Los planes de Alberto

27 de julio, 2020 | 13.18

“Francamente, no creo en los planes económicos”, el presidente Alberto Fernández se lo afirmó a un periodista del Financial Times. Como era esperable los canales de noticias, las radios, los periódicos inundaron horas y papel azorados por semejante afirmación. Y la conclusión inmediata que arrojaron por esa declaración era que el presidente no tiene idea de cuál destino tomar para su política de gobierno. Pero la frase se difundió amputada, ya que le faltó la aclaración siguiente: “Creo en los objetivos que nos podemos fijar y trabajar para conseguirlos”, que redondea el concepto en otro sentido. De todos modos, más allá de los cortes antojadizos que se hace de las declaraciones oficiales, hay una relación entre política, gobierno y planificación, que conviene revisar. 

"Salir del closet y conquistar el mundo"

Podríamos esbozar una historia de los planes de política estatal. Guste o no, en general no gusta, uno de los antecedentes más relevante fue la experiencia soviética, primero con la Nueva Política Económica de Lenin y luego ya con la fuerte intervención estatal lanzada por Stalin hacia 1928. El país desbastado hacia 1921, era una nación con perspectivas muy distintas a inicios de los 30, con una notable recuperación económica. De este lado del atlántico el presidente Franklin Roosevelt, también creía en una planificación de la economía en donde el Estado tuviera mucho para decir.

El final de la II Guerra Mundial pobló el globo de planes de recuperación económica. Los EE.UU. alentaban programas de ese tipo no solo en Europa sino también en América Latina, por ejemplo con el Plan Colombia en 1950. En Argentina Perón llevó adelante un ambicioso Plan Quinquenal, que significó la primera vez que el Estado nacional planificaba a escala el desarrollo económico y social. (Vale la pena releer este notable proyecto; la UNPAZ lo publicó con análisis aquí). Los casos se multiplican hasta la década del 70, con experiencias muy destacadas por ejemplo en la India.

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Planificar era la herramienta principal para administrar una serie de conflictos sociales y económicos, aprovechando las herramientas que el desarrollo de la ciencia permitía aplicar para actuar a escala y en mayor velocidad. El conocimiento de la administración pública y su mejora organizacional también fue un elemento clave. Porque en eso consistía principalmente la idea de la planificación: administrar una serie de conflictos y de demandas sociales que el mercado de ningún modo iba a resolver. 

No es necesario recordar el rechazo que en los sectores privilegiados generaron los planes del peronismo; la ocupación del aparato estatal y el desarrollo y expansión de este para implementar sus políticas, fue observado y descripto sin más como tentaciones autoritarias, cuando no, fascistas. Esa planificación fue leída como un ataque a las libertades y todo lo que conocemos que se dijo y se sigue diciendo sobre el primer peronismo. Conclusión: allí el problema no era la ausencia de un plan, sino su existencia. 

Y llegó el neoliberalismo: primero de la mano de la dictadura y luego en democracia y la noción de planificación e intervención estatal empezó a ser desplazada por los principios del mercado como la libre competencia y la sobrevivencia de los mejores. Cualquier noción de planificación desde el Estado era acusada de intento burocrático y acto de corrupción. Ambas figuras funcionaron como verdaderos vetos casi automáticos sobre la iniciativa estatal.  Recién luego de la crisis del 2001, y ante una nueva ola política en la región, fue posible volver a pensar al Estado como un agente relevante en la planificación, lo que se tradujo en numerosas iniciativas y políticas públicas. Sin embargo, el mundo ya no era el mismo.

La globalización de los mercados y la primacía del sector financiero por encima del productivo, genera un escenario en donde las herramientas programáticas estatales tienen serias dificultades para imponerse; los factores exógenos tienen cada vez un peso más decisivo en las decisiones de los estados. La pandemia lo dejó en claro de un modo trágico: los estados y las sociedades debieron atenderla, más allá de su propia voluntad y le impuso  a la política nacional un ritmo crítico que cada país proceso con los recursos y las capacidades que contaba antes de la crisis sanitaria; y allí podemos percibir que los estados que habían retenido o recuperado algunas capacidades de planificación y de intervención, obtienen resultados menos trágicos frente a la acción del COVID-19.

Pero sin dudas el escenario hace mucho más difícil pensar esquemas rígidos de planificación para implementar en el mediano plazo. Por otra parte, los monetaristas han reducido la idea de planificación económica a planes antiinflacionarios, en los que, por otra parte, han fracasado reiteradamente; todavía leemos a ex funcionarios del macrismo con las explicaciones más disparatadas acerca de por qué no solo no redujeron la inflación, sino que la incrementaron. Redujeron la noción de desarrollo económico a una sola variable, y además se muestran sin capacidad para controlarla ¿No es un poco insólito que le demanden al gobierno un plan quienes han destruido la noción de plan económico? Por eso la respuesta de Alberto Fernández es pragmática y no ideológica como la del macrismo: “nos proponemos objetivos y trabajamos para conseguirlos”.

El contexto actual pero también las vías por dónde corre el devenir económico de las últimas décadas, hace difícil pensar en planes a muchos años y las urgencias por atender son muchas.  En estos días el gobierno de la Provincia de Buenos Aires anunció que ayudará a las personas con $500 por día, para hacerles más fácil el asilamiento en los centros preparados. Escuché a una periodista, quizás bromeando quizás no, decir que “le van a pagar a la gente para que se enferme”; solo una muestra para ver hasta donde caló el discurso refractario a la planificación estatal; porque de eso se trata, de un incentivo para planificar un asilamiento que resulte efectivo, como tantas otras iniciativa tomadas. Habrá que reconstruir desde estas contingencias. Y a la vez pensar nuevas dimensiones de una planificación realizable y efectiva. 

 

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