Hacia una nueva normalidad: estrategias de supervivencia en tiempos de COVID19

17 de mayo, 2020 | 00.05

¿Qué es la normalidad?

EL APRIETE DE LOS ANTICUARENTENA

Podemos encontrar algunas respuestas a esta pregunta, pero en el fondo tenemos que acordar en que sólo son definiciones. Definiciones en las que nos ponemos mas o menos de acuerdo y que tienen el paradojal efecto que, a pesar de que todos creemos entender de qué hablamos cuando hablamos de normalidad, muchas de ellas son contradictorias entre sí. La misma cuestión aparece si nos adentramos en la definición de vida. O para definirlo mejor ¿Qué está vivo y que no?

Estas preguntas terminan siendo pertinentes en tiempos de pandemia de COVID19 (el nombre de la enfermedad) que está siendo producida por el SARSCoV2 (el nombre del virus). Por que muchas veces nos preguntamos, ¿cuán diferente será la normalidad post pandémica a lo que estábamos acostumbrados? ¿Cuánto tiempo se mantendrá esa nueva “normalidad”? ¿la presencia de nuevas tecnologías (vacunas o tratamientos, por ejemplo) desarrolladas por los seres humanos, cambiará el panorama? ¿cuánto deberemos esperar? ¿será inevitable apelar a lo que se denomina inmunidad comunitaria para superar la pandemia?

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Quizá adentrarnos en el mundo de los virus y las epidemias, y en la del COVID19 en particular, ayude a vislumbrar algunas posibles respuestas.

Si bien todavía se dice que existe una discusión acerca de si los virus están vivos o no, lo que realmente discutimos es si los virus se adaptan a “nuestra” definición de vida. Esa definición está íntimamente ligada a la percepción de la célula como la unidad mínima de los seres vivos. Una célula es una entidad aislada del ambiente que es capaz de captar energía del exterior para realizar trabajo (a través de lo que llamamos metabolismo) y que tiene un programa que puede transmitirse a su descendencia con relativa certeza y que le permite reproducirse, censar el ambiente, recibir estímulos, adaptarse a los cambios y evolucionar. Un virus es un organismo, que tiene al menos dos fases en su ciclo de vida (y aquí hay un spoiler de mi opinión al respecto): una fase acelular donde no es más que un conjunto de materiales sin metabolismo, casi inerte, y una fase celular cuando logra infectar a las células de otro organismo allí se reproduce, se adapta y evoluciona. Por ello son parásitos obligatorios, que requieren de otro organismo diferente para existir. Los virus pueden haber surgido de elementos genéticos móviles, pre-celulares en la historia, que impulsaron e impulsan la evolución y la generación de nuevas especies de organismos celulares.

Los virus poseen un organismo que actúa como su anfitrión natural. En ese tipo de anfitrión normalmente no hay enfermedad derivada de la infección y el virus se asegura su mantenimiento en la naturaleza. Hay virus de bacterias, de plantas, de hongos de animales…. De todos los tipos celulares que existen. Cuando un virus “salta” de su anfitrión natural a otra especie de organismo, normalmente produce una enfermedad en el nuevo anfitrión secundario. De cualquier forma, los organismos entre los que “salta” un virus deben estar relacionados genéticamente. Por ejemplo, los seres humanos no podemos ser infectados por virus de plantas, pero si, en cambio por virus que tienen como anfitrión natural otro animal, y mucho más si se trata de un mamífero. Por eso, solemos ser afectados por virus de cerdos, de roedores o de murciélagos con mucha más frecuencia que de otros seres vivos.

Cada vez que un virus encuentra un nuevo anfitrión, luego de “saltar” entre especies, ambos, el virus y el anfitrión cambian. En Biología estos cambios suelen responder a una dinámica que se describe por la así denominada “hipótesis de la reina roja”.

-Aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido", le dice la Reina Roja a la infortunada Alicia en la obra de Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas, 1865). En Biología debería leerse – tenes que cambiar continuamente para mantenerte vivo.

