El regreso de Macri y la desestabilización en tres pasos

Se basa en la intención de convertir la crisis económica en crisis social y, desde ahí trabajar para que se traduzca en una crisis política que genere incertidumbre ante la llegada de las elecciones de medio término.

17 de octubre, 2020 | 19.00

La historia de la democracia argentina muestra que el uno por ciento más rico de la sociedad cuenta con una diversidad de herramientas para imponer sus intereses en las políticas públicas o neutralizar aquellas que amenazan sus privilegios. Lobby sectorial, presiones mediáticas, fundaciones que aportan cuadros técnicos al Estado, capacidad de daño económico y financiero, sectores judiciales que le responden y, desde 2015, una coalición política a su servicio que cuenta con una base social movilizada.

Néstor y Bush: la historia

Si hay un periodo clave en esta historia es el que va de 1989 a 1991, cuando luego de una larga acción de desgaste, el poder económico consiguió a través del terrorismo financiero que el peronismo traicionara el programa político con el que había sido electo y asumiera, primero, el programa de los grupos económicos locales, y luego uno de consenso con el capital financiero internacional. El hecho de que la dirigencia política haya abrazado ese rumbo con poca resistencia y escasas excepciones, no impide resaltar que los golpes de mercado que provocaron la hiperinflación se demostraron en ese momento como un mecanismo de disciplinamiento social sumamente efectivo, sobre el cual se edificó el consenso de la Convertibilidad, la apertura económica, la desregulación y las privatizaciones.

Por eso ante la llegada al gobierno del Frente de Todos, que representó para el establishment el fantasma de una nueva pérdida de control de un Estado al que considera patrimonio propio, no resulta una novedad observar la repetición de ciertas conductas. Una vez que se reveló ineficaz la vía electoral, se inició una estrategia de cooptación del presidente. Es decir, la repetición sistemática de discursos orientados a fomentar la división entre Alberto Fernández y Cristina Fernández a través de la promesa tácita –y el chantaje consiguiente- de que los problemas del país se aliviarían si el presidente prescindiera del apoyo de la vicepresidenta. Naturalmente, no se trata de un problema de personalidades ni de facciones políticas, sino del rumbo político del gobierno, del programa con el que afronta la reconstrucción del país, de los objetivos económicos que guían su gestión.

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Pero una vez que estos sectores, minoritarios pero poderosos, confirmaron que Alberto defendió una y otra vez la unidad con Cristina, pasaron a alentar todo tipo de acciones desestabilizadoras orientadas a erosionar la autoridad del propio presidente, tal como estamos viendo desde hace varias semanas. El eje del momento está puesto en el terreno económico, donde apuestan a forzar una devaluación brusca que licúe aún más los ingresos de los sectores populares, reduzca los costos laborales, amplifique la ganancia de los grandes exportadores y multiplique la riqueza de las elites que mantienen su patrimonio en el exterior.

Crisis económica, crisis social, crisis política

 

A falta de una sola crisis económica, nuestro país sufre los efectos de dos crisis combinadas: la heredada del macrismo y la que resultó de la pandemia. Si bien lo peor parece haber quedado atrás, el panorama es muy complejo y los esfuerzos del gobierno aún no consiguieron resultados significativos de cara a poner en marcha la economía del país, quizás su principal mandato electoral. Al contrario, la pérdida de 3.757.000 puestos de trabajo en el segundo trimestre del año que reveló esta semana la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC deja en claro la gravedad del momento, que indudablemente sería mucho mayor de no haber intervenido el gobierno mediante programas como el ATP, el IFE, las tarjetas Alimentar, los créditos a tasa subsidiada, etc.

En ese contexto, una devaluación abrupta puede conducir al paso siguiente de la estrategia de disciplinamiento: mediante el impacto inflacionario y recesivo que toda devaluación conlleva convertir la crisis económica en crisis social. De ahí la gravedad de los discursos mediáticos que todos los días “militan” la devaluación.

Pero allí no termina. Si bien el Frente de Todos mostró algunas tensiones internas, descoordinaciones y errores de implementación en diversas materias, todo ello está muy lejos de representar una crisis política que ponga en cuestión la unidad de la coalición gobernante, premisa indispensable para el regreso de Juntos por el Cambio al gobierno. Sin embargo, una crisis social amplificaría las tensiones políticas en la coalición oficialista y supondría mayores exigencias de resultados que los obtenidos hasta ahora. Por esa razón, la estrategia desestabilizadora en tres pasos que estamos observando pasa por convertir la crisis económica en crisis social y, desde ahí trabajar para que se traduzca en una crisis política que genere incertidumbre ante la llegada de las elecciones de medio término.

Es visible que el sector que conduce Juntos por el Cambio está apostando de manera irresponsable por esta estrategia de “cuanto peor, mejor”. Su principal representante, el propio Macri, acaba de afirmar que “en 2023 vamos a volver al gobierno” y que dejó “una economía mejor de la que recibió”. Esta facción opositora esconde detrás de la idea de que “la grieta son valores” que no asume ninguna autocrítica, a pesar del resultado desastroso de su gobierno.

Rodríguez Larreta, por su parte, se esfuerza por mostrar un matiz discursivo diferente, atento a que Juntos por el Cambio no pierda la capacidad de interpelar al centro político. Por eso declaró en el coloquio de IDEA –donde el propio presidente fue abucheado- que "la única manera de sacar el país adelante es terminar con la grieta" y a la vez que “la unidad de la oposición está fuera de discusión”.

Pero esos matices están mucho más cerca de una complementación que de una contradicción. Para que una ruptura sea una posibilidad concreta, ambas partes deberían percibir que sus chances de recuperar el gobierno son mínimas. Por eso, la situación política está en manos del oficialismo, que trabajando para derrotar la ofensiva desestabilizadora también puede consolidar su coalición y, el día de mañana, desatar la incertidumbre en la oposición.

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