor como “recreación de la dependencia”. El regreso al FMI galvaniza a futuro este escenario que, en ausencia de rupturas, obligará a orientar a la economía al pago perpetuo de los servicios de la deuda externa, la forma de extracción del excedente colonial en tiempos del capitalismo financiero.

Mientras tanto, gracias a los niveles récord de inflación que resultan de una suba del dólar del 300 por ciento y de la dolarización de las tarifas y combustibles, en un contexto de paritarias a la baja y de regreso del desempleo a niveles de dos dígitos, el poder adquisitivo de los salarios terminará el año con una pérdida cercana a un tercio respecto de noviembre de 2015. Sólo en el sector industrial se destruyeron más de 100 mil empleos. El único trabajo que crece es el cuentapropismo, un signo evidente de desarticulación productiva.

En este espacio se intenta no abrumar con los números, pero la semana que pasó se conoció el derrumbe de las ventas de electrodomésticos, 22 por ciento interanual en el tercer trimestre, dato que empeorará en el cuarto. El dato se suma a la caída de las ventas de alimentos y, por supuesto, del consumo en general, lo que explica la fuerte contracción del producto (caída del PIB).

Lo más duro es que, si se excluye la voluntad de disciplinar a los asalariados por la vía del miedo a la exclusión, no existen razones económicas válidas que expliquen la necesidad de provocar tanto daño y sufrimiento social. Si se analiza la lógica gubernamental en sus propios términos se encuentra la atribución de virtudes purificadoras al ajuste. La creencia, reeditada por la directora del FMI a su paso por la reunión del G20, es que tras el ajuste vendrá la recuperación. Según Christine Lagarde, la reactivación llegará ya no el legendario segundo semestre, sino tan pronto como en el segundo trimestre del año que viene. En base a la teoría económica, sin embargo, es posible adelantar que ello no sucederá debido a que no se recuperará ninguno de los principales componentes de la demanda agregada, en particular ni el Consumo ni el Gasto. En contextos de alto endeudamiento la historia enseña que después de los ajustes sólo es posible esperar más ajustes. 2019 será también un año recesivo. En el juego electoral que se pone en marcha será bastante absurdo intentar asustar con el pasado.

Cuando el último avión de la última comitiva del G20 abandone Argentina sólo quedarán las cuentas a pagar. Será el momento en que se expresará en plenitud la aridez de la crisis generada por Cambiemos. Los pobres echados por afear los paisajes de los visitantes regresarán lentamente a la ciudad. Serán cada vez más.-