La grieta: una sedimentación de odio

15 de agosto, 2020 | 19.17

Con frecuencia afirmamos que “la historia se repite” sin detenernos a pensar en qué consiste aquello que se repite y permanece estable a pesar de los cambios de época. Se trata de sedimentaciones, fijaciones, modos de satisfacción inconsciente que se comportan como un automatismo compulsivo.

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Todas las culturas presentan sedimentaciones, que se entraman en el cuerpo social, se actúan, organizan las prácticas y los modos de vida. A pesar de ser construidas políticamente poseen una eficacia performativa tal, que se experimentan como si fueran el producto de un orden natural. Una gran parte de lo social sostiene la creencia que impone la sedimentación, que las cosas “son así”. 

Recordemos a manera de ejemplo: varios funcionarios de la gestión de Cambiemos afirmaban que los argentinos habían sido engañados por el kirchnerismo. No era natural que los más humildes pretendieran tener celulares, ir a la universidad o acceder a condiciones de vida impropias de su clase social.

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¿Se pueden reactivar las sedimentaciones? Esa posibilidad es contingente, no está determinada a priori y por lo general no es independiente de la lucha política. El feminismo, en ese sentido, es un faro que orienta. 

Antes de la lucha feminista resultaba imposible pensar que el dominio, la apropiación y el control de las mujeres constituían una fijación sedimentada en la cultura machista y patriarcal, que funcionaba como un automatismo inconsciente. Era “natural” que el género femenino cumpliera con una serie de imperativos por el hecho de ser mujer. 

Como consecuencia de la histórica gesta feminista y, sobre todo, desde la irrupción de la última oleada de ese movimiento, fue posible reactivar la sedimentación cultural que establecía el orden del dominio macho y el rebajamiento de las mujeres. Reactivada la sedimentación, desestabilizada esa “normalidad”, gran parte de lo social tuvo el deseo de deconstruirse y producir un nuevo lazo social más igualitario. 

Sedimentación de odio hacia lo popular

La grieta, bautizada de ese modo por un mediático periodista de la corporación para dar cuenta del conflicto entre kirchneristas    y antikirchneristas, alimentó en la cultura una sedimentación previamente instalada basada en el odio a lo popular. El odio renovado durante el macrismo hacia los “choriplaneros”, “los populistas” o “la grasa militante” comenzó a establecerse muchos años atrás.

La conquista española a finales del siglo xv, portando ideales civilizatorios y evangelizadores, arrasó violentamente con los pueblos originarios –“los indios”–, que fueron menospreciados y considerados inferiores.  

La idea sarmientina de la educación primaria obligatoria como modo de “combatir la barbarie” tenía como contenido privilegiado el desprecio al gaucho “haragán e incivilizado” y la legitimación del genocidio colonialista sobre los pueblos originarios concebidos como los “salvajes de América”. Los “indios” y los gauchos constituían la barbarie de ignorantes que detenían el progreso. 

Civilización y rechazo de la barbarie era una aspiración europeizante, un relato colonizado que encubría la satisfacción en el odio hacia lo popular. Sedimentación que fue conservada y alimentada de manera permanente por los grupos de poder y la adhesión de una parte importante de lo social. 

Desde la década de 1940 la sedimentación de odio a lo popular se nutrió del antiperonismo y alcanzó altos niveles de violencia, como el bombardeo de Plaza de Mayo de 1955, la proscripción del peronismo junto con toda su simbología y luego, durante la resistencia, la cruel persecución a los militantes. 

En la época del terrorismo de Estado del 76 el odio a lo popular adquirió magnitudes inimaginables. Los golpistas afirmaban que venían a combatir a los sectores –llamados por ellos– “marxistas” que pretendían subvertir el orden “natural” establecido. 

El Gobierno de Macri, continuando con el legado del golpe del 55 y del 76, intentó “hacer desaparecer” tanto al kirchnerismo como a su líder, Cristina. Los mensajes comunicacionales de la gestión macrista se basaron en que el kirchnerismo estaba compuesto por un conjunto de corruptos enriquecidos a costa del robo a la obra pública. Afirmaban que la “grasa militante” eran ñoquis del Estado que pagamos todos y que los “choriplaneros” eran vagos que vivían con nuestros impuestos. 

Con el objetivo de destruir al kirchnerismo, el macrismo no sólo alimentó la satisfacción en el odio sino que también, haciendo uso de las operaciones de fake news y lawfare, instaló el fantasma de que Cristina, los dirigentes del kirchnerismo y La Cámpora fueron los corruptos que “se robaron todo”. 

La construcción social del fantasma de robo a través de la insistencia con que “el otro te saca” (te usa, te vive, te roba) se sumó a la vieja sedimentación de odio y desencadenó una paranoia generalizada en un sector de lo social.  

Una locura desatada de una parte de la subjetividad que está en acting: sale a gritar y agredir defendiéndose de un supuesto enemigo construido desde la vereda fascista de la vida.

Deconstruir al Otro-enemigo y construirlo como Otro-prójimo, transformar el odio en conflicto y en amor político forma parte de la deuda interna pendiente en el país.

 

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