Los sueños (y la crítica) al final del kirchnerismo eran avanzar en un proceso de desarrollo. Desarrollarse significa transformar la estructura productiva para aumentar las exportaciones y/o sustituir importaciones. Si se evade este proceso no es posible continuar con la inclusión social, es decir no es posible aumentar la masa de salarios, puesto que subir salarios supone también una mayor demanda de dólares. Esto es así porque luego de la satisfacción de las necesidades básicas los salarios comienzan a demandar productos con alta composición de importados, desde un celular a una moto, un auto o viajes al exterior. Se trata de un dato duro, de esas restricciones que no se pueden soslayar salvo que se crea que en el capitalismo globalizado pueden cambiarse las pautas de consumo de la población.

Al final del kirchnerismo, entonces, luego de una década de crecimiento de la masa salarial, las importaciones crecían más rápido que las exportaciones y reapareció, a partir de 2012, un fenómeno estructural de la economía argentina: la escasez relativa de dólares o restricción externa. Los buenos precios internacionales de la primera década de los 2000 sirvieron para tener una ventana temporal más larga hasta su reaparición. Como no se pudo resolver el problema de los fondos buitre, una situación con fuertes componentes políticos y geopolíticos, no fue posible capitalizar el largo desendeudamiento iniciado en 2005 para volver a los mercados financieros y conseguir los dólares para el desarrollo. A partir de 2014 la inminencia del cambio de gobierno puso en pausa cualquier plan de transformación de largo plazo. Una transformación semejante requería de consensos entre los sectores dominantes, o al menos una mayoría clara.

Los proyectos de las dos principales fuerzas que se enfrentaron en 2015 fueron, por un lado, avanzar en el desarrollo, lo que también suponía limpiar las relaciones con los mercados financieros globales, y por otro el neoliberalismo macrista. El primer caso suponía recurrir al endeudamiento para financiar la transformación de la estructura productiva. No sabemos si se hubiese logrado, pero el desarrollo ocupaba el centro del debate al interior del sciolismo. El segundo caso sí se sabe cómo terminó. Cambiemos dilapidó la posibilidad de tomar deuda para financiar el desarrollo, tarea que dejó librada a una presunta lluvia de inversiones que nunca llegó. Para colmo la estrategia de endeudamiento acelerado sin la contrapartida de generar las condiciones para el repago fue advertida rápidamente por los mismo nuevos acreedores, que luego de colocar más de 100 mil millones de dólares de deuda nueva en el país comenzaron a advertir que habían dado un mal paso. Se habían dejado llevar por los espejitos de colores del presunto cambio del gobierno “amistoso con los mercados”. En 2018 el modelo macrista voló por los aires. Había nacido al amparo del endeudamiento externo y los mercados dejaron de prestarle. La impericia en el control del tipo de cambio por parte del Banco Central hizo el resto. Argentina volvió al FMI con un dólar que duplicó su valor. El cambio de escenario fue radical.

Desde entonces la única estrategia de la administración macrista es tratar de evitar a toda costa una nueva megadevaluación que desencadene una hiperinflación y un default. Para evitar este panorama el FMI habrá puesto, al final de la administración, cerca de 60 mil millones de dólares que se agregan a la deuda tomada con los privados. La contrapartida fue haber frenado en seco la actividad económica, la típica estrategia fondomonetarista para combatir las crisis externas, de balance de pagos, pero agravada por el macrismo que decidió hacer el ajuste principalmente por el lado del gasto y no de los impuestos. Cambiemos logró el prodigio de estar a la derecha del FMI con quien no negoció nada y se autoimpuso una meta de déficit cero en tiempo récord.

El regreso al mundo de la Alianza Cambiemos no pudo ser más violento. Si en 2016 en los países centrales estaban encantados con el nuevo batidor del populismo y paladín del libre mercado de América del Sur, en 2019 observan el nombre “Argentina” como la nueva peste de los mercados. Tienen razones para el cambio de humor: la mala evaluación que hicieron del macrismo. Muchos fondos de inversión que enterraron miles de millones de dólares en la economía local no saben cómo salir sin anotar un rojo en sus balances. Por ahora esperan, pero solamente aguardan que se generen condiciones de salida lo menos onerosas posibles. Todas las variables locales están atadas con alambre. Cuando se produce una mejora en los precios de los bonos hay avalancha de ventas para salir, la súper tasa que se le paga a los bancos por las tenencias de Leliq no puede bajar sin que suba el dólar. Y el dólar no puede subir sin que se dispare la inflación. Y si sube el dólar aumenta el peso de la deuda sobre el producto. A pesar de lo complicado de este escenario, el gobierno optó por dejar seguir corriendo variables inflacionarias, como las tarifas y los combustibles.

Hasta octubre existirá una elevada incertidumbre sobre el precio del dólar

Lo expuesto tiene dos consecuencias para los futuros inmediato y mediato de la economía. Hasta octubre existirá una elevada incertidumbre sobre el precio del dólar. Muchos especialistas creen que la liquidación de 60 millones de dólares diarios autorizada por el FMI no será suficiente para calmar la demanda preelectoral. Si no alcanza el escenario se volverá realmente impredecible. No obstante es difícil que el FMI deje caer a la Argentina. También el Fondo tiene mucho para perder y existe un interés geopolítico de Estados Unidos en la continuidad del macrismo.

El FMI llegó para quedarse.

Si todo sale bien la administración Cambiemos habrá dilapidado 200 mil millones de dólares de endeudamiento que serán heredados por el futuro gobierno, quien deberá renegociarlos. Esto tendrá claros efectos macroeconómicos. El próximo gobierno no tendrá financiamiento externo, salvo el que pueda provenir de acuerdos bilaterales para infraestructura. El FMI no desconoce este panorama y sabe que deberá renegociar con su principal acreedor. El margen de maniobra de cualquier administración será escaso.

Las alternativas para 2020 son dos. Seguir un modelo de Acuerdo de Facilidades Extendidas asumiendo todas las condicionalidades del FMI en materia de reducción del Estado más reformas laboral y previsional o, como sugiere el economista Emmanuel Álvarez Agis, con seguras responsabilidades en un futuro gobierno popular, aprovechar los márgenes de otros modelos de acuerdo con el Fondo que permitan algún margen de crecimiento, como son los casos de Portugal y España. La idea es extender en el tiempo la búsqueda del déficit cero, por ejemplo en un plazo de 8 años, aprovechar al máximo los fondos destinados a ayuda social y pelear un piso de un punto del producto para inversión pública. Por supuesto, plantarse frente a las reformas estructurales más difíciles de sostener políticamente. Este será el condicionante externo, la economía no podrá endeudarse, pero tampoco desendeudarse. Se podrá recurrir al impulso de la demanda, pero sólo hasta el punto que lo permitan los dólares disponibles.

Los sueños ya no son los de 2015. Llevará años remontar la dura herencia del despilfarro macrista. El FMI llegó para quedarse. La opción sería una ruptura más fuerte, lo que demandaría una cohesión social “antisistema” que hoy no existe y, en consecuencia, podría tener más costos que beneficios.-