Si nuestro sistema inmune cambia para destruir al virus, el virus está obligado a cambiar o morir. Si el virus cambia para convertirse en más patógeno, somos nosotros los que podemos morir. Sin embargo, como los virus dependen de los organismos celulares para reproducirse, si un virus es demasiado mortal para su anfitrión celular, probablemente lo mate, y al mismo tiempo, si no encuentra la vía de transmitirse a otro individuo sano, también morirá. El virus del Ébola (cuyo anfitrión natural son unos murciélagos africanos), tan mortal que mata a su anfitrión humano soló de 2 a 5 días después de la infección, raras veces ha producido epidemias que afectaran a un número importante de personas, con excepción de la epidemia de 2014 a 2016 (que tuvo casos en África, Europa y EEUU).

En definitiva, la mejor estrategia evolutiva para los virus es convertirse en atenuados para su anfitrión, permaneciendo el mayor tiempo posible dentro del mismo y poder transmitirse a la mayor cantidad de anfitriones posibles.

Esta es una de las razones por la cual, las pandemias de gripe (provenientes de virus cuyos anfitriones naturales son aves y cerdos) que asolaron a la humanidad se fueron convirtiendo en enfermedades más manejables, temporada a temporada después de su aparición. ¿Esto podrá suceder con el SARSCoV2 como anuncian algunos?

Por supuesto que sí. Pero ¿Cuál es el costo en vidas humanas de esta adaptación?

La pandemia de gripe de 1918 produjo más de 20 millones de muertes en todo el mundo antes de “atenuarse”. Otras pandemias de gripe durante el siglo XX o la única pandemia de gripe que hasta el momento surgió durante este siglo, en 2009, fueron menos graves. La gravedad de cualquier pandemia depende de las características del virus, del desarrollo socioeconómico de la humanidad y de nuestro comportamiento, entre otros factores. No sabemos que tragedia global en vidas conllevará la pandemia de COVID19 al final de su recorrido, pero en todo caso debemos estar precavidos, sobre todo teniendo en cuenta que la población mundial se multiplicó por 4 desde 1918.

Si la atenuación del virus hasta encontrar su nueva “normalidad” en relación con nuestra especie va a implicar millones de muertes, ¿no será necesario que agotemos todo nuestro esfuerzo colectivo e individual para evitar que eso suceda?

Diferentes naciones y territorios están realizando esfuerzos en ese sentido. Todos tienen que ver con disminuir la transmisión del virus entre nosotros, diferentes apelaciones al distanciamiento, a prácticas saludables, al lavado corriente de manos, al uso de tapabocas, y diferentes tipos de cuarentenas, van en ese sentido.

Es cierto que no “todos” han elegido ese camino. Van como ejemplo algunas declaraciones de líderes mundiales de diferente signo político para comprenderlo:

Donald Trump (presidente norteamericano) (22/1) "Todo va a ir bien. Lo tenemos todo bajo control"; (9/2): “Como ya dije, para abril o durante el mes de abril, el calor habitualmente mata a este tipo de virus. Lo tomamos como un problema muy menor”. (6/3) "Me gustan estas cosas. Realmente, lo entiendo. La gente se sorprende de que lo entienda. Todos estos doctores (presentes en la rueda de prensa) me dicen: '¿Cómo sabe tanto de esto?'. Quizá tenga una habilidad natural. Quizá debería haberme dedicado a esto en vez de presentarme a presidente". (12/3) "Va a desaparecer (...) gracias a lo que yo hice y a lo que la Administración hizo con China. Tenemos sólo 32 fallecidos". (8/5) “El coronavirus va a desaparecer sin vacuna y no vamos a volver a verlo, con suerte, tras un periodo de tiempo”

Boris Johnson (Primer ministro británico), (3/3). “Deberíamos seguir con nuestra vida como siempre”, (12/3). “Una de las teorías es que hay que bancársela, tomarlo como viene y permitir que la enfermedad circule a través de la población y generar inmunidad comunitaria”.

