Por qué los Millennialls nunca vamos a ser felices

01 de agosto, 2020 | 19.00

“No estoy triste. Solo soy de los 90”, dice un grafiti en una pared percutida de alguna calle desconocida en un rincón de nuestro país. La foto con la frase, cuyo autor es anónimo, se compartió cientos de veces en las redes sociales en el marco del estreno de la película “Yo, adolescente” de Lucas Santa Ana, y despertó emociones. Quienes crecimos durante dicha década  y luego atravesamos nuestra adolescencia en el cambio de siglo compartimos sensaciones, imaginarios, código y visiones acerca del mundo que nos diferencian de generaciones anteriores. Si bien el análisis puede caer abruptamente en un ejercicio reduccionista, resulta posible describir una serie de macro procesos y micro transformaciones por las cuales a los millennials la felicidad se nos presenta de una forma particular. 

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Antes de seguir es importante aclarar que no se trata de un análisis desde la teoría psicoanalítica. Y lo subrayo porque se ha hecho mucho uso y abuso del psicoanálisis aplicado en los medios de comunicación. Indagar desde una mirada sociológica implica hablar de modelos de subjetividad o modos de ser vinculados al contexto socio cultural, los valores , los deseos y también los límites que cada período delimitan lo que un sujeto puede o no llegar a ser. Eso permite preguntarnos qué sujetos fabrica la sociedad en los diferentes momentos históricos. 

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El término Millennial fue  acuñado por primera vez en 1987 por los autores William Strauss y Neil Howe, para hablar de las personas que nacerían luego entre 1982 y 2000-2004. Años después escribieron el libro “Millennials Rising: The Next Great Generation”. Sin embargo se incorporó al uso coloquial a partir de campañas de marketing y publicitarias. En términos demográficos hablamos de personas nacidas entre los años 1982 y 1995 en las grandes metropolis. El período puede variar mínimamente según la definición que se elija , pero sí todas coinciden en demarcar un contexto histórico mundial marcado por un alto nivel de escolaridad, abundancia económica, desarrollo tecnológico, el acceso rápido al conocimiento y la información, y la incorporación de internet en los procesos de socialización y la construcción de vínculos sociales. Santiago Levin,  presidente de la Asociación de Psiquiatras de la Argentina, explica que “la división en generaciones como toda clasificación es arbitraria. Sin embargo sí puede haber rasgos identitarios que demarcan el período de la vida que tiene más influencia cultural en las vidas, que es la adolescencia. ¿Cómo fue la adolescencia de los que hoy son millennials?”.

Los 90’s son una época que genera sentimientos encontrados que van desde la nostalgia hasta la indignación. Amamos las golosinas perdidas y los enteritos de jean. En Argentina la profundización del modelo de convertibilidad, implementado en 1991, generó dos fenómenos paralelos: un proceso de exclusión social y , al mismo tiempo, un  modelo de inclusión del  ciudadano consumidor, efecto de la “americanización” del mundo. La explosión cultural tuvo su punto alto con MTV y su llegada a Latinoamérica en 1993. No se trataba solamente de un canal de música, sino un claro dispositivo para consolidar la hegemonía estadounidense en la cultura popular. Los medios de comunicación fueron claves en el proceso de construcción de fantasías y formas de ser en base a parámetros y situaciones ideales. 

 

La irrupción de un suceso inesperado como fue la crisis de 2001, la mayor crisis de la Argentina Moderna , en un mundo en pie de guerra marcó una ruptura con los imaginarios de progreso social que históricamente habían caracterizado a nuestro país. En el libro “La Cultura Argentina Hoy. Tendencias!, José Natanson explica que “los jóvenes de hoy, hijos de la crisis del 2001, constituyen la primera generación que corre el riesgo de vivir peor que sus padres”. Justamente la contracara del panorama expansivo de los 90 y las imágenes publicitarias fue el ingreso a una adultez sesgada por oportunidades reales limitadas. Además, a partir de la finacierización de la economía a nivel planetario y la incorporación de nuevas tecnologías, el trabajo perdió centralidad, al menos comparado con el modelo industrial previo. La precarización, las tareas de baja calificación,  y la desprotección, son algunas de las tendencias que afectaron la inserción de los millennials en el mercado del trabajo.  Muchos convivieron con la perdida del trabajo o los ahorros de sus madres y padres, aun habiéndose esforzado toda la vida. 

