¿Rusia sancionada? La dimensión económica mundial del conflicto en Ucrania

Ante la creciente ofensiva de las potencias occidentales, cuáles son los sectores rusos más afectados, cuáles han sido los resultados y qué perspectivas tiene Moscú para este año y el próximo.

13 de mayo, 2022 | 00.05

El pasado 24 de febrero, Rusia lanzó una “operación militar especial” en Ucrania, escalando un conflicto que rápidamente desató la intervención de “Occidente”, bajo el liderazgo y coordinación de la OTAN. Ese mismo día, el Gobierno ucraniano pidió sanciones económicas que vendrían sólo unos días después. Instrumentadas por los Estados Unidos y Europa, las mismas se fueron aplicando con muchas vacilaciones y tensiones, producto del temor de que produjeran un “efecto boomerang” sobre los países del viejo continente, principalmente en el suministro de materias primas desde Rusia. 

Cinco días después del inicio del conflicto armado en gran escala, el 1 de marzo, el Departamento del Tesoro (ministerio de economía) de los Estados Unidos anunció la prohibición de todas las transacciones con el Banco Central de Rusia, mientras que la Unión Europea informaba oficialmente una nómina de bancos rusos que serían excluidos del sistema de comunicaciones financieras, SWIFT. En la misma aparecieron VTB Capital Bank PJSC, Bank Rossiya, Bank Otkritie, Novikombank, Promsvyazbank PJSC, Sovcombank PJSC y el Banco Ruso de Desarrollo - VEB.RF. Esta última entidad había sido nombrada por las potencias occidentales como la “opción nuclear” de las sanciones financieras (El Cronista, 01/03/2022).

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Al mismo tiempo, se establecía el congelamiento de los activos del Banco Central Ruso en el extranjero. Como consecuencia, la moneda rusa se desplomó cerca de un 30% frente al dólar estadounidense. En este escenario, el ministro de Economía francés, Bruno Le Maire, afirmó: “Estamos librando una guerra económica y financiera total contra Rusia, Putin y su gobierno, y seamos claros, el pueblo ruso, también pagará las consecuencias”. El presidente ucraniano, Volodomir Zelensky, festejó la decisión afirmando que las sanciones financieras realizadas significaban la “desconexión de la civilización financiera global” (Financial Times, 04/03/2022).

Mientras la Federación de Rusia recibía sanciones de todo tipo, la República de Ucrania colocó nuevos bonos en los mercados para financiar la guerra y recibió una asistencia inmediata de U$S 1.400 millones por parte del FMI. Es decir, las asistencias económicas y financieras sobre el país del Cáucaso fueron las primeras maniobras de “occidente” para lograr sostener el conflicto y proyectarlo en el tiempo. La primera asistencia fue económica, la segunda de mercenarios (“voluntarios”) y, finalmente, armamentística. Tres aportes escalonados en una guerra convencional donde Alemania y los Estados Unidos, piezas claves de la conducción de la OTAN, no quieren, por distintos motivos, ingresar de manera directa, es decir, con “propia tropa”. 

La guerra financiera no es sólo decretada por los gobiernos

Las “sanciones” económicas no vinieron solo de la mano de los Estados. Decenas de empresas globales de todos los sectores de la economía, principalmente de origen estadounidense y europeo, realizaron un cese oficial de sus actividades en Rusia. Entre ellas, las gigantes tecnológicas de Google, Apple, Meta, Disney, así como algunas de las principales empresas energéticas globales, como Shell, o de fabricación de automóviles como Toyota, Ford y General Motors, entre muchas otras.

En el ámbito financiero, Visa, Mastercard y American Express anunciaron la suspensión de sus negocios en Rusia. Su objetivo fue impedir el normal funcionamiento de los sistemas de pagos, tanto en la economía interna como externa. El Financial Times definió esta situación como “una guerra financiera a gran escala de naturaleza y alcance inauditos” (FT, 04/03/2022). Este fue un gran golpe sobre el mercado de pagos ruso. En 2020, el 74% de las transacciones con tarjetas de crédito en Rusia se hicieron a través de Visa y Mastercard.

