Creencia, tecnologías y subjetividad colonizada

14 de junio, 2020 | 00.05

El coronavirus destrozó algunas creencias que en el sentido común funcionaban como certezas indiscutibles: la omnipotencia del mercado, la ciencia y las nuevas tecnologías entre otras. Cada una de ellas presenta su especificidad, aparición histórica y desarrollo particular, coincidiendo en constituir eslabones fundamentales del actual dispositivo de poder. La fe en ellos, como pilares idealizados de la civilización contemporánea, los erigió como nuevos dioses ante los que había que someterse.

Los dispositivos son aparatos que instalan prácticas, creencias y formas de vida, reproduciendo indefinidamente el sistema de dominación capitalista. El gran éxito del capitalismo neoliberal es gobernarnos no contra nuestra voluntad, sino gracias a ella y a través de ella, convenciéndonos de que la situación en la que nos encontramos es el resultado de nuestras elecciones y decisiones.

El prestigio hegemónico de la ciencia y del mercado desde hace años que viene en caída; ambos mostraron sus “hilachas”: intereses non sanctos y falta de neutralidad de los expertos. La pandemia produjo el golpe final: la ciencia establecida se mostró agujereada, sin poder dar respuestas, exhibiendo sus fisuras e incompetencia. Por su parte el mercado global se desplomó y los países salieron a llamar a los Estados y a la salud pública para que se hicieran cargo del caos, el hambre, la crisis sanitaria y económica planteada.

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La situación difiere respecto de la creencia en la omnipotencia de la técnica actual, a pesar de que el coronavirus demostró también su inconsistencia. Las más sofisticadas tecnologías, la vigilancia global, la inteligencia artificial, fracasaron para prevenir la pandemia, y el supuesto control digital absoluto de las potencias mundiales no pudo evitar la propagación del virus.

Sin embargo, a pesar de este fracaso, se insiste con la hipótesis del futuro digital para la humanidad, la posibilidad de un panóptico global y una vida condenada a la casi absoluta virtualidad como destino irreversible.

Gran parte de la subjetividad repite esa clase de teorías que se van instalando en el sentido común con eficacia performativa. Son argumentos producidos por algún filósofo de moda en base a sus conjeturas, las corporaciones tecno y los think tanks. 

La virtualización de la vida representaría una gran oportunidad para Apple, Microsoft, Amazon, Google y Facebook, razón más que suficiente para que sus expertos y management pretendan instalar la creencia de que, superado el coronavirus, habrá nuevas e inevitables pandemias. La mayor seguridad, afirman, consistirá en eliminar los intercambios presenciales y digitalizar las vidas, argumentos que resultan tan obvios como peligrosos. El capitalismo siempre aprovecha las crisis para aumentar sus ganancias. La coyuntura de la cuarentena con el encierro de escala mundial y la reconversión a la virtualidad de la vida, presenta un terreno propicio para instalar la creencia en un mundo nuevo, gobernado por las tecnologías actuales.

Si bien la mayoría de las actividades -educación, trabajo, ocio, consumos culturales, psicoanálisis, actividad física y hasta el sexo- pasaron a requerir un soporte digital, no hay nada que indique que este estilo de vida casi absolutamente virtual haya venido para quedarse.

El poder instala en la subjetividad creencias y afectos, angustia y miedo, para que la crisis juegue a favor del mercado y las corporaciones. Mientras sostiene en nombre de la libertad que hay que levantar la cuarentena, realiza el marketing que impone las “ventajas” de la virtualidad. Acto seguido pone en marcha la maquinaria de identificación, sugestión y “contagio” de las ideas, que culmina naturalizándose, ganando el sentido común.

Se trata de una operación de imposición, una psicología de las masas que constituye el modo social privilegiado para la obediencia inconsciente. En medio de la pandemia, a pesar de haber constatado la impotencia de las tecnologías para lograr el control del virus, la subjetividad mantiene la creencia en la omnipotencia de las nuevas tecnologías y en un destino virtual inevitable; estamos ante un nuevo caso de colonización de la subjetividad. Sin embargo el análisis no se agota con las operaciones que realiza el poder, porque la subjetividad no es una marioneta ni una víctima pasiva.

Los dispositivos conocen muy bien la estofa con la que está hecho el sujeto y, montándose sobre esa materialidad, ofrecen mecanismos para redimir sus faltas. Por haber nacido indefenso, el sujeto se constituye a partir del apego y la dependencia del Otro, lo que lo vuelve carne de cañón para creer en la omnipotencia del Otro, de aquel que supuestamente posee lo que al sujeto le falta. Así, desfilará una serie de encarnaciones de este Otro que se inicia con la madre,  siguiendo por el padre, Dios y finalmente cualquiera que ocupe ese lugar: la ciencia que lo protegería de las enfermedades y limitaciones, el mercado con la promesa de libertad y felicidad, etc.

Hoy Apple, Google, Microsoft y un largo etcétera, conforman los sistemas capaces de responder todas las preguntas de los usuarios y sugerir los productos adecuados para cada momento de la existencia. Son “asistentes” dedicados a ayudar, conseguir amigos, amores, ofrecer “lo mejor” en cada instante, colmando faltas y conduciéndonos con el GPS por el camino de “la felicidad”. La creencia en la omnipotencia de las nuevas tecnologías nos protegerá de las próximas plagas que, se dice, azotarán cada vez más al planeta. Este mito cuasi religioso desdibuja la propia operación que realiza el sujeto de adjudicación del poder al Otro, encubriendo al mismo tiempo que la supuesta solución es en realidad el problema: sometido a los dispositivos “salvadores”, el sujeto afirma su sometimiento inventándose un nuevo amo.   

Si la inteligencia artificial y la vida absolutamente virtual se consuman será, una vez más, por la complicidad de una subjetividad colonizada, que vuelve a delegar en las corporaciones el poder de mando. 

Con el coronavirus quedó demostrado que ha llegado la hora de dedicarse a la construcción de un nuevo orden, y que el mismo deberá ser gobernado por la política democrática. La fase que se avecina presenta dos posibilidades para la subjetividad, constituyentes de la alternativa en la que se decidirá el destino de nuestra civilización: estamos convocados a elegir entre la supuesta seguridad del sometimiento a los imperativos del mercado, o la invención del camino de la emancipación, que supone el riesgo de un andar sin garantías.

 

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Nora Merlín

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