Jair Bolsonaro (presidente brasilero), (10/3) “El tema del coronavirus que a mi entender esta siendo sobredimensionado” (25/3) “El virus llegó, lo estamos enfrentando y rápidamente pasará, será como una gripecita o un resfriadito” (1/4) “La población tiene que ser informada que el virus es como una lluvia, las personas se van a mojar pero no van a morir ahogadas” (14/5) “Para comparar Argentina con Brasil hay que hacer la cuenta por millón de habitantes”

Jeanine Añez (dictadora boliviana) (27/4) “Vamos a vencer esta pandemia, ayunemos y oremos y estaremos a salvo”

Andrés Manuel López Obrador (presidente mexicano) (23/3) “Sigan llevando a sus familias a comer a los restaurantes, a las fondas porque eso es fortalecer la economía”.

En el fondo hay una tensión entre aquellos gobiernos que priorizan explícitamente la salud de la población (como el gobierno argentino) y aquellos líderes que prefieren sostener las actividades económicas abiertas a cualquier costo. La experiencia general indica que independientemente de la prioridad que oriente las decisiones, la economía mundial va a sufrir muchísimo, por lo que poco se entiende el argumento de quienes dicen priorizar la “economía”. De cualquier forma, es importante que aportemos argumentos para discutir algunas de las afirmaciones que estos líderes señalados más arriba lanzaron al público como justificación de sus acciones. Debo reconocer que no me siento capacitado para discutir la afirmación de la dictadora boliviana, así que me disculpo de antemano por ignorarla.

Voy a utilizar algunos gráficos para mostrar el estado de situación, los dos gráficos son en el fondo el mismo, pero nos permiten observar grupos de países diferentes. En ellos, hemos analizado los fallecimientos por COVID19 en todos los países según se reportan en la OMS. Para poder comparar las estrategias que han seguido las naciones, todas las curvas individuales empiezan el día que se produjo el primer fallecimiento en cada país. Además, el número de casos fue dividido por la población para estimar, lo que se muestra en el gráfico, el número de fallecimientos por millón de habitantes en cada territorio (eso además para que no digan que no escuchamos a Bolsonaro).

El gráfico 1 muestra la imagen global. Resaltan los países donde la pandemia está produciendo más estragos sociales en relación con su población. Son, en este orden, Bélgica, España, Italia, Reino Unido, Francia, Suecia, Holanda, Irlanda, Estados Unidos y Suiza, que tienen entre 200 y 800 fallecimientos por COVID19 por millón de habitantes. Un poco más abajo siguen Canadá y Ecuador (líneas rosa y verde, con 148 y 140 fallecimientos por millón, respectivamente). Todos estos países, decidieron no tomar medidas de aislamiento social o las tomaron una vez que la epidemia avanzó mucho en sus territorios. Por el contrario, Argentina y un grupo reducido de países, decidieron actuar rápido. Argentina y Nueva Zelanda, los más rápidos de todos, aplicaron cuarentenas importantes cuando tenían apenas 100 casos confirmados. Otros, como Australia, los siguieron un poco más adelante.

En la gráfica 1 no podemos observar el comportamiento de aquellos países que hasta hoy tienen pocos casos con relación a sus habitantes. Para ello, recurrimos a hacer un zoom de la parte inferior de la gráfica 1. En la gráfica 2, mostramos con los mismos datos y colores, todos los casos que llegan como máximo a 70 fallecimientos por millón de habitantes. Aquellos otros países que resaltamos en la gráfica 1 todavía se ven aquí, pero se van de escala. Para el observador meticuloso quiero indicar que todos los países fueron graficados y están representados por las líneas grises sin identificar que muestran el fondo de comportamiento global. Solo resalté algunos comportamientos para poder incorporarlos en esta discusión.

En Sudamérica, también los países que menos políticas de aislamiento social implementaron son los que obtienen peores resultados en términos de vidas cuidadas. Ecuador, Brasil, Perú y México, que ignoraron, o siguen ignorando las consecuencias de esta pandemia, tienen aumentos diarios vertiginosos de fallecimientos. Argentina, Colombia, Uruguay y Paraguay, por ejemplo, muestran aumentos mucho más pausados, mientras Chile y Bolivia tienen un comportamiento intermedio. Para tranquilidad del presidente brasilero, el área sombreada en amarillo claro muestra la diferencia entre Brasil y Argentina día a día después del inicio de los fallecimientos en cada país. Dos semanas después del primer caso, el comportamiento de Argentina y Brasil era muy parecido. Sin embargo, las políticas de aislamiento activas en un país, versus la desidia presidencial en el otro condujeron a la diferencia mostrada hasta ahora (7,4 muertes por millón en Argentina vs 62,8 en Brasil).