Por supuesto, Rusia no se quedó de brazos cruzados. Como respuesta a las diferentes sanciones, Moscú decretó un plan de protección de su economía que incluía, entre otras cosas, la prohibición de transferencias de divisas al extranjero por una cantidad superior a 10.000 dólares, la suspensión de las actividades de la bolsa de Moscú y la obligación de los exportadores rusos de convertir en rublos el 80% de sus ingresos obtenidos en monedas extranjeras desde el 1° de enero de 2022. Días después, el Banco Central Ruso prohibió la venta de divisas a sus ciudadanos y, ante el bloqueo de las tarjetas de crédito,  comenzó a trabajar con otros bancos para emitir tarjetas con su propia red de marca, Mir, que al 22 de marzo ya contaba con 75 millones de tarjetas de débito en toda Rusia. Además, UnionPay, empresa china, se asoció con 30 bancos locales rusos y emitió más de 4 millones de tarjetas desde el 6 de marzo (La República de Colombia, 22/03/2022). 

A las presiones también se sumaron los gigantes de la red financiera global.  Más de 26 empresas de gestión de activos extranjeras que operaban en Rusia congelaron los fondos con exposición significativa a dicho país.  Destacaron las sanciones de JP Morgan, BlackRock, Amundi Asset Management, Ubs Investment Bank, Bnp Paribas, Abrdn PLC, Schroders y Pictet Asset Management, entre otras. (FT, 04/03/2022)

Ucrania se ha transformado en un escenario del tablero global, donde juegan los grandes actores, y donde también se está debatiendo la pulseada por quién impondrá las reglas del juego en el comercio, las finanzas y el desarrollo tecnológico en los tiempos que acontecen. 

Rusia ante las sanciones

A pesar de los resultados catastróficos que se anunciaron, la realidad sigue indicando que todavía Rusia puede resistir las presiones, demostrando capacidad de anticipación y de respuesta. Cabe suponer que el Gobierno ruso previó la posibilidad de las sanciones financieras en su decisión de avanzar en la operación desplegada sobre Ucrania, territorio en la mira desde hace tiempo por las fuerzas de la OTAN y sus aliados.

Existen dos hechos destacables en relación a las sanciones. En primer lugar, la desconexión del sistema SWIFT no es total, ya que sigue permitiendo el pago de hidrocarburos (gas y petróleo), los suministros claves que aún Europa necesita, a pesar de haber anunciado una “desconexión” paulatina, lo que le permite a Rusia seguir recibiendo ingresos por sus principales recursos de exportación.

Por el otro, las sanciones no son nuevas. La exclusión financiera recae sobre “algunos bancos”, que ya habían sido sancionados, principalmente durante el conflicto de Crimea. Ya en 2019, frente a amenazas de desconexión del SWIFT, el Banco Central de Rusia informó el desarrollo de una plataforma alternativa, el SPFS, y la unión al Sistema Internacional de Pagos de China (CIPS). A pesar de que ambos sistemas no cuentan con el desarrollo suficiente para enfrentar al SWIFT, es lo que le ha permitido a Rusia sostener el flujo de sus transacciones internas y hacia China, su gran aliado económico, político y estratégico, evitando así el colapso de su economía doméstica. 

Además, la Federación Rusa pudo hacer frente a sus pagos de deuda externa pendientes, en principio en rublos, lo que le valió la calificación de “situación de impago de deuda” por parte de calificadoras como Standard & Poors. Finalmente, logró también realizar los pagos previstos en dólares. 

El pasado 18 de abril, el presidente Vladimir Putin llegó a afirmar que “la estrategia de la guerra relámpago económica (de Occidente) ha fracasado”, e informó que la balanza de pagos en el primer trimestre se ubicó en un "máximo histórico” de U$S 58.200. “Rusia ha resistido una presión sin precedentes. La situación se está estabilizando”, agregó el mandatario (Ámbito, 22/04/2022).

