Los recientes anuncios del Presidente Macri en torno a la reducción de la pobreza e indigencia se encuadran en un estilo discursivo que poco se corresponde con la realidad tangible, como con las proyecciones en torno a la evolución de la situación socio-económica que surgen del análisis del impacto negativo que generan las políticas implementadas desde el Estado y de las que se alientan en el sector privado.

Percepciones vs. estadísticas

Los incrementos, distantes al gradualismo anunciado, en las tarifas de los servicios públicos, como se advierte en el transporte, el gas, la electricidad, el agua y también en los combustibles, suman a los efectos directos sobre los usuarios otros indirectos en los consumos básicos de la población por su traslación a los precios, resultando claros indicadores del mantenimiento de tasas elevadas de inflación como las que se vienen registrando en el primer trimestre de este año.

Los datos estadísticos invocados, más allá de los serios y fundados cuestionamientos que se le formulan, contrastan con la percepción cotidiana que se aprecia en el aumento de locales comerciales vacíos, el cierre de empresas o la reducción constante del personal empleado, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el incremento notable como alarmante de personas en situación de calle y la merma creciente de los consumos familiares, entre otros muchos factores que dan cuenta del deterioro de la calidad de vida.

Más que Índice un meñique

El apagón estadístico dispuesto por el INDEC en el primer semestre de 2016, sumado a modificaciones sensibles en una serie de parámetros para la elaboración de los índices y la desestimación de la información generada hasta entonces, restringe notoriamente el cotejo con los datos registrados hasta el año 2015.

Desde otro ángulo, pero que evidencia la irrealidad de los valores indiciarios absolutos que reivindica el Gobierno nacional, es preciso advertir que el cotejo se refiere a los dos últimos semestres del 2016 y del 2017.

El primero de esos años, segmentado en cuanto a la base informativa de la cual parte, evidencia un importante aumento de la pobreza como consecuencia de la devaluación de diciembre de 2015 y la pérdida notable del nivel de ingresos por la falta de recuperación salarial frente al impacto inflacionario. En cuanto al 2017, por un lado sólo estaría dando cuenta de una leve mejora de la caída producida el año anterior pero, por otro, tampoco marca una tendencia a poco que se comparen el tercer y el cuarto trimestre donde este último registra un incremento en los porcentuales de pobreza e indigencia, que en función de los nuevos cuadros tarifarios del 2018, la tasa de inflación, el estancamiento de los salarios convencionados y la pérdida constante de empleos formales, mal pueden dar cuenta de un avance en la declamada lucha contra la pobreza.

Calidad de vida, espejo de la realidad

Las medidas adoptadas desde el Estado en favor de la concentración de la riqueza, que se inauguraran con la baja de las retenciones a determinadas producciones agrícolas y a la minería, acompañadas por una devaluación monetaria sin precedentes así como favoreciendo la especulación financiera, constituyeron sólo el inicio de otras tantas de similar signo y con igual destino.

La destrucción de empleo formal que se registró primeramente en el sector público, sirvió a su vez para que se tomase de ejemplo en el sector privado donde se verificaron decenas de miles de despidos sin mediar intervención ninguna del Ministerio de Trabajo en función de sus específicas competencias para limitar, controlar e incluso evitar esa tendencia; omisión que, a su vez, operó como fomento de esas decisiones empresariales que en el presente año se mantienen y predominan en las grandes empresas.

La apertura indiscriminada de la importación de los más variados productos en detrimento de la industria local, con particular afectación de las pequeñas y medianas empresas generadoras de empleo, guarda coherencia con los señalamientos precedentes y forma parte sustancial del rumbo que el Gobierno le imprime a la Economía.

Una mirada atenta a esos y otros muchos datos de la realidad, ponen de manifiesto un marcado deterioro en la calidad de vida de la mayor parte de la población que pueda entenderse -aún ateniéndonos a los disminuidos márgenes establecidos por el INDEC- por encima de los límites que demarcan la pobreza, lo cual revela una mayor crudeza de la situación que atraviesan pobres e indigentes.

Las nuevas formas de empleo

La escasa mejora que se invoca en los índices de desempleo constituye otro dato falaz, que se contrapone con la situación laboral que refleja el mundo del trabajo.

La conversión de trabajo formal en diferentes estrategias de supervivencia sin protección social, en modalidades de empleo precario o directamente no registrado, en aparentes monotributistas que –con frecuencia- enmascaran una relación de dependencia que les es negada por quienes se benefician con sus prestaciones laborales, en modo alguno pueden ocultar el fenómeno de una creciente desocupación que es funcional y necesaria a las políticas neoliberales implementadas por el Gobierno de Cambiemos.

Los límites que se imponen a las discusiones paritarias, la pretensión de reducir las convenciones colectivas sectoriales para lograr perforar los pisos mínimos garantizados y llevar las negociaciones colectivas a unidades de menor ámbito o incluso lograr neutralizar la gestión sindical para la fijación de salarios y condiciones de trabajo, también forman parte de esas políticas y se reflejan claramente en los Proyectos de reformas a la legislación del trabajo.

Lo tangible frente a lo invisible

En su discurso de apertura del año 2018 en el Congreso, el Presidente Macri expresó: El año pasado, en este recinto, les dije que estábamos sentando las bases para que el país creciera, que estábamos haciendo lo que había que hacer. Y ese hacer tuvo un desarrollo invisible. Como cuando arranca la obra de un edificio: no se ve cuando se hace el pozo, no se ve cuando se coloca la estructura, no se ve cuando se vacía el hormigón. No se ve, pero se hace y está".

Si bien hubo otros muchos pasajes de ese discurso carentes de todo apego a la realidad y evidente hasta para el más desprevenido, el que aquí se cita es por demás elocuente.

Cualquiera sabe y ha podido comprobar, sería inconcebible entonces que no lo sepa un ingeniero, que cuando arranca la obra lo único que no se ve es el edificio, pero sí se ve cuando se hace el pozo, como también cuando se coloca la estructura y otro tanto cuando se vacía el hormigón. Por consiguiente, si no vemos el pozo, ni la estructura ni el hormigón, no hay duda que no tendremos edificio.

El pretendido crecimiento del país no se ve, porque no está ni se hace nada con tal propósito. Al igual que los augurios de brotes verdes, de venturosos semestres que brillan por su ausencia o de lluvias de inversiones que difícilmente se concreten cuando el propio Presidente y sus más altos funcionarios mantienen sus fortunas a resguardo fuera del país.

Se ofende a la inteligencia más elemental postular los beneficios invisibles del Cambio, cuando tenemos a la vista –y cada vez más visible- los perjuicios tangibles que se vienen produciendo a la sociedad en su conjunto, no sólo en el ámbito económico, que verificamos en el presente y que auguran un más ruinoso porvenir.