Algunos países, como Australia o Corea del Sur han logrado aplanar la curva (tanto de casos confirmados, que no mostramos aquí, como de fallecimientos). Nueva Zelanda, además de haber logrado aplanar la curva, está pensando en una estrategia para erradicar el virus de su territorio. En estos países, con culturas diferentes y gobiernos de distintas orientaciones políticas, ya sea de centro izquierda como el presidente surcoreano Moon Jae-in y la primera ministra neozelandesa Jacinda Andern o de derecha como el primer ministro australiano, Scott Morrison, la epidemia de coronavirus se tomó con seriedad y se implementaron diferentes tipos de políticas para su contención. Corea del Sur practicó un seguimiento de las personas muy estricto, utilizando las herramientas del big data para determinar el posicionamiento individual y rastrearon a todos los contactos de las personas infectadas disminuyendo drásticamente la transmisión viral luego de un comienzo vertiginoso. Esta metodología raramente pueda ser utilizada en Argentina por cuestiones éticas, culturales o tecnológicas. Australia y Nueva Zelanda restringieron la movilidad de las personas, y tomaron medidas de cuarentena. Si bien ambos países tienen sus curvas achatadas, y están pensando en tomar medidas que relajen las cuarentenas, estas medidas fueron más estrictas y tomadas más tempranamente en Nueva Zelanda, lo que llevó a una curva de contagios y muertes significativamente menor a la australiana. Por sus características insulares y baja población (4,6 millones de habitantes), Nueva Zelanda está en una posición expectante para erradicar el virus, si además fuera completamente capaz de evitar el ingreso de nuevos infectados en el país.

A pesar del aumento de casos y muertes durante los últimos días en nuestra nación, hay que resaltar que el gobierno argentino desde el principio decidió una estrategia más similar a los países oceánicos que a la de los países europeos, Estados Unidos o Brasil. Argentina decidió cuidar la economía después de cuidar a la gente.

Los otros países optaron por intentar cuidar la economía desentendiéndose, o casi, de lo que le pasara a la gente, por lo menos hasta que la cantidad de fallecimientos diarios mostró la ineptitud de la clase gobernante. En el fondo, los recursos discursivos de los líderes políticos de los países centrales están sostenidos en la creencia de que la solución a la pandemia provendrá de lo que Boris Johnson denominó inmunidad comunitaria. Un relato que el expresidente Mauricio Macri recomendó utilizar en Argentina. Este es un concepto que proviene del área de la vacunología, y que implica que cuando existe un porcentaje alto de la población que posee inmunidad contra un patógeno, entonces aquellos miembros de la comunidad que no tienen (o no pueden desarrollar) inmunidad, estarán protegidos por “el rebaño”. Imaginemos, si una persona está infectada con un virus, y llega a un territorio donde el 95% de una población tiene inmunidad contra ese virus, la enfermedad tendrá pocas chances de esparcirse, aún entre las personas que no tienen inmunidad. Esto se debe a que existe poca probabilidad para que la persona infectada se encuentre con (y pueda consecuentemente transmitir el virus a) una persona sin inmunidad, ya que estas representan sólo el 5% de la población. El rebaño las protege. En cambio, si sólo el 50% de las personas tuvieran inmunidad, es fácil darse cuenta que la persona infectada (y el virus) tendrá muchas chances de encontrar un individuo sin inmunidad y que además, ese individuo infectado nuevo, tendrá también muchas chances de encontrar a otro… y así sucesivamente, esparciendo la enfermedad como un reguero de pólvora. Todo correcto hasta aquí, pero para comprender la magnitud del desastre al que nos convidan quienes abogan por la solución de la inmunidad comunitaria, podemos ver que en los 10 países con peores tasas de mortalidad en su población (que señalamos antes), el virus fue detectado en menos del 0,5% del total de su población. A pesar de ello, esos países soportan la tragedia de más de 223.000 muertes en conjunto. Aún en el escenario irreal de que estos países centrales, con suficientes medios tecnológicos, sólo detectaran 1 de cada 10 infectados, al virus le quedaría todavía la posibilidad de infectar al 95% de la población, con la consiguiente catástrofe sanitaria. No es ese el escenario en que yo elegiría vivir. Aquellas personas que no suelen preocuparse por los problemas del conjunto deberían entender que, en términos ecológicos, el virus es un predador (nosotr@s somos sus presas) que tiene un acceso democrático a nuestros cuerpos. Si bien las consecuencias no siempre lo son (democráticas, digo), todos y todas nos vemos afectad@s y podemos ser víctimas de esta enfermedad.