En el mismo sentido, esta semana la agencia Bloomberg informó que el rublo es la moneda con mejor desempeño del mundo en lo que va del 2022, con un crecimiento de 11% frente al dólar estadounidense, lo que lo ubica en niveles mayores a los que registraba  previo al conflicto bélico.

Hace unos días, el Ministerio de Finanzas de Rusia salió a desmentir un informe de la Agencia Bloomberg que afirmaba que el Producto Bruto Interno (PBI) ruso caería en un 12% durante 2022, según el Ministerio. A finales de abril se publicaron las estimaciones del Banco Central de Rusia, que prevé una contracción de entre 8% y 10% este año, debido a que “el entorno externo de la economía rusa sigue siendo desafiante y limita significativamente la actividad económica”, pero agregó que volverá a “crecer rápidamente en 2023, gracias a una transformación económica estructural”. Al mismo tiempo, la entidad monetaria recortó la tasa de interés de referencia de 17% a 14% ya que “los riesgos para los precios y la estabilidad financiera dejaron de aumentar”, dando una señal de fortaleza a su economía (Deutsche Welle, 29/04/2022).

Por su parte, el informe de Perspectiva Económica Mundial del FMI anunció que la producción global se desacelera este año a 3,6 %, en contraposición a un pronóstico inicial que en enero establecía un de 4,4%, es decir, de 1,2% más. Pierre-Olivier Gourinchas, economista jefe del FMI, dijo que “las perspectivas económicas mundiales se han visto seriamente afectadas, en gran parte debido a la invasión rusa de Ucrania” (La Nación, 19/04/2022). Pareciera, entonces, que la guerra económica contra Rusia ha tenido enormes efectos. Sin embargo, la mayoría de los mismos terminan por golpear a otros territorios, debido a su creciente impacto en el comercio internacional y el agravamiento  de la crisis energética y alimentaria. Allí, Argentina no es la excepción.

La guerra como manifestación de una crisis estructural

El 24 de marzo, Larry Fink, CEO de BlackRock, el gestor de activos más grande del mundo, declaró que “la invasión rusa de Ucrania ha puesto fin a la globalización que hemos experimentado en las últimas tres décadas. Las empresas y los gobiernos también analizarán de forma más amplia sus dependencias de otras naciones”, y advirtió que  “el impacto potencial de la guerra de Ucrania se verá en la aceleración de las divisas digitales” (Financial Times, 24/03/2022).

La batería de sanciones de “occidente” sobre Rusia encendieron también las alarmas en Pekín. China se reunió el 22 de abril con los grandes bancos para tratar de proteger sus activos de las sanciones de Estados Unidos y Europa. “La administración del presidente Xi Jinping ha mantenido un apoyo incondicional a Vladimir Putin durante toda la crisis, pero los bancos y las empresas chinas siguen siendo cautelosos a la hora de realizar cualquier tipo de negocio con entidades rusas que pueda desencadenar sanciones estadounidenses”, afirmó el Financial Times. El medio británico agregó que esa reunión “incluyó a funcionarios del banco central y del ministerio de finanzas de China, así como a ejecutivos de docenas de prestamistas locales e internacionales, como el HSBC” (Financial Times, 1/05/2022).

La crisis estructural que transita el sistema económico tiene un largo recorrido, pudiendo considerar el conflicto bélico tan sólo como “la continuidad de la pandemia, por otros medios”. La aceleración de las transformaciones orgánicas, que están pariendo una nueva fase en el sistema económico mundial, están desplegando una guerra más profunda, por la imposición y conformación de un nuevo orden mundial que avanza, preocupantemente, hacia un momento estratégico-militar.

La digitalización plena de la economía, la relocalización de los centros productivos, la reconfiguración de las cadenas de suministro, la imposición de una transición energética que disminuya la dependencia de recursos geográficamente situados en otras naciones, son algunas de las transformaciones en pleno desarrollo. En este escenario, las disputas se recrudecen y, como dice esa antigua premisa de Maquiavelo, el fin parece justificar todos los medios.

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Paula Giménez

Psicóloga, magister en Seguridad de la Nación y en Seguridad Internacional y Estudios Estratégicos. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

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