Des-armar el odio

25 de julio, 2020 | 19.00

“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, afirmó Spinoza en la Ética refiriéndose a la potencia política de los afectos sobre el cuerpo, fundamentalmente el deseo –conatus–; las potencias se combinan en infinitos modos de hacer lo común. 

"Salir del closet y conquistar el mundo"

Por el contrario, todos saben lo que puede el odio, que para Freud es expresión de la pulsión de muerte y opera en el sentido de la desintegración de las personas, las relaciones y la cultura; una compulsión que se repite sin dialectizarse volviendo siempre al mismo lugar. La satisfacción en el odio, afecto antipolítico, constituye el núcleo ideológico, el arma fundamental de los totalitarismos: nazismo, stalinismo y neoliberalismo. 

El triunfo mundial de la ideología neoliberal fue posible en gran medida gracias a las fijaciones de odio establecidas y sedimentadas en la cultura global. Los totalitarismos utilizan la estrategia del odio y sus derivados, como el racismo, la injuria y la demonización, con dos objetivos. Por una parte, para descalificar y dejar fuera de juego las diferencias que se oponen al discurso único que los caracteriza; por otra parte, la construcción de un objeto hostil y una masa de odiadores seriales constituye un instrumento distractivo fundamental del dispositivo de ocultamiento, que utiliza el poder neoliberal, para  imponer y dominar a la subjetividad. La maniobra no es fácil de detectar porque viene envuelta en una retórica republicana compuesta de frases hechas y palabras vacías. 

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La derecha argentina históricamente se opuso a cualquier medida de gobierno que implique perder algo o realizar una mínima distribución.  Angela Merkel, hace un tiempo, le manifestó a Alberto Fernández que “uno de los problemas de América Latina es que los ricos no quieren pagar nada”. En la Argentina con tal de conservar privilegios el poder reprimió, persiguió, prohibió, hizo golpes de Estado proscribió y continúa dispuesto a inocular el virus del fascismo social en contra del peronismo, presentado como amenaza comunista o populista.

El macrismo, sin violencia visible, desde los sótanos de la democracia realizaba operaciones de inteligencia. El gobierno de Cambiemos, contando con la AFI, Comodoro Py, la corporación mediática y un ejército de trolls, supo administrar el odio en la vida cotidiana a través de los medios y las redes. El rechazo al otro, a la política, al pueblo avanzó con muy buenos resultados colonizadores y antidemocráticos. Por tratarse de una pasión que supone la destrucción del otro en tanto hétero (radicalmente otro), el odio constituye una patología del lazo social. Para Freud el problema de la cultura es el de la coexistencia pacífica con el otro, en consecuencia urge des-armar el odio, deponer las armas.

El grupo Clarín, manifestando absoluta insensibilidad frente a la pandemia, continúa con las fake news, milita la anticuarentena, estimula el cansancio y la angustia social. En nombre de la libertad llama a la desobediencia en las calles imponiendo un clima de confrontación pretendiendo debilitar al gobierno porque no es el que ellos quieren. 

La derecha destituyente avanza a paso redoblado utilizando el mismo modus operandi de los últimos años, periodismo de guerra y  artillería desestabilizadora para instalar odio y desconfianza con guiones operados:  “Alberto no tiene plan económico”, “Albertítere”, “Guzmán es inexperto”, “La cuarentena más larga del mundo”, “Cristina es el cáncer de la Argentina”, “Hay venganza”, “No hay libertad de expresión”, “La muerte de Fabián Gutiérrez es de gravedad institucional”, “La cuarentena está destruyendo la economía”, “Que rompa con Cristina”, y continúa la interminable lista de injuriosas frases.

 

Desarmar el odio

El neoliberalismo no es posible sin un sentido común colonizado y una élite de angurrientos dispuestos a cualquier expresión de odio con tal de continuar concentrando y reproduciendo su proceso de acumulación ilimitado. Lo que se está jugando hoy es cómo salimos más que de la grieta, del abismo de odio desestabilizador y antipolítico que continúa creciendo.

Los grandes pensadores que se ocuparon de reflexionar sobre lo común, como Spinoza y Freud, a pesar de sus diferentes concepciones, se toparon con el odio como obstáculo al lazo social y a la construcción cultural. Ambos concluyeron que un régimen afectivo no se desvanece por la vía de los argumentos o las ideas sino por un régimen afectivo nuevo, más fuerte y de sentido contrario. Spinoza opondrá las pasiones alegres y democráticas a las tristes, que utiliza el tirano impotente para debilitar y dominar.  Por su parte, Freud sostendrá que Eros, que consiste en un posicionamiento a favor de la vida y las unidades cada vez más amplias y amorosas, puede funcionar como retrasos, rodeos de la pulsión de muerte. 

Frente al odio neoliberal habrá que oponerle otra afectividad de sentido contrario: el pueblo, cuya materialidad es el amor político, surge como la figura privilegiada de un contrapoder que, a pesar de no tener los medios de comunicación, incida y gane la opinión pública de modo pacífico y democrático. Esto significa la incesante construcción, desde las bases, de un “nosotros” de cuerpos militantes y un modo antifascista de vivir.

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