Por el contrario, el escenario de protección por el rebaño es un lugar elegible si se lograra desarrollar y administrar masivamente una vacuna protectora y segura. La vacuna imita al virus, pero no lo es. Las personas vacunadas, generan inmunidad contra el virus, pero no se enferman por COVID19, y mucho menos mueren en ese proceso. Si bien es poco probable que logremos desarrollar una vacuna de este tipo en menos de un año, esta posibilidad es una de las causas por las que debemos cuidar la salud de la mayor cantidad de gente posible, hasta el momento que logremos desarrollar esa tecnología. Cuando exista una vacuna, las personas sanas podrán salir a la calle retomando una vida “normal” muy parecida a la “normalidad” pre-pandémica. Hasta tanto eso suceda deberemos adaptarnos. Probablemente, antes que una vacuna, aparecerán tratamientos eficaces contra la infección que, si bien no impedirán que nos enfermemos, ayudarán en mitigar los síntomas de la enfermedad y, fundamentalmente, disminuirán la cantidad de casos graves y críticos que requieren de hospitalización y de tecnologías complejas.

Hasta ese momento debemos ser observadores e inteligentes. Probar estrategias de salida de la cuarentena continuamente y rechazar lo más rápidamente posible aquellas que muestran ser ineficaces o que conducen al aumento progresivo de la transmisión del virus o de los fallecimientos. Habrá que acostumbrarse a una nueva normalidad que nos adopte como sujetos activos del cuidado de l@s otr@s. Como dijimos antes, probablemente la utilización de actividades colectivas más saludables, el uso de tapabocas, la limitación de las aglomeraciones de personas, serán prácticas cotidianas en los próximos meses y quizá años, cuando empecemos a salir de la cuarentena en condiciones controladas. Incluso podremos ver que nuestras prácticas culturales sobre los días y horarios laborales tradicionales empiecen a ser modificadas. Por ejemplo, investigadores del área de biología computacional y de sistemas del Instituto de Ciencias Weizmann, en Israel han propuesto una rutina que denominan 10-4 para volver a hacer funcionar la economía en tiempos de pandemia. Esta rutina implica que las personas que trabajan o estudian, salgan de sus hogares sólo durante cuatro días seguidos y luego realicen 10 días de cuarentena en sus hogares (manteniendo el teletrabajo o los estudios en forma virtual). Se requiere que todos los integrantes de un hogar mantengan la misma rutina y que los integrantes de diferentes hogares se turnen respecto al día que comienzan la cuarentena de 10 días. Si alguien se infecta durante los días de trabajo o estudio, muy probablemente no empiece a transmitir el virus hasta que esté en cuarentena. Y si eso sucediera, antes de volver a salir de su casa mostraría síntomas, por lo que el sistema de salud podría muy eficientemente aislar los nuevos casos. Esta estrategia, además, disminuye los días por semana que una persona potencialmente infectada está fuera del hogar y disminuye la densidad de personas que acuden al trabajo y la escuela, evitando aglomeraciones.

Esta estrategia quizá no se pueda aplicar en Argentina, pero la mostramos como un ejemplo de las nuevas miradas que deberemos desarrollar para salir de esta crisis en forma ordenada. Ojalá, sea cual sea, esta nueva normalidad nos encuentre sanos, activos y solidarios.


 

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