 

Sin embargo, y sin ánimos de victimizar ni responsabilizar a nadie, existe otro factor que tiene que ver con los procesos socialización. “La generación anterior es la primera de padres y madres que vivieron con miedo a perder el amor de los hijos. Entonces no han sido los padres severos de la época moderna sino los padres indecisos de la posmoderna. Ahí sí desde los psicoanalítico se pueden determinar algunas de las características de los millennials, más allá de la crisis económica del 2001”, explica Levin. ¿Qué significa esto? Básicamente que con la caída de los valores monolíticos de la modernidad (progreso, estudio, roles, esfuerzo, democracias formales) cayeron también las certezas en la crianza de los hijos, los modelos establecidos  y los lugares de referencia. “La crisis de instituciones nos afectó. El matrimonio, la monogamia, el binarismo, el modelo de familia único, el trabajo de todos los días, el ideal de salir de la escuela y estudiar en la universidad empezaron a resquebrajarse - explica Levin - Los progenitores modernos hacían lo que tenían que hacer, sin preguntarse tanto. Los padres posmodernos tenemos un nuevo gran amigo, la incertidumbre. Y educar desde ahí no es fácil”. De un discurso que solía decirnos que el éxito era ser médico o abogada, casarse con alguien del otro sexo y tener hijes, pasamos a un panorama que nos invitaba a ser lo que quisiéramos, a cumplir nuestros sueños, pero sin garantías de nada.

 

Ulrich Beck  hablaba en 1998 de “Sociedad del riesgo” , mientras que Zygmunt Bauman decía en 2003 que la vida que llevan los sujetos es una vida donde las ideas de controlabilidad, certidumbre, seguridad y previsibilidad han colapsado irreversiblemente.  Si la modernidad promovía el crecimiento del individuo racional y a largo plazo, la postmodernidad nos lleva hacia un nuevo estado individual, a los micro relatos válidos por sí mismos, a lo instantáneo. Tal vez los millennialls somos la primera generación que se encuentra ante un mundo incierto, sin utopías, sin modelos de prosperidad colectivos que nos convoquen. Pareciera que son tiempos de maravillas privadas, pequeñas revoluciones y militancias en el microcosmos. Y así se nos presenta también la idea de felicidad, ya no como un estado interior o como construcción colectiva, sino como momentos o instantes esporádicos que salimos a buscar al mundo exterior.

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Fabiana Solano

Mi nombre es Fabiana Solano y tengo 34 años. Soy socióloga egresada de la UBA y casi Magister en Comunicación y Cultura (UBA). Digo ‘casi’ porque me falta entregar la bendita/maldita Tesis, situación que trato de estirar con elegancia. Nunca me sentí del todo cómoda con los caminos que me ofrecía el mundo estrictamente académico. Por eso estudié periodismo, y la convergencia de ambas disciplinas me dio algunas herramientas para analizar, transmitir, y explicar la crisis del 2001 en 180 caracteres. Me especializo en culturas y prácticas sociales, desde la perspectiva teórica de los Estudios Culturales. Afortunadamente tengo otras pasiones. Me considero una melómana millennial que aprovecha los beneficios de las múltiples plataformas de streaming pero si tiene que elegir prefiere el ritual del vinilo. Tengo un especial vínculo con el rock británico (siempre Team Beatles, antes de que me pregunten), que se remonta a mis primeros recuerdos sonoros, cuando en mi casa los domingos se escuchaba “Magical Mistery Tour” o “Let It Be”. Además soy arquera del equipo de Futsal Femenino de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), rol que me define mejor y más genuinamente que todo lo que desarrollé hasta acá. Por supuesto que la política ocupa gran parte de mi vida y mis pensamientos. Por eso para mi info de WhatsApp elegí una frase que pedí prestada al gran pensador contemporáneo Álvaro García Linera: “Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”.