Se contagian para cobrar $500

26 de julio, 2020 | 00.05

Las miradas cargadas de prejuicios hacia los sectores que más necesidades tienen no se toman descanso, incluso en medio de una pandemia. Porque cuando pensábamos que nos encontrábamos en una tregua transitoria, nuevamente aparecieron las voces que salieron a criticar la gestión de políticas públicas que proponen incentivar que los contagiados leves de Covid-19 se aíslen, recibiendo por ello una remuneración de $500 por día. 

"Salir del closet y conquistar el mundo"

Ni bien el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof lanzó el programa “Acompañar” para ayudar a aquellas personas que no pueden hacer el aislamiento en sus hogares —por no contar con las posibilidades materiales para ello— las redes explotaron criticando duramente esta decisión. 

“El programa Acompañar es un programa de albergue para la atención y recuperación de pacientes con Covid 19. Los vamos a acompañar en condiciones excelentes a quienes no pueden hacer su aislamiento en su casa", dijo el gobernador de la provincia, Axel Kicillof. Luego agregó: “‘muchos no dejan su casa porque sienten que van a perder algo, un lucro cesante, algo que perdería, entonces, este programa contempla un fondo que le dará un subsidio por desarraigo y solidaridad”.

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El problema no es el programa, sino a quién va destinado la ayuda, porque siempre que se piensan en políticas para ayudar a los sectores populares, automáticamente los mercaderes del odio vuelven a la carga. Lo mismo ocurrió en los últimos años cuando se denigró a las mujeres que pertenecen a los sectores más carenciados ―las estigmatizadas con el rótulo de “choriplaneras”― al sostener que buscan quedar embarazas y tener muchos hijos para cobrar la AUH (Asignación Universal por Hijo).

Sin embargo, los datos oficiales arrojados por ANSeS mostraron a las claras que ésta era una mentira de acá a la China, porque el grueso de las familias más beneficiadas con estas ayudas sociales son las que menos hijos tienen, todo lo contrario a lo que uno se imagina. De hecho, de los 2.234.187 familias que reciben la AUH, el 51% solo tiene un hijo, el 28% dos hijos, el 13% 3 hijos, el 5% 4 hijos y el 2,3% 5 hijos.

También, pasó lo mismo cuando el Ministro de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo lanzó la tarjeta alimentar y esas voces —que se hicieron eco en los cabecitas negras de ayer— volvieron recargadas para sostener que los beneficiarios de este programa la utilizarán para comprar alcohol. Cuando en realidad la tarjeta, no permite extraer dinero en efectivo y funciona como un instrumento para que todos accedan a la canasta básica alimentaria, permitiendo comprar todo tipo de alimentos, a excepción de bebidas alcohólicas.

Critican los 500 pesos como lo hicieron con la AUH, no así con los diez mil pesos del IFE porque incluyó a casi 9 millones de familias, es decir incorporó a esos sectores medios, que tienen ingresos informales, es decir desprotegidos, tanto como los de abajo, aunque muchos de ellos, se crean diferentes. Tampoco nada dicen de un Estado que aporta hasta el 50% de los ingresos de los sectores formales mediante los ATP para hacer frente al complejo momento de la pandemia, incorporando en mayo —después se modificó—, a los que cobraban hasta 250 mil pesos. Cuantos $500 entran en esa cifra?. Pero de eso nada, si esto no es prejuicio, el prejuicio dónde está?

Con esta misma lógica de pensamiento, ahora sostienen que todos se van a contagiar de forma masiva para recibir los $500 por día. Siempre desconociendo la capacidad crítica y reflexiva de estos sectores, atribuyéndoles un determinismo que no es tal, propio del optimismo ingenuo que concibe a la participación de las mayorías como un actor pasivo sometido a la manipulación clientelar de la política. 

Los que buscan colonizar el sentido común con estas representaciones que se alejan de la realidad, lo saben, claro que saben que son mentiras. Sin embargo, ellos le hablan a ese sector de la sociedad que poco le interesa la política, que se identifica con la lógica de la meritocracia, el individualismo, la competencia, el sálvase quien pueda y entiende al Estado como algo que estorba —porque ese es el argumento que instaló la derecha—, aunque hoy coyunturalmente, lo necesite activo, al menos desde lo sanitario y desde lo social. 

Les hablan a ese sentido común, que entiende que una persona no puede recibir plata del Estado sin trabajar, que considera que al país se lo saca adelante laburando y que hay que dejar de mantener a los “vagos”. Ahí, en ese sector, es donde se instalan con mayor fuerza estas ideas vacías de contenido en la opinión general. 

El sentido común que plantea que, si un trabajador se tiene que romper el lomo para obtener $500 por día, ¿cuál es la razón por la que una persona que se contagió, reciba esa suma por no hacer nada? Claro está, sin comprender que este ciudadano no tiene las necesidades básicas satisfechas, razón por la que no puede gozar de un aislamiento de lujo, como el de las fotos que publican las grandes estrellas en sus redes sociales. 

Los grupos de poder no tienen que crear el sentido común por el simple hecho de que ya está allí. Aunque hoy parezca que el sentido común ha perdido la razón y que estemos con parámetros previos a aquellos que fueron vencidos por el iluminismo desde lo cultural y la revolución francesa desde lo político, aunque esta vez no basados en los designios divinos sino en otros de naturaleza mediática. Simplemente, lo tiene que capitalizar y transformar en la expresión política de la oposición. El sentido común allí está, flotando y con la cualidad de que es entendido por todos. 

Quizá sea hora de pensar en la gestión por parte del Estado de políticas de comunicación orientadas a apropiarse de ese sentido común antes de que lo hagan aquellos grupos que solo buscan dañar a los sectores que más necesidades tienen. 

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