El barbijo es político

El discurso político de los tapabocas, hasta aquí, puede expresarse por omisión, como lo practican los militantes anticuarentena, o convirtiendo ese modesto trozo de tela, que cubre la parte más visible de las personas en un espacio de comunicación.

15 de agosto, 2020 | 12.44

El tapabocas se convirtió en el mascarón de proa de la política. Mientras los epidemiólogos insisten en que será parte de la vida cotidiana y hasta los popes de la moda empiezan a pensar sus colecciones con barbijo, la política también busca cómo comunicar a través de ese elemento que en las fotos de campaña supone, en rigor, la clausura del discurso.

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El ala dura de los gobiernos occidentales, que niega que el Covid-19 sea lo suficientemente grave como para interrumpir el estilo de vida que se llevaba hasta fines de 2019, rechaza o minimiza el uso del barbijo.

Durante los primeros cuatro meses de la pandemia, Donald Trump puso en duda la eficacia de cubrirse nariz y boca y se negaba a hacerlo porque, decía, le daba una imagen de debilidad. Se puso una mascarilla por primera vez el 11 de julio, durante una visita al hospital militar Walter Reed, en las afueras de Washington. El día anterior anunció a la prensa que se pondría un barbijo: “Creo que cuando uno va a un hospital, especialmente en ese lugar, en el que uno está hablando con soldados y con gente que en algunos casos acaba de salir del quirófano, creo que en ese caso es genial ponerse barbijo”, dijo ante los micrófonos mientras lucía un tapabocas azul oscuro con un sello de la Casa Blanca. Trump lo hizo más por marketing que por cuidado. Según los medios estadounidenses, sus asesores le habían rogado que se pusiera uno en público y se dejara fotografiar con él porque los casos de coronavirus se multiplicaban sin parar y, gran detalle, el demócrata Joe Biden había empezado a superarlo en las encuestas como candidato presidencial para las elecciones de noviembre próximo.  

Otro que se negó a usarlo fue Jair Bolsonaro. Hasta el 7 de julio, día en que anunció que tenía coronavirus, el presidente de Brasil no cumplía con ningún protocolo de cuidado, no usaba barbijo, y asistía a reuniones y aglomeraciones sin distancia social mientras minimizaba a la pandemia como una “gripezinha”. Es más, cuando dijo que estaba contagiado se sacó el tapabocas frente a los periodistas.  

En la Argentina, la oposición más recalcitrante evita mostrarse en público con barbijo. No hay imágenes de Elisa Carrió con tapabocas y sólo hay una de Patricia Bullrich en el balcón de su casa, en un video de TikTok de fines de marzo, cuando el Covid-19 era un virus que traían turistas de Europa y todavía no arreciaban las críticas al aislamiento. ¿Irá con barbijo, este lunes, a la marcha opositora del #17A “por la libertad y coso”? De Mauricio Macri sólo hay imágenes usando mascarilla al arribar a Paraguay y a Francia, pero no en nuestro país ni por las calles de París.

A diferencia de los halcones de su partido, los funcionarios de Juntos por el Cambio que ejercen cargos ejecutivos prefieren mostrarse respetuosos de los protocolos de cuidado social. Diego Santilli usa un barbijo que tapa nariz y mentón pero que deja ver la boca. Aunque pareciera ser un guiño al marketing de la “transparencia” al que tanto le gusta apelar al PRO, lo del vicejefe de gobierno porteño es en realidad una campaña altruista para fomentar el uso de tapabocas que permitan la lectura labial o de gestos a personas con dificultades auditivas. Él sabe bien cuán necesario es eso para comunicarse: su hijo menor, Tonio, es hipoacúsico. Horacio Rodríguez Larreta hace sus apariciones públicas con discretos tapabocas y debe sentir mucho alivio de que el escándalo por la compra de 1600 barbijos vencidos y con sobreprecios por parte de su gestión, en abril de este año, haya quedado archivada en el olvido.

Parafraseando a los Redonditos de Ricota, no es cierto que “ya nadie va a escuchar tu barbijo”. El discurso político de los tapabocas, hasta aquí, puede expresarse por omisión, como lo practican los militantes anticuarentena, o convirtiendo ese modesto trozo de tela, que cubre la parte más visible de las personas (y de la clase política en particular), en un espacio de comunicación.

Los barbijos de Alberto Fernández no han sido particularmente “locuaces”, aunque se recuerda uno (demasiado holgado, quizás) que vistió el 10 de junio, Día de la Reafirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, con una ilustración de las islas sobre fondo celeste y blanco. También Larreta lució un barbijo embanderado durante una de las muchas conferencias de prensa que extendieron las medidas de aislamiento.

Pero quizás la política que mejor luce su ideología en el barbijo es Mayra Mendoza. “Uso tapabocas pero expreso mis ideas”, parece decir en cada aparición. La intendenta de Quilmes recorre escuelas, salitas de salud, empresas, hace meetings virtuales y atiende a la prensa con buena predisposición y barbijos militantes que denotan su gusto estético y afinidad política. Tiene varios de Evita, ya sea con su imagen clásica o blandiendo pañuelo verde en la muñeca. Orgullosamente kirchnerista, como en invierno no puede lucir el tatuaje  hiperrealista que tiene de Néstor en su brazo, usa las mascarillas como pancartas originales: ya lució un Nestornauta, otro con la frase “La Patria es el Otro”, y uno más con caricaturas de Néstor y Cristina realizadas por el ilustrador Pablo Lobato. Además de plasmar con orgullo su ideología, los barbijos de la funcionaria quilmeña fomentan la fabricación y creatividad de las Pymes que realizan este nuevo accesorio de la indumentaria que, según parece, nos va a acompañar por bastante tiempo.

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